**Sábado 15 de noviembre de 2036 · 18:10 (hora del Este)**
Treinta minutos después de que Rivera y Meyers partieran de Bayfront Park, los combates seguían rugiendo en las afueras de Miami. La unidad 4 estaba siendo superada por las fuerzas Zyphon y necesitaba refuerzos con urgencia.
Los dos Humvees avanzaron con dificultad hacia la zona del asedio mientras la gente corría desesperada a su alrededor. A lo lejos, el equipo vio cómo el último soldado que aún resistía caía abatido por un disparo certero.
—¡Aceleremos! —gritó Meyers.
Los vehículos avanzaron a toda velocidad hacia el epicentro. Dos sabuesos Zyphon se abalanzaron sobre ellos, pero Meyers, aferrado a la torreta y a la ametralladora calibre .50, abrió fuego y logró detenerlos.
El enemigo avanzaba sin descanso y superaba en número a las fuerzas terrestres. Rivera frenó a unos seiscientos metros de las líneas enemigas, bajó del vehículo y comenzó a disparar con su fusil.
—¡Tenemos que contenerlos!
López y los demás soldados tomaron posiciones y buscaron cobertura.
De repente, un escuadrón de cazas aliados surcó el cielo y abrió fuego contra las líneas enemigas. La respuesta no tardó: varias naves de combate Zyphon salieron de la gigantesca nave nodriza para interceptar a los aviones.
—Esas cosas nos superan en número, señor —dijo Ramos, uno de los soldados del equipo.
Meyers observó cómo la situación empeoraba.
—Tenemos que irnos. Si nos quedamos aquí, no vamos a salir.
—¡Suban a los vehículos, ahora! —ordenó Rivera—. ¡Aprovechemos que los cazas nos cubren!
En su rostro se notaba la frustración de no haber llegado a tiempo. A lo lejos, vio cómo un sabueso Zyphon atacaba los cuerpos de los soldados caídos de la unidad 4.
—¡Capitán, tenemos que irnos! —le gritó Meyers, mientras disparaba contra las criaturas que se acercaban.
Rivera no respondió de inmediato. Seguía mirando hacia las líneas enemigas, pero finalmente volvió al Humvee.
—¡Regresamos al punto de evacuación! —ordenó por radio a los ocupantes del otro vehículo.
Los dos Humvees dieron media vuelta y aceleraron. El segundo quedó delante. Unos metros más adelante, oculto entre los árboles, un francotirador enemigo disparó contra él. Un proyectil rojizo atravesó la ventana del conductor y se le clavó en el costado izquierdo.
Se oyó un tic, tic, tic cada vez más rápido. Un segundo después, el proyectil estalló. El conductor murió en el acto y el copiloto resultó herido por las esquirlas. El vehículo perdió el control y se estrelló contra un puente.
El soldado de la ametralladora gritó de dolor: tenía varias esquirlas incrustadas en la pierna derecha.
—¡Aaah! ¡Mierda! —gritó.
Respirando con dificultad, miró hacia la cabina.
—¿Están bien?
Nadie respondió. El conductor y el copiloto permanecían inmóviles.
—¡Carajo! ¡López! ¡Ramos! —gritó.
El ametrallador intentó acercarse a ellos, pero el dolor en la pierna lo obligó a detenerse. Se arrastró hacia la puerta, temblando y sin poder asimilar lo ocurrido. No podía creer que sus compañeros estuvieran muertos.
Al percatarse del ataque, el primer Humvee frenó. Meyers localizó al francotirador y abrió fuego con la ametralladora calibre .50 hasta neutralizarlo.
Cuando el polvo se asentó, el ametrallador era el único superviviente del segundo vehículo. Rivera miró a sus subordinados caídos con profunda tristeza. Eran hombres de su escuadrón, compañeros con los que había compartido misiones en Medio Oriente. Ahora los había perdido a manos de un enemigo desconocido.
En el rostro de Rivera se mezclaban la rabia y la frustración.
—Capitán Rivera, tenemos que irnos —le urgió Meyers—. Reaccione. No es su culpa.
Otro soldado cargó al herido sobre sus hombros y lo subió al primer Humvee.
Rivera tenía la mirada perdida y el peso de la culpa sobre los hombros.
—Sí… sargento —respondió con un hilo de voz.
Los supervivientes subieron al primer vehículo. El motor rugió y el Humvee reanudó la marcha hacia el punto de evacuación.
Mientras Rivera y Meyers intentaban regresar, en Bayfront Park la situación también se deterioraba.
Un V-22 Osprey descendió para evacuar al personal militar restante. Varios vehículos terrestres también llegaron al punto de reunión.
—¡Tenemos que irnos! ¡La orden es evacuar a todo el personal militar! —gritó un soldado al bajar de uno de los vehículos.
Mairá sacudió la cabeza, negándose a aceptar la orden.
—¡No podemos irnos sin el resto del equipo! Y todavía hay personas aquí. No podemos dejarlas.
—Cabo, la orden es evacuar a todo el personal militar —dijo el piloto del Osprey—. Tenemos que despegar cuanto antes.
Ocharzon intervino con seriedad y puso una mano sobre el hombro de Mairá.
—Tenemos que irnos. Ellos estarán bien. Conozco a Meyers; los mantendrá a salvo. ¡Vamos!
—¿Y estas personas? ¿Quién va a protegerlas? —preguntó Mairá—. Estamos aquí para ayudarlas.
Ocharzon la miró fijamente.
—Cabo, escúcheme. No vamos a poder salvar a todo el mundo. Si ordenaron evacuar, es porque la situación se salió de control. Ahora tome su arma y su radio y suba al transporte. Es una orden.
Mairá bajó la mirada. Sabía que no tenía alternativa.
—Entendido, señor —respondió con tristeza.
Subió al Osprey con el corazón encogido. Antes de alejarse de la puerta, miró hacia el parque. Los civiles suplicaban ayuda desde las filas, extendiendo las manos hacia los militares. Mairá buscó entre la multitud al padre y al niño del muñeco, pero no consiguió distinguirlos.
Parker le apretó el hombro.
—Todo estará bien —le aseguró con calma.
Mairá no respondió. Parker subió detrás de ella. Tomatic, Cristy y Eduar también abordaron el transporte.
Los motores del Osprey rugieron. Justo cuando el transporte comenzaba a elevarse, un hombre se abrió paso entre la multitud con un niño en brazos.
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Editado: 07.11.2026