El silencio sobre la tundra era absoluto, roto únicamente por el silbido cortante del viento ártico que arrastraba capas finas de nieve sobre el asfalto congelado de la Ruta 2. A más de setenta kilómetros al norte del perímetro de Fort Greely, el paisaje parecía suspendido en una calma irreal. Sin embargo, en la torre de observación y en el Centro de Operaciones Tácticas de la Guardia Nacional de Alaska, en las afueras de Fairbanks, la atmósfera era de puro pánico.
—¡Mando Central, miren el horizonte sur! —gritó un vigía desde el ventanal de la torre de control, soltando los prismáticos tácticos con manos temblorosas.
Los oficiales y operadores se agolparon contra los cristales. A la distancia, detrás de los picos nevados de la cordillera, el cielo nocturno se encendió de repente con un estallido de furia bélica. Fort Greely estaba respondiendo al ataque.
Las baterías antiaéreas y las ametralladoras pesadas de la base escupían fuego ininterrumpidamente hacia las sombras colosales que pendían del cielo. Cientos de proyectiles trazadores de alto calibre surcaban la oscuridad formando una red de líneas incandescentes, brillantes y doradas que se estrellaban contra el casco de las naves nodrizas alienígenas. Cada impacto de bala iluminaba momentáneamente las titánicas estructuras flotantes en un destello cegador, pareciendo por un segundo que la base lograría repeler a los invasores.
Pero la respuesta fue implacable. Desde las naves descendieron haces de plasma puro que barrieron las torres de defensa como si fueran de papel. Una serie de explosiones secundarias en cadena sacudió la base, haciendo que el suelo retumbara bajo los pies de los guardias en Fairbanks y tiñendo las nubes de un violento color violeta.
—Mando Central, aquí Control Fairbanks. ¡Fort Greely está bajo ataque masivo, están combatiendo pero los están barriendo! —informó un operador, presionando con fuerza sus auriculares, con la voz quebrada por el horror—. Las comunicaciones militares principales acaban de colapsar... ¡Se está quemando toda la base!
El teniente coronel Garrett observó la pantalla táctil principal. El punto verde que representaba la instalación estratégica de Fort Greely parpadeó furiosamente antes de apagarse por completo en un mar de estática. Un ataque devastador, rápido y de una superioridad aplastante.
—Envíen a la patrulla de reconocimiento terrestre de la Compañía Bravo de inmediato —ordenó Garrett con voz helada, intentando mantener la templanza ante la masacre que acababa de presenciar—. Y que la unidad aérea Eagle-Two despegue ya mismo. Quiero saber qué demonios destruyó las defensas de Greely antes de que esa flota avance hacia Fairbanks.
Tres vehículos tácticos blindados Oshkosh L-ATV partieron a toda velocidad desde el puesto avanzado, dejando tras de sí densas columnas de humo por el escape en el aire bajo cero. Sobre ellos, las palas del helicóptero de transporte y escolta cortaban el cielo gris plomo, avanzando hacia la zona cero donde el humo y los restos de la batalla aún humeaban.
A bordo del primer blindado, el sargento de primera clase Miller ajustaba el cierre de su gorro térmico bajo el casco. Los seis soldados a su cargo revisaban los cerrojos de sus fusiles M4A1. La tensión dentro del habitáculo era insoportable tras haber visto el cielo arder con el fuego defensivo de la base.
—Vieron cómo las ametralladoras pesadas rebotaban en esas cosas... Misiles y plomo directo y ni se inmutaron —comentó uno de los cabos, con la voz temblorosa mientras apretaba sus guantes.
—Mantengan la calma y las armas listas —respondió Miller sin despegar la vista del monitor de visión térmica del vehículo—. Nos aproximamos al perímetro.
A cinco kilómetros de la entrada norte de Fort Greely, el helicóptero Eagle-Two se adelantó por el flanco derecho para evaluar los daños. La voz del piloto resonó por el intercomunicador táctico:
—Aquí Eagle-Two. Estamos sobrevolando las ruinas... Santo cielo, no queda nada en pie, todo el complejo es un cementerio de metal fundido. Hay una neblina violeta bajando hacia los árboles... Esperen. ¡Instrumentos fallando! ¡Pérdida de empuje en el motor izquierdo! ¡El panel digital se está derritiendo! ¡Nos vamos abajo, nos vamos ab—!
La transmisión se cortó con un chillido estático brutal que hizo que los soldados dentro de los blindados se cubrieran los oídos. A través del parabrisas reforzado del L-ATV de cabeza, Miller vio cómo el helicóptero perdía el control en el aire, girando sobre su propio eje como un juguete de metal antes de estrellarse contra la falda de una colina nevada. Una bola de fuego estalló en medio de la nieve, apagándose de inmediato.
—¡Frenen! ¡Desplieguen el perímetro defensivo! —gritó Miller por la red interna.
Los tres blindados derraparon sobre el hielo, cruzándose en la carretera para formar una barrera en V. Los soldados desembarcaron rápidamente, tomando posiciones detrás de los neumáticos gigantes y sobre la nieve compacta. El frío les congelaba el aliento al instante.
El silencio volvió a caer sobre la carretera, denso y pesado, roto solo por el zumbido de baja frecuencia que hacía vibrar los dientes.
—¿Ve algo, sargento? —susurró el cabo a su lado, apuntando su fusil hacia la línea de pinos.
—Atentos al frente...
Entre la bruma blanca y los árboles, el aire comenzó a distorsionarse. Las luces infrarrojas de los visores nocturnos de los soldados parpadearon violentamente hasta apagarse.
Entonces, emergió la vanguardia.
Figuras de más de dos metros de altura, enfundadas en armaduras compuestas de un material negro mate que parecía absorber la luz, avanzaron a través de la nieve profunda sin dejar huellas. A sus lados, los sabuesos de combate Zyphon se desplazaban en una sincronía perfecta y letal.
—¡Contacto! ¡Abran fuego! —ordenó Miller.
Los tres blindados y los doce hombres abrieron fuego simultáneamente. Las ráfagas de fusil y las trazadoras de las ametralladoras pesadas .50 rasgaron la penumbra, proyectando una lluvia de plomo luminoso sobre los invasores.
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Editado: 14.10.2026