Entre Piratas y Corsarios: Una historia que contar

Cap. 3 Parte II

Los primeros días en la academia comenzaron antes de que mi cuerpo estuviera preparado para ellos.

La campana sonaba cuando todavía estaba oscuro, seguida por pasos en el corredor y voces que ordenaban levantarse. Derval solía abrir los ojos antes que yo, aunque eso no significaba que se levantara con mejor ánimo.

La primera mañana me despertó mientras intentaba ponerse una bota sin levantarse de la cama.

—Jim.

No respondí.

—Jim, creo que esa campana era para nosotros.

Abrí los ojos. Derval ya llevaba el pantalón y la camisa del uniforme, aunque todavía tenía una bota en la mano.

—¿Crees?

—Prefiero no esperar a que vengan a confirmarlo.

Nos vestimos con más rapidez que cuidado y salimos al corredor mientras los últimos reclutas abandonaban sus habitaciones. Llegamos a la formación poco antes de que cerraran las puertas.

Recordé las palabras de Stan.

Aquella vez, al menos, no había llegado tarde.

Durante los días siguientes, Derval y yo comenzamos a salir de la habitación al mismo tiempo. No lo acordamos. Simplemente teníamos que asistir a los mismos lugares, a las mismas horas, y ninguno encontraba razones para separarse del otro durante el trayecto.

Fue una mañana, mientras se ajustaba el cinturón frente a su cama, cuando volvió a preguntarme por la colonia.

—¿De qué parte eras?

—Del molino de Stan.

Derval levantó la vista.

—¿Stan, el molinero del camino viejo?

—Sí.

—Yo he ido ahí. Mi madre compraba harina algunas veces.

Lo miré con más atención.

—Entonces quizá nos cruzamos.

—Puede ser —dijo, algo más animado—. Aunque no te recuerdo.

—Yo tampoco.

Derval vivía cerca del mercado viejo, en una parte de la colonia por la que yo había pasado varias veces llevando sacos o haciendo encargos para Stan. Descubrimos que conocíamos algunas de las mismas calles, pero no a las mismas personas. Él recordaba puestos, vecinos y celebraciones. Yo recordaba caminos, cargas y lugares donde podía descansar sin que me echaran.

La coincidencia pareció alegrarlo más que a mí. Aun así, desde entonces nuestras conversaciones resultaron menos difíciles.

También comenzamos a comer juntos.

Al principio era solamente porque salíamos de la misma habitación y llegábamos al casino al mismo tiempo. Derval escogía una mesa, yo me sentaba frente a él y hablábamos poco mientras comíamos. Con los días, dejé de esperar a que eligiera un lugar y él dejó de comprobar si lo seguía.

Compartir horarios, sin embargo, resultó más sencillo que compartir una habitación.

Una tarde, al regresar, encontré mi saco junto a la pared contraria.

—¿Lo moviste? —pregunté.

Derval estaba sentado sobre su cama, doblando una camisa.

—Estaba en medio.

Me agaché, abrí el saco y revisé su interior.

—No saqué nada —dijo.

—No dije que lo hicieras.

—No hacía falta.

Cerré el saco.

—No vuelvas a tocar mis cosas.

Derval dejó la camisa sobre sus piernas.

—Entonces no las dejes donde tengo que caminar.

Nos miramos durante unos segundos. Ninguno levantó la voz.

Aquella noche apenas hablamos.

A la mañana siguiente encontré el saco exactamente donde lo había dejado. Derval pasó junto a él sin tocarlo, aunque tuvo que esquivarlo dos veces mientras se vestía.

Antes de salir, lo guardé debajo de mi cama.

Ninguno mencionó el asunto otra vez.

Para el final de la primera semana ya conocíamos lo suficiente el uno del otro como para compartir el silencio sin sentir la obligación de llenarlo. Derval continuaba hablando más que yo, pero había dejado de esperar una respuesta después de cada frase. Yo, por mi parte, había comenzado a responder incluso cuando no era necesario.

Fue durante una de aquellas comidas cuando Varen se acercó a nuestra mesa.

Llevaba la bandeja entre ambas manos y miró el asiento vacío junto a Derval.

—¿Está ocupado?

—No —respondió Derval.

Varen se sentó y dejó la bandeja frente a él. Lo reconocí de inmediato, aunque fuera de las pruebas parecía menos delgado de lo que recordaba.

—Te vi en el mástil —dijo, mirándome.

—Yo también te vi.

—Parecía que habías olvidado dónde estabas.

—Por un momento.

Varen asintió.

—Lo noté. Si no te molesta… ¿puedo preguntar qué pasó por tu cabeza?




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