Entre Piratas y Corsarios: Una historia que contar

Cap.9 Parte I

Una orden cualquiera

14 de marzo — Undécimo mes en La Constancia

Llevábamos varios días navegando entre las islas de Corenne cuando empezamos a pensar que tal vez habíamos llegado demasiado tarde.

Los primeros informes habían llegado a manos del capitán Hale antes de que entráramos al archipiélago. No tuve acceso a ellos entonces, aunque durante los días siguientes terminamos escuchando lo suficiente como para entender por qué nos habían enviado.

Durante las últimas semanas habían aumentado los robos en los canales de Corenne. Primero fueron pequeñas embarcaciones que transportaban mercancías entre las islas. Después comenzaron a desaparecer cargamentos completos y algunos comerciantes dejaron de utilizar ciertas rutas sin escolta.

Los relatos no coincidían en todo.

Sí lo hacían en una nave.

Una goleta pequeña de dos mástiles, casco oscuro y una franja clara, ya desgastada, bajo la borda. El trinquete era algo más corto de lo habitual y varios hombres aseguraban haber leído el mismo nombre en la popa.

Marie Vent.

La orden que recibió el capitán Hale era encontrarla y capturarla junto con su tripulación.

Encontrarla resultó ser la parte difícil.

Corenne no se parecía a ninguna de las rutas que habíamos navegado durante los meses anteriores. Había islas detrás de otras islas, pasos que parecían abiertos hasta que uno se acercaba y canales que se dividían en dos o tres direcciones antes de volver a encontrarse varias millas más adelante.

Desde cubierta era fácil perder la orientación.

A veces navegábamos durante horas viendo tierra a ambos costados.

Otras veces el canal se ensanchaba tanto que parecía que finalmente habíamos salido del archipiélago, hasta que nuevas islas aparecían frente a nosotros.

El capitán ordenó reducir la marcha más de una vez mientras se comprobaba la profundidad.

Los hombres de la sonda trabajaban constantemente en los pasos menos conocidos y, cuando un canal parecía demasiado estrecho para La Constancia, se enviaba un bote a reconocerlo antes de decidir si valía la pena acercarnos.

Preguntamos también a cuanta embarcación encontramos.

Pescadores.

Pequeños transportes.

Un mercante que había permanecido dos días fondeado esperando que otra nave se atreviera a cruzar con él uno de los canales.

Algunos no sabían nada.

Otros habían oído hablar de la Marie Vent, pero no la habían visto.

Un hombre aseguró haberla cruzado tres días antes hacia el sur. Seguimos esa dirección durante casi una jornada y encontramos únicamente dos embarcaciones pesqueras.

Al día siguiente alguien dijo haber visto una goleta de casco oscuro hacia el oeste.

Tampoco era ella.

La búsqueda continuó.

Para entonces ya podía reconocer algunas islas por su forma antes de que Pell señalara sus nombres en las cartas.

Derval decía que eso significaba que llevábamos demasiado tiempo allí.

—O que finalmente estás aprendiendo algo —le respondió Pell.

—Después de tres años en la academia, me tranquiliza saber que aún existía esperanza.

El cuarto día, poco después del mediodía, escuchamos el llamado desde lo alto.

—¡Vela a estribor!

Varias cabezas se levantaron al mismo tiempo.

Yo estaba ayudando a revisar uno de los cabos de maniobra cuando Pell se acercó a la borda.

—¿La ves?

Seguí la dirección que marcaba.

Al principio distinguí solamente las islas.

Después apareció un mástil.

Luego el segundo.

La nave avanzaba al otro lado de un paso ancho, parcialmente cubierta por la costa de una de las islas.

Hale salió a cubierta mientras el vigía continuaba describiéndola.

Dos mástiles.

Goleta.

Casco oscuro.

No escuché ninguna orden durante algunos segundos.

La distancia se fue cerrando lentamente hasta que pude distinguir una línea más clara bajo la borda.

Estaba tan gastada que desaparecía en algunas partes del casco.

Pell fue el primero de nosotros en mirar hacia el trinquete.

—Es más corto.

Derval no respondió.

Tampoco yo.

No hacía falta.

La voz de Hale llegó desde el alcázar.

—Cambien rumbo.

Los hombres comenzaron a moverse.

La goleta también.




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