Entre Piratas y Corsarios: Una historia que contar

Cap. 4 Parte I

Ninguna Nave sola

Al comenzar el segundo año, dejaron de tratarnos como reclutas recién llegados. Éramos cadetes, aunque los instructores seguían encontrando nuevas formas de recordarnos cuánto nos faltaba para ser marinos.

Lo notamos antes de que alguien lo dijera.

Una nueva promoción entró a la academia cargando sacos, mantas y uniformes que todavía no sabían llevar. Algunos caminaban por los pasillos mirando las placas de las habitaciones. Otros tardaban en responder cuando escuchaban sus nombres, como si aún no comprendieran que aquella voz se dirigía a ellos.

Uno dejó su equipaje atravesado frente a una puerta.

—Ponlo debajo de la cama —le dije—. Si lo dejas ahí, alguien caerá encima.

El muchacho lo apartó sin discutir.

Continué caminando y solo después recordé que, un año antes, Derval había movido mi saco por la misma razón.

Durante el primer año nos habían enseñado a cumplir una función.

En el segundo comenzaron a exigirnos que entendiéramos qué mantenía a un barco completo en movimiento.

Pasamos mañanas inclinados sobre cartas costeras, siguiendo líneas que representaban lugares que todavía no habíamos visto. Aprendimos a reconocer entradas de bahías, bancos de arena y zonas donde la profundidad cambiaba con demasiada rapidez. Sobre el papel todo parecía quieto. Bastaba una línea mal interpretada para recordar que, en el mar, no lo estaría.

Las brújulas dejaron de ser objetos que solo indicaban el norte. Tuvimos que aprender a mantener un rumbo mientras el viento empujaba la embarcación hacia otro lado y a calcular cuánto nos habíamos desviado sin esperar a ver la costa.

Varen comprendía con facilidad las relaciones entre las marcas de una carta. No siempre era el primero en responder, pero rara vez señalaba un punto sin haber revisado antes los que lo rodeaban.

Yo necesitaba más tiempo.

Ya podía leer las órdenes habituales y reconocer la mayoría de los nombres que aparecían en los ejercicios. Sin embargo, las abreviaturas y las anotaciones rápidas de los instructores continuaban obligándome a volver sobre la misma línea.

A veces sabía dónde se encontraba una bahía antes de terminar de leer su nombre.

Escribir seguía siendo peor.

Después de cada práctica debíamos registrar los errores, las órdenes recibidas y los cambios de posición. Yo podía recordar el movimiento de cada hombre sobre la cubierta, pero tardaba demasiado en convertirlo en frases.

Algunos informes terminaban llenos de palabras tachadas.

Halver devolvió uno señalando una línea.

—Esto no explica qué ocurrió.

—Sé qué ocurrió, señor.

—Entonces escríbalo.

No parecía comprender que aquella era precisamente la parte difícil.

Las guardias nocturnas nos enseñaron otra forma de cansancio.

Permanecíamos en torres cercanas al puerto o sobre embarcaciones amarradas, observando luces que aparecían y desaparecían entre la niebla. Al principio todas parecían iguales. Después aprendimos a distinguir una nave que regresaba, una lámpara del muelle y una señal que debía informarse de inmediato.

En aquellas horas, el frío encontraba cualquier abertura del uniforme.

Derval descubrió que podía permanecer despierto hablando incluso cuando nadie le respondía. Varen prefería contar las luces en silencio. Yo miraba la oscuridad hasta que empezaba a creer que algo se movía donde no había nada.

También comenzamos la instrucción de artillería.

Durante varias semanas trabajamos sin pólvora. Transportábamos cargas falsas, limpiábamos el interior de los cañones y repetíamos cada orden hasta ejecutarla sin cruzarnos entre nosotros.

Cuando utilizaron las primeras cargas reducidas, el sonido golpeó el pecho antes de que alcanzara a oírlo.

La cubierta vibró bajo mis botas.

El humo cubrió a los hombres del otro lado y por un momento solo pude reconocerlos por sus voces.

Derval salió de la primera práctica con los oídos zumbando.

—Creo que Halver sigue dando órdenes.

Derval se cubrió un oído con la palma.

—No está aquí —dijo Varen.

—Entonces será peor de lo que pensaba.

Nos enseñaron a reparar velas con el tiempo contado, a cerrar entradas de agua y a combatir incendios en recipientes de arena. En una práctica llenaron la parte baja de una embarcación con suficiente agua para cubrirnos los tobillos y nos obligaron a achicarla mientras otros aseguraban una abertura simulada.

Los cubos pasaban de mano en mano.

Cuando alguien perdía el ritmo, el agua parecía subir aunque supiéramos que no era cierto.

En otras maniobras, los instructores declaraban heridos a varios cadetes y los retiraban de sus puestos. Los demás debíamos continuar cubriendo funciones que apenas conocíamos.




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