Entre Piratas y Corsarios: Una historia que contar

Cap. 8

Fuera de Ruta

3 de diciembre — Octavo mes en La Constancia

Avistamos la balandra poco después del mediodía.

Navegaba hacia el sudeste, intentando alcanzar las rutas protegidas, aunque todavía se encontraba demasiado lejos de ellas. No era imposible hallar una embarcación de su tamaño en aquellas aguas, pero sí lo bastante extraño para que el capitán Hale ordenara modificar nuestro rumbo.

Las balandras como aquella solían cruzar entre puertos cercanos, casi siempre dentro del corredor comercial. No estaban hechas para internarse solas en una región donde incluso los mercantes mayores procuraban viajar armados o acompañados.

A medida que nos acercábamos, la nave parecía hundirse bajo el peso. La borda quedaba demasiado cerca del agua y varias personas permanecían sentadas entre los bultos de cubierta. Al principio creímos que había recogido supervivientes de algún naufragio.

Hale ordenó izar la señal.

La balandra tardó en responder, pero no intentó escapar. Redujo velas y terminó aguardándonos con el aparejo apenas tenso.

Su nombre, pintado sobre la popa, era Wayfarer.

Un oficial pasó primero, acompañado por Pell y cuatro marineros. Derval y yo fuimos enviados poco después, cuando quedó claro que la cantidad de personas a bordo superaba por mucho lo que podía controlar el primer grupo.

No eran náufragos.

Había hombres y mujeres de distintas edades, varios niños y unos pocos ancianos. Algunos llevaban la ropa húmeda por el rocío; otros se cubrían con mantas pese al calor. Entre ellos se acumulaban baúles pequeños, sacos, herramientas, cajas de madera y objetos domésticos envueltos en telas.

La tripulación de la Wayfarer apenas estaba compuesta por cinco hombres.

El capitán entregó sus documentos sin resistencia. La matrícula de la nave estaba en orden, al igual que su autorización para transportar carga entre puertos ingleses. Sin embargo, el manifiesto declaraba únicamente víveres, herramientas y bienes personales.

No mencionaba pasajeros.

—¿Cuántas personas transporta? —preguntó el oficial.

El capitán miró hacia las familias antes de responder.

—Veintiséis.

—No figuran en el manifiesto.

—No.

—¿Poseen autorización de traslado?

—No.

El oficial permaneció unos segundos en silencio.

—¿Armas?

—Algunas.

Pell lo miró.

—¿Cuántas?

—No lo sé con exactitud.

Aquello bastó para ampliar la inspección.

Se ordenó a los pasajeros permanecer reunidos en la cubierta mientras parte de nuestros hombres descendía a revisar la bodega. Derval ayudó a mantener despejado el paso y yo quedé junto a las familias, vigilando que nadie se acercara a las escotillas ni intentara ocultar algún bulto.

Había tan poco espacio que apenas podían moverse sin rozarse unos con otros.

Una mujer sostenía a dos niños contra su falda. Un anciano permanecía sentado sobre una caja de herramientas, respirando con dificultad. Cerca de la proa, un muchacho protegía entre los brazos una jaula vacía que no parecía tener ninguna utilidad.

No encontré en ellos el aspecto de una tripulación preparada para combatir.

Los primeros objetos que sacaron de la bodega fueron normales: sacos de harina, barriles de agua, mantas, ropa, semillas, herramientas de carpintería y utensilios de cocina. Después aparecieron dos cajas pequeñas con frascos, vendas y otros suministros médicos.

Finalmente encontraron las armas.

Eran nueve mosquetes, dos pistolas y una cantidad modesta de pólvora y munición. Estaban envueltos en telas y distribuidos bajo varias pertenencias, como si el capitán hubiera intentado impedir que se humedecieran más que ocultarlos de una inspección seria.

El oficial hizo reunirlos junto al palo mayor.

—Dijo que no sabía cuántas eran.

El capitán bajó la mirada.

—Cada familia llevó lo que tenía.

—Y usted aceptó transportarlas.

—Sí.

—Sin declararlas.

El hombre no respondió.

Mientras continuaban revisando la nave, Pell encontró un cuaderno entre los papeles del capitán. No era un registro oficial. Sus páginas contenían nombres, edades aproximadas, cantidades pagadas y pequeñas anotaciones escritas junto a cada grupo.

El oficial comenzó a leerlas en voz alta.

Las familias respondieron una por una.

En algunos casos bastaba con que un hombre levantara la mano y señalara a quienes viajaban con él. En otros, una mujer corregía una edad o explicaba que uno de los niños era sobrino suyo. Pell comparaba cada respuesta con el cuaderno mientras otro marinero anotaba las correcciones.




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