Caminé hacia la habitación con los brazos entumecidos.
Había entendido la maniobra desde que la vi escrita en la pizarra.
Lo que todavía no entendía era que conocer cada paso no significaba poder decidir cuándo darlo.
Derval y yo regresamos a la habitación cuando el resto del edificio ya estaba en silencio.
Cerró la puerta detrás de nosotros, se dejó caer sobre la cama y comenzó a quitarse las botas sin mirarme.
—Podrías haber avisado.
—No había tiempo.
—Al final tuvimos bastante.
No respondí.
Los brazos todavía me dolían y apenas podía cerrar las manos. Me senté en mi cama y traté de desatar los cordones, pero los dedos no obedecían con la misma facilidad que al comienzo del día.
Derval buscó algo dentro de su chaqueta y me lanzó un trozo de pan.
Lo atrapé contra el pecho.
—¿De dónde lo sacaste?
—Lo guardé antes de la práctica.
—Podrías haberlo comido.
—También podría haber dormido hace horas.
Partí el pan por la mitad y le devolví un trozo. Derval lo aceptó sin discutir.
Comimos en silencio.
A la mañana siguiente, Varen ya estaba sentado a la mesa cuando llegamos. Tenía las manos vendadas en algunos dedos y movía el hombro con cautela.
Me senté frente a él.
—Yo también vi el brazo —dijo.
Derval dejó la bandeja sobre la mesa.
—Buenos días para ti también.
Varen no apartó la mirada de mí.
—Estabas al otro lado.
—Sí.
—¿Y no ibas a hacer nada?
—Iba a avisar.
—Podía no haber tiempo.
Varen observó su plato durante un momento.
—Quizá.
Esperaba que añadiera algo más, pero comenzó a comer.
—No digo que estuvieras equivocado al verlo —continuó—. Solo que no sabías qué iba a pasar cuando dejaras tu puesto.
—Ahora lo sé.
Derval se sentó a mi lado.
—Todos lo sabemos.
Nadie volvió a mencionar la práctica.
Durante los días siguientes aprendí que esperar también podía ser una forma de equivocarse.
La primera vez que vi un cabo mal asegurado, dudé tanto antes de avisar que otro recluta tuvo que señalarlo. En otra práctica informé de una posición incorrecta cuando el grupo ya estaba corrigiéndola. Halver no dijo nada, pero su forma de mirarme bastó para que comprendiera que obedecer no consistía en quedarse inmóvil.
Poco a poco comencé a encontrar el momento.
Si veía un riesgo, lo anunciaba. Si la orden de corrección llegaba, actuaba. Si no llegaba, mantenía mi posición mientras intentaba entender qué parte de la maniobra todavía no había visto.
Derval empezó a transmitir mis avisos sin volver la cabeza para comprobarlos. Varen hacía lo mismo cuando ocupaba una posición cercana. No siempre tenía razón, y cuando me equivocaba ellos eran los primeros en decírmelo, pero dejaron de tratar cada advertencia como si necesitara una explicación completa.
Las jornadas continuaron acumulándose unas sobre otras.
Algunas noches Derval y yo llegábamos a la habitación demasiado cansados para hablar. Nos quitábamos las botas, apagábamos la lámpara y dormíamos antes de que el silencio terminara de instalarse.
Otras veces, una pregunta sencilla prolongaba la noche.
—¿El molino funcionaba también cuando oscurecía? —preguntó una vez.
—Cuando había suficiente grano.
—¿Y podías dormir con ese ruido?
—Después de un tiempo dejabas de oírlo.
Derval acomodó la cabeza sobre la almohada y miró hacia mi cama.
—Eso parece peor.
—Era peor cuando se detenía.
Derval guardó silencio.
—¿Por qué?
—Porque significaba que algo se había roto.
—¿Y Stan siempre sabía qué era?
—Casi siempre.
—¿Y cuando no?
—Decía que el molino terminaría por contárselo.
Derval giró la cabeza sobre la almohada.
—¿El molino hablaba?
—Crujía distinto.
—Eso no es hablar.
—Para Stan sí.
Derval soltó una risa baja y no preguntó más.
En otra ocasión lo encontré escribiendo una carta con la hoja apoyada sobre las rodillas. Llevaba más de una página y todavía no parecía cerca de terminar.
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Editado: 01.10.2026