A plena Vista
17 de agosto — Cuarto mes en La Constancia
El temporal había comenzado antes de caer la noche.
Al principio solo fue lluvia. Después llegó el viento, y con él las olas que golpeaban contra el fondeadero de Northwatch como si quisieran arrancar cada nave de sus amarras.
La Constancia permaneció allí durante toda la noche, protegida por la costa de la isla Bracken. Aun así, casi nadie durmió. Los hombres pasaron horas comprobando cabos, retirando agua de la cubierta y asegurando todo aquello que pudiera soltarse con los movimientos del barco.
La mañana trajo una calma engañosa.
La lluvia había disminuido y el viento ya no hacía temblar los mástiles, pero el mar continuaba agitado. Desde cubierta todavía podían verse manchas oscuras de nubes desplazándose por el horizonte.
Fue poco después del amanecer cuando un hombre llegó desde Wellsbay.
Había recorrido por tierra gran parte de la isla durante la noche. Llevaba las botas cubiertas de barro y apenas pudo mantenerse en pie mientras hablaba con los oficiales del puesto.
Tres marineros habían alcanzado el poblado en el único bote que quedaba operativo en su embarcación. Su nave, el Aldermere, había perdido el palo mayor durante el temporal y se encontraba derivando cerca de la costa oriental de Bracken.
Los tres habían abandonado el mercante para buscar ayuda. Los otros dieciocho hombres permanecían a bordo, varios de ellos heridos, intentando mantenerlo a flote.
Hale ordenó preparar La Constancia apenas el estado del mar permitió abandonar el fondeadero.
Encontramos el Aldermere tras casi dos horas de búsqueda.
Desde lejos parecía detenido sobre el agua. No tenía suficiente aparejo para gobernarse y el palo mayor yacía atravesado sobre la cubierta, con parte de las velas todavía hundidas en el mar.
A medida que nos acercamos pudimos ver a los hombres trabajando con baldes y bombas. Algunos se movían con dificultad. Otros permanecían tendidos cerca de la popa, cubiertos con mantas.
Detrás del mercante se extendía la costa de Bracken.
Las rocas no estaban todavía cerca, pero el viento y la corriente lo empujaban lentamente hacia ellas.
Hale envió hombres para evaluar los daños y prestar auxilio. Derval y yo cruzamos con uno de los primeros grupos.
La cubierta del Aldermere estaba cubierta de astillas, cabos enredados y restos del mástil. Dos de sus botes habían quedado aplastados bajo la madera. El espacio que ocupó el tercero se encontraba vacío.
El capitán nos recibió con una venda alrededor de la frente. Parecía llevar horas sin sentarse.
—La entrada de agua está contenida —dijo—. Apenas.
La palabra resultó más optimista que el estado de la nave.
Una parte del costado había cedido durante la caída del mástil. Los hombres del Aldermere habían utilizado tablas, lona y todo cuanto encontraron para contener la abertura. Las bombas de achique funcionaban sin descanso, mientras varios marineros formaban una cadena de baldes desde la bodega hasta la borda.
La nave podía mantenerse a flote, pero casi toda su tripulación estaba dedicada a impedir que se hundiera. No quedaban suficientes hombres sanos para gobernarla.
Ayudamos primero con los heridos.
Uno tenía el brazo inmovilizado contra el pecho. Otro respiraba con dificultad y no podía levantarse sin apoyo. El peor permanecía tendido cerca de la escotilla, con una pierna atrapada bajo una sección quebrada de la cubierta.
Otro marinero y yo levantamos la madera lo suficiente para liberarlo. El hombre gritó antes de que pudiéramos apartarlo y perdió el conocimiento mientras lo trasladábamos hacia popa.
Derval recorría la cubierta repitiendo las órdenes de los oficiales y apartando a quienes se detenían en los lugares equivocados.
—Los heridos junto a la borda de estribor —gritó—. Dejen libre la escotilla. Los que todavía puedan trabajar, a las bombas.
Nadie le había dado el mando de la nave. Tampoco parecía necesitarlo. Los hombres obedecían porque sus indicaciones eran claras y porque ya estaban demasiado cansados para discutir.
El carpintero de La Constancia inspeccionó el costado y los refuerzos improvisados. Cuando regresó a cubierta, habló con Hale desde uno de los botes.
No escuché toda la conversación. Solo alcanzó a llegarnos una parte:
—Puede soportar el remolque, señor. Pero tendrá que ser lento.
Poco después tendimos el cabo desde la proa del Aldermere hasta la popa de La Constancia.
El primer tirón hizo crujir toda la embarcación.
Algunos hombres dejaron de trabajar y levantaron la cabeza. El capitán les ordenó continuar.
La Constancia comenzó a avanzar con una lentitud desesperante.
Durante la primera hora apenas parecía que nos moviéramos. El Aldermere seguía hundido de proa y respondía con retraso a cada cambio de dirección. El cabo se tensaba, aflojaba y volvía a tensarse con el movimiento de las olas.
#2202 en Otros
#168 en Aventura
#368 en Novela histórica
violencia y muerte, piratas y combates navales, secretos y conflictos políticos
Editado: 23.10.2026