Entre Piratas y Corsarios: Una historia que contar

Cap. 5 Parte II

Durante los días siguientes, nadie volvió a mencionar aquella conversación.

Derval no me hizo nuevas preguntas. Varen tampoco. Pell permaneció algo más callado durante un par de guardias, pero pronto volvió a explicar cosas que nadie le había pedido.

Las cosas retomaron su forma habitual.

Eso fue lo que más agradecí.

El tercer año siguió avanzando sin dejarnos demasiado tiempo para pensar en cuánto faltaba. Las jornadas se hicieron más largas y los errores, aunque menos frecuentes, comenzaron a extenderse más allá de la tarea en la que nacían.

Ya no bastaba con reconocer una señal. Había que distinguirla entre otras, confirmar que iba dirigida a nuestra nave y transmitirla antes de que dejara de ser útil.

Ya no bastaba con reparar un cabo. Había que hacerlo mientras la cubierta se inclinaba, otra maniobra continuaba y el hombre de al lado intentaba ocupar el puesto de alguien declarado herido.

Navegamos de noche con las luces reducidas. Entramos y salimos de formaciones cerradas. Practicamos transferencias de herramientas y mensajes entre embarcaciones que no dejaban de moverse. Disparamos cargas reducidas hasta que el olor de la pólvora quedó adherido a la ropa y aprendimos a asegurar los cañones incluso cuando las manos comenzaban a temblar por el cansancio.

Los oficiales seguían dando las órdenes.

Nosotros aprendíamos a mantenerlas vivas cuando pasaban de una persona a otra.

Durante el primer año yo habría visto un peligro y habría corrido hacia él. En el tercero comencé a mirar qué podía ocurrir después de corregirlo.

Una vela mal orientada podía parecer un problema aislado hasta que uno seguía su efecto sobre el rumbo, la distancia con otra nave y el tiempo que tomaría reparar el segundo error provocado por el primero.

Derval tenía facilidad para detectar lo que faltaba. Una herramienta, un hombre, una orden que nadie había repetido. A veces terminaba haciendo demasiado porque prefería ocuparse él mismo antes que esperar a comprobar si otro cumpliría.

Varen parecía comprender las formaciones incluso cuando solo podía ver una parte de ellas. Observaba una señal, la dirección del viento y la posición de dos naves, y deducía lo que ocurría fuera de nuestra vista.

Pell seguía hablando demasiado cuando tenía libertad para hacerlo. Sin embargo, en cuanto recibía una tarea clara, trabajaba sin detenerse. Los cadetes que quedaban cerca de él solían ajustar el ritmo al suyo sin que nadie se los ordenara.

Yo no pensé en aquello como liderazgo.

Solo sabía que, cuando Pell afirmaba que era el momento de tirar, los demás tiraban con él.

Las evaluaciones comenzaron antes de que nos anunciaran que habían comenzado.

Primero fueron salidas de navegación que terminaban con informes más extensos que la propia maniobra. Después vinieron pruebas de señales, control de daños, artillería y reparación. Algunas duraban horas. Otras parecían una jornada ordinaria hasta que un instructor retiraba una pieza, modificaba una orden o declaraba inutilizado a uno de los cadetes.

No hubo calificaciones públicas.

Solo veíamos a los oficiales escribir.

A esas alturas podía redactar un informe sin necesitar que Derval corrigiera cada línea. Aun así, tardaba demasiado en encontrar las palabras precisas. Algunas noches permanecía frente a una hoja intentando explicar en tres frases algo que había comprendido en unos segundos sobre la cubierta.

Pell, por el contrario, podía llenar dos páginas antes de llegar al problema.

Varen escribía poco y rara vez tenía que cambiarlo.

El tiempo comenzó a medirse de otra manera. Ya no hablábamos del final del año como algo lejano. Hablábamos de destinos, de salarios y de barcos en los que quizá nunca volveríamos a coincidir.

La última evaluación fue anunciada únicamente como una salida de flotilla.

Participarían siete naves. Las listas solo indicaban en cuál viajaría cada cadete.

Varen quedó destinado a una embarcación distinta. Derval, Pell y yo aparecimos juntos, acompañados por otros cadetes con los que apenas habíamos trabajado.

No nos explicaron qué iban a evaluar.

Zarpamos pocos días después.

Antes de terminar la primera jornada ya resultaba evidente qué función cumplía cada nave. La nuestra era la mayor y ocupaba el centro de la formación. Otra, más ligera, se desplazaba entre los barcos transportando mensajes y comprobando posiciones. Allí estaba Varen.

Una tercera llevaba herramientas, cabos, piezas de repuesto y suministros. Las cuatro restantes navegaban alrededor de ellas, cambiando de posición según las señales de los oficiales.

Durante los primeros días no ocurrió nada que distinguiera aquella salida de las anteriores.

Hicimos guardias, limpiamos cubierta, revisamos velas y practicamos cambios de formación. Cada maniobra inesperada parecía anunciar el comienzo de la evaluación, pero siempre terminaba siendo una orden ordinaria.

Al tercer día dejamos de intentar adivinarla.




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