Lo que uno sabe
La costa todavía era visible cuando nos asignaron nuestra primera guardia.
Las últimas luces de la academia se habían reducido a pequeños puntos sobre la isla, y el puerto ya comenzaba a confundirse con la oscuridad. Derval permanecía junto a la borda, mirando hacia atrás mientras fingía revisar el horizonte.
—Varen debe de estar haciendo exactamente lo mismo en otro barco —dijo.
Pell siguió su mirada.
—Probablemente mejor.
—Probablemente corrigiendo al hombre que le dio la orden.
No pude evitar reír.
—No era tan insoportable.
Derval me miró de reojo.
—Dices eso porque ya no tienes que compartir mesa con él.
—Volveremos a verlo —dijo Pell.
Una voz sonó a nuestras espaldas.
—Menos conversación y más atención al horizonte. Derval, a proa. Nade, conmigo. Delth, revise esos cabos.
23 de mayo — Casi un mes en La Constancia
Avistamos la Élodie poco después del mediodía, dentro del corredor comercial que unía las entradas oriental y norte.
El viento soplaba a su favor y, hasta ese momento, la goleta había mantenido un rumbo constante. No había arrecifes visibles ni otra embarcación que la obligara a corregirlo. Sin embargo, apenas debieron distinguir nuestros colores, comenzó a virar hacia el noroeste.
El vigía mantuvo el catalejo apuntado hacia ella.
—Hay movimiento en cubierta, señor.
Hale levantó la vista.
—¿Qué clase de movimiento?
El hombre ajustó el catalejo.
—No sabría decirlo. Más hombres de los que deberían estar moviéndose en mar abierto.
Hale ordenó izar la señal de detención.
Durante algunos minutos, la Élodie siguió navegando como si no la hubiera visto. Después terminó de cambiar de rumbo y desplegó más vela.
En La Constancia nadie necesitó que le explicaran lo que aquello significaba. Los hombres corrieron a sus puestos y las órdenes comenzaron a cruzar la cubierta. Pell quedó asignado al grupo de abordaje. Derval y yo permanecimos en nuestras posiciones mientras la fragata aumentaba velocidad.
Hale esperó hasta que quedó claro que la goleta no pensaba detenerse.
—Disparo de advertencia.
El cañón hizo temblar la cubierta bajo mis pies. La bala cayó por delante de la proa de la Élodie, levantando una columna de agua que durante un instante ocultó parte de su casco.
La goleta redujo un poco la marcha, pero no arrió las velas.
La Constancia continuó acercándose hasta quedar a su costado. Desde nuestra cubierta podía ver a los hombres de la Élodie agrupados cerca del palo mayor. Algunos miraban hacia nosotros; otros observaban al capitán, esperando una decisión.
Un oficial se llevó las manos a la boca.
—¡Capitán de la Élodie! ¡Detenga la nave o abriremos fuego!
El capitán de la goleta permaneció inmóvil unos segundos. Después gritó una orden y sus hombres comenzaron a reducir vela.
Hale mandó preparar uno de los botes.
Un oficial descendió acompañado por Pell y otros tres marineros. Mientras se aproximaban a la goleta, el resto permanecimos atentos a cualquier movimiento extraño. Nadie en la Élodie intentó impedir que subieran.
Poco después recibimos la orden de cruzar hasta ella.
Cuando llegué a su cubierta, el capitán se encontraba junto al oficial de La Constancia, con los documentos extendidos sobre una caja. Pell y los otros marineros habían reunido al resto de la tripulación cerca de la proa. No los habían atado, pero se les había ordenado permanecer juntos y alejados de las armas y herramientas.
Me situé junto a ellos.
Eran ocho hombres, además del capitán. Ninguno parecía dispuesto a hablar. Uno tenía las manos cubiertas de brea; otro respiraba con tanta fuerza que podía escucharlo pese al crujido de la madera. El más joven miraba continuamente hacia la escotilla de la bodega.
El oficial revisó la matrícula, el puerto de origen y el destino. Luego comparó la relación de carga con las respuestas del capitán.
Todo parecía estar en orden.
El capitán afirmó que transportaban harina hacia Port Whitmore. La relación señalaba poco más de una treintena de sacos, varios barriles de agua y provisiones suficientes para la tripulación.
El oficial ordenó comprobar la bodega.
Pell bajó con él y dos marineros. El tercero permaneció conmigo, vigilando a los hombres reunidos. El capitán de la goleta siguió junto a la caja, con las manos apoyadas sobre los documentos.
Esperamos.
Desde abajo llegaban pasos, golpes suaves y el sonido de algo arrastrándose sobre las tablas. Los tripulantes de la Élodie no se movieron. Solo el más joven volvió a mirar hacia la escotilla.
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Editado: 23.10.2026