Sábado 15 de noviembre de 2036 · 17:40 (hora del Este)
Veinticinco minutos después del ataque, Bayfront Park seguía cubierto de polvo y cristales. Las radios tácticas habían recuperado una señal intermitente, pero la consola de Mairá y los comunicadores personales continuaban apagados. Los Humvees y algunos camiones de evacuación seguían en pie; los helicópteros que habían caído sobre la bahía ya no podían ayudar.
Mairá y Parker atendían a los heridos junto a un camión volcado. A lo lejos, sobre el cráter que había dejado el rayo de plasma, la nave nodriza descendía lentamente. El escenario era dantesco: cuerpos mutilados, pulverizados, decapitados y otros gravemente heridos yacían por doquier.
—Humanos... —pronunció con una voz escalofriante y gutural un Zyphon de élite, antes de atravesar con las afiladas cuchillas de sus muñecas a un civil que aún agonizaba. Lo levantó en el aire, lo acercó a su rostro y lo miró fijamente a los ojos, repitiendo con desprecio—: Humano...
Fuera del epicentro, la gente intentaba escapar despavorida de regreso hacia la ciudad, pero en ese instante comenzó la verdadera masacre. Los monstruos abrieron fuego indiscriminado contra todo lo que se movía. Varios sabuesos alienígenas alcanzaban a los supervivientes en plena huida y les arrancaban la cabeza de un solo mordisco.
El terror y la angustia se apoderaron del lugar mientras el humo negro de los vehículos incendiados tapaba los últimos destellos de un atardecer que se tiñó de pesadilla. Un grupo de soldados del ejército intentó plantar cara: un tanque apostado en el perímetro abrió fuego contra la vanguardia enemiga. Sin embargo, en cuestión de segundos, otro haz de energía cayó del cielo y destruyó el blindado como si fuera un simple juguete.
Aun así, los soldados mantuvieron su posición sin retroceder y lograron abatir a varios enemigos.
—¡Mayday, mayday! ¡Unidad 4 bajo ataque! —gritó uno de ellos por la radio—. ¡Necesitamos refuerzos en las afueras de la ciudad, tenemos varios heridos! ¡Repito, unidad 4 bajo ataque!
Pero la balanza se inclinó de golpe cuando un francotirador enemigo comenzó a acribillarlos desde la distancia, uno a uno. El terror se apoderó de los pocos que quedaban al ver cómo sus compañeros explotaban en pedazos bajo los letales proyectiles del tirador alienígena.
—¡Por favor! ¡Necesitamos refuerzos, un equipo está siendo atacado en las afueras! —insistió la voz, cada vez más desesperada.
En Bayfront Park, la onda expansiva había dejado decenas de heridos tendidos entre las palmeras caídas. Mairá dejó su consola, muerta, sobre el capó de un Humvee y abrió el botiquín de Parker. Entre los dos improvisaron un puesto de atención junto a un camión volcado.
—Presiona aquí —le dijo Parker a un soldado, guiándole la mano sobre una pierna sangrante—. Fuerte. No la sueltes.
Mairá se arrodilló ante un hombre sentado en el suelo con la espalda contra una rueda. Tenía un corte profundo en la frente y la camisa rota. Sostenía en brazos a un niño de unos siete años, con el pelo cubierto de polvo, que no soltaba su cuello.
—Déjeme ver eso —dijo ella, apartándole con cuidado el cabello pegado a la herida.
—Estoy bien —respondió el hombre sin mirarla. Tenía los ojos fijos en el niño—. Ya pasó, hijo. Ya pasó.
El niño no lloraba. Apretaba contra el pecho un muñeco de plástico gastado, como si en él se concentrara todo lo que le quedaba.
—Hola, campeón —le sonrió Mairá, mientras limpiaba la herida del padre con una gasa—. ¿Cómo te llamas?
—Michael —susurró el niño.
—Michael. Qué buen nombre. —Ella le guiñó un ojo—. Tu papá es muy valiente. Y tú también.
El niño no contestó, pero la miró un segundo más antes de volver a esconder la cara. Mairá terminó de colocar el vendaje.
—Señorita —dijo el hombre en voz baja, para que el niño no lo oyera—. ¿Van a evacuar a todos los que estamos aquí?
Mairá dudó un segundo.
—Esa es la idea —respondió—. Todos van a salir de aquí.
Le costó decirlo. Había visto los camiones llenos y las filas que no se acababan.
El hombre asintió despacio. Bajó la mirada hacia la cabeza del niño, apoyada contra su pecho.
—Yo solo le pido una cosa —dijo—. Si no alcanza el espacio, si hay que elegir... que lo ayuden a él. Yo me quedo. Me da igual. Pero que él salga.
—Nadie se queda, señor. —Mairá le apretó el hombro—. Se lo prometo.
Él no contestó. Solo la miró un momento, como quien agradece algo que no termina de creer, y volvió a abrazar a su hijo.
Mairá asintió y se puso de pie para atender al siguiente herido.
La radio del casco de Meyers volvió a la vida entre ráfagas de estática y captó el llamado de la unidad 4. Meyers apretó los dientes y evaluó la situación con frialdad ante el panorama desolador que se extendía a su alrededor. El caos de las calles exigía decisiones inmediatas.
—Capitán, la unidad 4 pide refuerzos en las afueras —informó—. Podemos llegar en los Humvees.
Rivera no lo pensó mucho.
—Ocharzon, Mairá, Parker, Tomatic, Cristy, Eduar: ustedes se quedan aquí protegiendo a estas personas con la infantería disponible. El resto viene conmigo.
—¡Entendido! —respondió Ocharzon, adoptando una postura defensiva.
Rivera miró a los soldados que subían a los Humvees. Tenían los ojos muy abiertos y las manos temblorosas.
—Escúchenme —dijo—. Sé que tienen miedo, pero vamos a estar bien. Protéjanse unos a otros y disparen a esas cosas sin piedad. Si ustedes no lo hacen, ellos lo harán con ustedes. ¿Entendido?
—Sí, capitán —respondieron los soldados.
Meyers se volvió hacia él.
—Capitán, maneje usted. Yo iré en la ametralladora pesada.
—Entendido —asintió Rivera.
Los motores rugieron al arrancar. Los Humvees partieron velozmente hacia las afueras para contener la masacre, abriéndose paso entre el gentío y el pánico bajo la penumbra rojiza del atardecer.
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Editado: 07.11.2026