Sábado 15 de noviembre de 2036 · 08:00 (hora del Pacífico)
Mientras la marea de destrucción avanzaba sin frenos desde Alaska y barría los puestos del norte en una carnicería silenciosa, a miles de kilómetros al sur, en una gran base de infantería del sur de California, la rutina seguía su curso. El cielo estaba despejado y el sol de la mañana, bajo y pálido, alargaba las sombras geométricas de los hangares sobre las pistas de entrenamiento y los vehículos aparcados.
El equipo Weskie 3, formado por diez soldados, revisaba sus equipos de transmisión. Entre ellos estaba la cabo tercero Mairá Alejandra Rojas, operadora de radio del equipo y técnica auxiliar de enfermería de combate, que compartía un momento de camaradería con el cabo segundo Tomás Parker, un hombre casado y con dos hijos al que había conocido durante los entrenamientos y la formación del equipo. Mientras ajustaban las consolas, hablaban de su reciente y dura misión en Medio Oriente, donde lograron interceptar a un grupo de rebeldes, y del permiso de quince días que acababan de disfrutar al volver.
—Oye, Tomás —dijo Mairá, ajustando los diales de la consola—. ¿Cómo estás con tu familia? ¿Pudiste descansar, amigo?
—Claro, aunque creo que ya los extraño —respondió Tomás con una sonrisa cálida y nostálgica—. No sé qué haría sin ellos; son mi único refugio en este mundo de caos. ¿Y a ti, cómo te fue? ¿Pudiste arreglar las cosas con tu amor, Jeison?
Mairá soltó un suspiro pesado y apartó la mirada hacia los monitores, donde las pantallas auxiliares comenzaban a registrar estática intermitente procedente de las redes del norte.
—Prefiero ni hablar de eso —murmuró con amargura—. Cree que no tengo tiempo para él, que prefiero estar en la base. Es un completo idiota. Intenté buscarlo para arreglar las cosas, pero parece que cree que no tengo nada más que hacer.
—Lo siento, Mairá —respondió Tomás con empatía—. De verdad, no me gustaría que algo así me pasara.
Antes de que ella pudiera contestar, un sonido ensordecedor rasgó el aire del recinto y cortó la rutina del cuartel.
¡Uuuuuuh! ¡Uuuuuuh!
Una sirena de máxima alerta resonó en toda la instalación, enlazada con los reportes de emergencia nacional que anunciaban el colapso total de las líneas en Alaska y Canadá. Las luces ámbar comenzaron a parpadear con violencia en los pasillos y en la sala de radio.
—¡Todas las unidades a formar! ¡No es un simulacro! —gritaba el personal de guardia mientras corría hacia los puntos de reunión.
Por el sistema de altavoces, la voz firme y tensa del general Oscar Jennanson, comandante de la región militar, cayó con un peso abrumador sobre los 75,000 efectivos de la base, ya formados:
—Los altos mandos están en vilo, y yo no voy a ocultárselo —anunció, con la voz teñida de urgencia—. Estamos en máxima alerta. Fort Greely y los puestos del norte han sido arrasados por múltiples impactos de cápsulas de asedio de origen desconocido. No sabemos exactamente a qué nos enfrentamos, pero las transmisiones muestran que una vanguardia de cazadores biológicos y unidades acorazadas avanza hacia el sur destruyendo todo a su paso. Nosotros iremos de apoyo. Todos los equipos disponibles deben alistarse para salir. Es todo, pueden retirarse.
La atmósfera de la base dio un vuelco absoluto. Las risas y las charlas de rutina se disiparon, reemplazadas por el estrépito de las botas y el chasquido de los cargadores al encajarse en los fusiles. La pesadilla que había arrasado el norte ya estaba tocando las puertas del país.
El capitán Carlos Rivera se presentó ante su escuadrón con el rostro serio y la mirada fija en sus subordinados, que ya estaban completamente equipados.
—¡Escuchen bien! —ordenó con voz firme—. Su misión: diríjanse a Miami y apoyen la evacuación de civiles. ¡No hay tiempo que perder, en marcha!
La gran maquinaria del ejército se puso en movimiento. Nadie imaginaba todavía que aquella marea de destrucción era el preludio de la invasión de los Zyphon, una pesadilla de otro mundo que estaba a punto de cambiar el destino de la humanidad para siempre.
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Editado: 07.11.2026