Fear World En Llamas

CAPÍTULO 6: DESCENSO AL CAOS

Sábado 15 de noviembre de 2036 · 16:50 (hora del Este)

Una columna de humo naranja subía desde los barrios del norte de Miami y se enroscaba bajo un cielo que rugía con el paso de los aviones de combate. Las sirenas policiales y militares se cruzaban sin descanso, y las fuerzas de emergencia intentaban, sin lograrlo, controlar el caos.

El equipo Whisky 3 había despegado de California poco después de recibir la alerta y, tras más de cinco horas de vuelo, completaba el último tramo a bordo de un V-22 Osprey.

Dentro de la cabina, el silencio era tenso, roto únicamente por el zumbido de los motores y la estática de las radios tácticas. Mairá escuchaba por los auriculares los mismos llamados de auxilio, una y otra vez.

—Queda un minuto para el descenso —anunció el piloto por el intercomunicador.

El capitán Carlos Rivera se puso de pie y se sujetó de una correa para mantener el equilibrio.

—¡Escúchenme bien! Tenemos que estar concentrados en la misión. El mínimo error puede costarnos la vida. ¿Entendido?

—¡Entendido, mi capitán! —respondieron los soldados.

Los nervios se notaban. Uno repasaba su cargador por tercera vez. Otro sostenía entre los dedos una foto doblada y la guardó sin mirarla.

El Osprey aterrizó en el lugar asignado. Al bajar, la magnitud de la crisis se hizo evidente: los canales de radio estaban saturados de llamadas de auxilio y solicitudes de refuerzos. Las transmisiones confirmaban lo peor: en las ciudades del norte ya habían comenzado los enfrentamientos contra un enemigo desconocido.

Rivera se reportó con los altos mandos locales. En medio del despliegue, el mayor Scott Garrison lo interceptó junto a una mesa cubierta de mapas tácticos.

—Capitán, qué bueno que llegó. Necesito que usted y sus hombres se dirijan a Bayfront Park, en el centro. Hay miles de civiles y necesitamos que los escolten hasta los transportes de evacuación. La gente está desesperada.

—Entendido, señor.

Mientras Rivera se reunía con su equipo, el ruido de otro V-22 se acercó a la base. El segundo aparato descendió sobre la plataforma y levantó nubes de polvo.

De él desembarcó el Equipo Plata: cinco soldados M-13, los hombres robot enviados desde Oahu, Hawai, para reforzar Miami. Eran Meyers, Christensen, Arteaga, Vázquez y Ocharzon. Todos llevaban sus chalecos tácticos aún plegados; las armaduras solo se desplegaban al entrar en combate. Con ellos bajaron seis soldados de fuerzas especiales.

Christensen se adelantó para presentarse ante Garrison.

—Mayor, teniente Christensen, jefe del Equipo Plata. Estamos listos para apoyar.

—Necesitamos todo el apoyo posible —respondió Garrison—. Las comunicaciones indican que la situación está fuera de control.

En ese instante, la radio de Garrison crepitó.

—Mayor Garrison, aquí el coronel Hale. Necesito hablar con el teniente Christensen.

Garrison le pasó el comunicador.

—Teniente, prepare un equipo y diríjase a Nueva York. La situación allá también está fuera de control y necesitamos refuerzos cuanto antes. Reúnase conmigo cuando llegue; le daré más indicaciones.

—Entendido, coronel. Prepararé al equipo y saldremos en cuanto tengamos transporte. Son dos horas de vuelo.

—Mantenga las comunicaciones abiertas. Hale, fuera.

Christensen se volvió hacia Arteaga y Vázquez.

—Plata, ustedes vienen conmigo. También los seis soldados de fuerzas especiales. Nos preparamos para salir hacia Nueva York.

Garrison miró a Meyers y Ocharzon.

—Ustedes dos, del Equipo Plata, se quedan con el equipo del capitán Rivera y salen con él hacia Bayfront Park.

—Entendido, señor —respondieron ambos.

Meyers se acercó a Rivera y le hizo el saludo militar.

—Capitán.

—Meyers —respondió Rivera, devolviéndole el saludo.

Meyers bajó la mano y esbozó una sonrisa cansada.

—Pensé que no volvería a verte tan pronto. Me alegra volver a verte.

—A mí también —respondió Rivera—. Ojalá fuera en mejores circunstancias.

Ambos sostuvieron la mirada un instante más de lo necesario. Había reconocimiento y preocupación en sus rostros, pero ninguno añadió nada. Ocharzon notó el intercambio, aunque no hizo preguntas.

Rivera se volvió hacia Mairá y Parker.

—Mairá, tú sigues a cargo de las comunicaciones. Pero, si la situación se descontrola, necesito que tú y Parker atiendan a los heridos. Sé que tienes conocimientos de enfermería de combate y que Parker sabe medicina de combate. Manténganse juntos y cuídense.

Los miró con seriedad antes de añadir:

—Los necesito con vida. ¿Entendido?

—Entendido, mi capitán —respondieron ambos.

—Bien. Mantén la radio abierta, Mairá, y avísame de inmediato si alguien resulta herido.

Mairá asintió y comprobó su equipo de comunicaciones. Parker hizo lo mismo con su material médico.

—El resto de las unidades nos concentraremos frente a la bahía de Biscayne —dijo Garrison—. Allí están los buques de guerra y los portaaviones. Algunos civiles podrían ser evacuados mar adentro. Por ahora, es el lugar más seguro mientras averiguamos a qué nos enfrentamos.

Christensen, Arteaga, Vázquez y los seis soldados de fuerzas especiales se prepararon para partir hacia Nueva York. Meyers y Ocharzon vieron partir a sus compañeros sin decir nada. Plata ya no estaba completo.

Luego se unieron al equipo de Rivera.

El grupo se puso en marcha rumbo a Bayfront Park, en dos Humvees y un camión de transporte.

Meyers conducía el primer Humvee. Rivera iba a su lado, y Mairá y Parker ocupaban el asiento trasero. Mairá llevaba la consola táctica sobre las rodillas. La pantalla, del tamaño de una tableta, mostraba una cuadrícula de transmisiones que seguían entrando por los repetidores militares: cámaras corporales, drones de reconocimiento, voces cortadas.

—Capitán —dijo, sin apartar la vista—. Tiene que ver esto.

Rivera se giró en su asiento. Parker se inclinó sobre el hombro de Mairá. Meyers, con una mano en el volante, buscó la pantalla en el espejo retrovisor.




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