El silencio sepulcral que había dejado la confesión de Rivera en el hangar duró poco.
Un grito de auxilio surgió desde la zona de triaje. Uno de los infantes rescatados de Miami —el mismo que había sufrido el ataque en el callejón de Bayfront Park— comenzó a convulsionar. Se llevó ambas manos a la garganta y cayó de rodillas sobre el hormigón. Su piel se puso pálida como el papel y una sudoración helada le cubrió la frente mientras boqueaba, buscando aire.
—¡Médico! ¡Necesitamos un equipo aquí! —gritó un enfermero cuando el soldado empezó a vomitar sangre oscura mezclada con bilis.
El cabo Tomás Parker, médico de combate del escuadrón, corrió hacia él junto a Mairá y los sanitarios de guardia. Intentaron reanimarlo mientras sus constantes vitales caían en picada.
—¡Tiene una hemorragia interna severa o un shock anafiláctico de origen desconocido, o eso creemos! —exclamó uno de los médicos tras revisarle las pupilas—. ¡Aquí no tenemos el equipo biológico ni los insumos para tratar esto! ¡Llévenlo al helipuerto tres y evacúenlo de inmediato en el helicóptero médico hacia el portaaviones!
Rivera, que seguía sentado a solas en su campamento, escuchó los gritos. Se levantó, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, se sacudió el pecho y caminó hacia el alboroto.
Mairá y Parker, junto con dos marines de seguridad, subieron al infante enfermo a una camilla y salieron hacia el helipuerto.
—Parker, no creo que sea buena idea dejar al capitán y a los demás solos aquí —dijo Mairá.
Parker la miró y le respondió:
—Sé que el capitán está pasando por un momento difícil, pero tienes que entender una cosa, Mairá: el capitán es una persona fuerte, pero ahora este hombre necesita nuestra ayuda y yo necesito de ti, ¿entiendes?
—Sí, está bien —dijo Mairá con voz temblorosa, cogiendo su morral de campaña y saliendo hacia el helipuerto.
Rivera observó desde la entrada de su campamento cómo empezaban a subir al helicóptero. Entonces echó a caminar hacia ellos, con los ojos enrojecidos.
En la pista, el rugido de las turbinas ahogaba las órdenes. Entre la frenética evacuación matutina, el capitán Carlos Rivera se detuvo junto al fuselaje abierto del helicóptero médico. Tenía el rostro marcado por la ceniza y el agotamiento, y los ojos hundidos de quien acaba de perder a su hermano. Sujetó el hombro de Mairá. Sus dedos se cerraron sobre la tela del chaleco y tardaron en aflojarse.
—Escúchame bien, Mairá —dijo, alzando la voz sobre el ruido de los motores—. Allá, en la flota de portaaviones, vas a estar a salvo. Aléjate de este infierno... Cúbrete las espaldas y mantente con vida, ¿me oyes?
Mairá lo sostuvo con la mirada. Tragó saliva, alzó el mentón y se cuadró.
—Capitán... no está solo en esto —respondió con voz firme, aunque parpadeó un par de veces para despejarse los ojos—. Haga lo que tenga que hacer aquí abajo, pero prométeme que va a sobrevivir. Nos vemos al otro lado, en la victoria o donde sea... Cuídese mucho, mi capitán.
Rivera asintió despacio, con la mandíbula apretada. Le soltó el hombro con un apretón seco. Mairá dio media vuelta y subió al estribo de la aeronave, perdiéndose en el interior oscuro del helicóptero junto a Tomás Parker y el soldado herido.
El helicóptero se elevó dejando atrás el humo y la base costera. Dentro de la cabina el aire era sofocante, apenas iluminado por las luces rojas de combate y el parpadeo de los monitores. Parker vigilaba el pulso débil del soldado y le inyectó un tranquilizante en el suero para contener las convulsiones.
—Este hombre está muy mal, está muy frío —dijo Parker, mirando a Mairá con preocupación.
—¿Crees que estará bien? —preguntó Mairá.
—Está perdiendo temperatura rápidamente... No me gusta nada cómo está evolucionando —respondió Parker.
Mairá se ajustó los auriculares de radio. En el canal de frecuencia amplia, los boletines de emergencia no daban tregua. Entre la estática se filtraban voces agitadas que informaban de la caída del perímetro defensivo en Chicago y del desbordamiento de las líneas terrestres en Houston. El avance de las criaturas y el fuego alienígena parecía imparable en todo el país.
De pronto, entre ráfagas de estática y zumbidos electromagnéticos, se coló una transmisión codificada desde los canales tácticos subterráneos. Una voz agitada, la de un sargento, reportaba a toda prisa:
—...¡Mantengan la formación en cuña! Los escáneres no registran actividad biológica estándar, pero la interferencia está aumentando... ¡Sargento, el HUD está fallando, tengo lecturas cruzadas!...
La voz se mezcló con un chillido mecánico y disparos a discreción, y después con gritos ahogados.
—¡No tiene punto ciego! ¡Sus fibras se reconfiguran al recibir daño!... ¡Es una hibridación no registrada!...
La transmisión se cortó de golpe, tragada por un chirrido metálico y un silencio blanco. Mairá se quedó con los dedos crispados sobre los auriculares, sin respirar, con la vista fija en la consola. Se volvió hacia Parker, que revisaba el goteo del suero.
—Tomás... ¿A qué demonios nos estamos enfrentando? Esa cosa puede reconfigurar su cuerpo y ni siquiera los escáneres consiguen detectarla. —Hizo una pausa y bajó la mirada hacia el soldado herido—. Tengo miedo, Tomás. No quiero perder a nadie más.
Parker alzó la vista. Sus manos se quedaron quietas sobre la línea intravenosa. Durante un instante solo se oyeron las turbinas.
—Dios mío... —dijo al fin, con un hilo de voz—. Si esas cosas también están en las profundidades, no queda un solo lugar seguro. Nos están cazando por todos los frentes.
Mairá asintió y volvió a mirar la pantalla de radio sin decir nada. Parker se secó el sudor de la frente con la manga y acomodó las mantas del paciente. Ella dejó que el silencio pasara y le habló más bajo.
—Pensar que hace unas horas todo parecía perdido en Miami... Vas a volver a ver a tu esposa y a tus hijos, Tomás. Tuviste suerte de que los evacuaran a tiempo a la flota.
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Editado: 07.11.2026