Sábado 15 de noviembre de 2036
22:07 (hora del Este)
Horas antes de que el sol iluminara las calles de Miami, la oscuridad de la noche estallaba en fuego y metralla. Mientras los transportes de evacuación huían despavoridos, el sargento Meyers se adentró en el corazón del sector asediado, guiado por el sonido de las detonaciones y los gritos desesperados que llegaban por radio. Su armadura de metal y su fusil SCAR eran los únicos bastiones de esperanza en medio de aquel infierno desatado.
Meyers recorrió varias cuadras alrededor del parque. Unos metros más adelante, encontró los cuerpos de Maguire y su unidad, tendidos entre los restos de la batalla. La escena lo dejó completamente sorprendido. No podía creer la manera en que había sido masacrada toda la unidad.
—¿Qué demonios pasó aquí? —dijo Meyers mientras observaba los cuerpos.
Se acercó al cuerpo del sargento abatido y lo contempló, incapaz de asimilar lo que estaba viendo.
—No puede ser… ¿Qué fue lo que sucedió? —murmuró.
Tras unos segundos, continuó avanzando entre la bruma de la ciudad. Unos metros más adelante, al doblar una esquina sembrada de vehículos calcinados, encontró a un pelotón de infantería acorralado por una horda implacable de criaturas.
—¡Carajo!
Meyers cargó el fusil y empezó a disparar contra el enemigo.
Los soldados lograron verlo.
—¡Por fin llegaron los refuerzos! —gritaron.
Meyers abrió el intercomunicador de su casco y se comunicó con los soldados.
—Escúchenme, marines. Si quieren sobrevivir esta noche, deben seguir mis órdenes.
—¡Fuego de cobertura! —bramó a través del comunicador de su traje, abriendo fuego de inmediato con su fusil.
Los destellos de los disparos iluminaron su armadura mientras abatía a las criaturas infectadas que intentaban flanquear a los soldados. En medio de la confusión y el humo, uno de los infantes retrocedió y tropezó con los escombros.
De la oscuridad saltó un infectado ágil y deforme. Llevaba un uniforme militar: había sido un soldado antes de que el parásito lo transformara en una de aquellas criaturas.
Antes de que el hombre pudiera levantar su fusil, la bestia se abalanzó sobre él y lo inmovilizó contra el suelo. Con una velocidad espeluznante, abrió sus fauces y enrolló su lengua alrededor de la garganta del infante. Entonces disparó un apéndice gástrico: un tubo flexible y viscoso que se deslizó brutalmente por la garganta hasta llegar a las profundidades del estómago, donde inyectó una carga silenciosa de huevecillos invisibles.
A pocos metros, otro de sus compañeros también había caído al suelo. Desde allí, observó la escena con terror, incapaz de reaccionar.
El soldado atrapado soltó un grito ahogado y estrangulado. Tenía los ojos inyectados en sangre y creía que iba a ser devorado en ese mismo instante.
Sin embargo, antes de que el parásito pudiera continuar con el ataque, un estruendo metálico rasgó el aire. El sargento Meyers, con su armadura rugiendo con furia, interceptó al monstruo. Con un potente golpe de su bota blindada y una ráfaga a quemarropa de su fusil, hizo añicos a la criatura, salvando al soldado de una muerte inmediata.
—¡Arriba, soldado! ¡No hay tiempo! —gritó Meyers mientras lo ayudaba a incorporarse de un fuerte tirón.
El infante se levantó tosiendo, con la garganta desgarrada por el ataque. Su compañero, que seguía en el suelo, lo miró con temor.
Una vez que consiguió recuperar el aliento, el soldado rescatado se volvió hacia él, lleno de rabia.
—¿Por qué mierda no me ayudaste? ¡¿Por qué mierda no me ayudaste?! —gritó, cada vez más desesperado.
Su compañero, asustado, intentó explicarse.
—Lo siento, lo siento. No pude disparar. No pude reaccionar.
—Eres un maldito cobarde —le espetó el soldado mientras tosía con violencia.
Se palpó el cuerpo temblando, convencido de que había salido ileso del ataque gracias al sargento. No sentía nada extraño en su interior. Podía respirar, caminar y avanzar junto a los demás hacia la aparente seguridad de la retirada.
Ignoraba por completo el verdadero peligro: una silenciosa bomba biológica se incubaba en su estómago, oculta en su interior.
Gracias a los disparos y a la potencia de fuego del sargento, el grupo logró abrirse paso hasta un callejón seguro y comenzar la evacuación. Meyers desplegó dos cuchillas metálicas afiladas desde sus muñecas, con las que despedazó a varios infectados, mientras sus disparos certeros abatían a otros que intentaban acercarse.
—¡Retrocedan y apunten a sus flancos! ¡No dejen de retroceder! —ordenó Meyers.
Sin embargo, el estruendo de la batalla atrajo una amenaza mucho mayor.
En otra cuadra, al oeste, una figura emergió del humo: era la unidad de élite Zyphon, al mando del general Sáfkor. El general llevaba en las manos la cabeza de uno de los suyos, un guerrero que había sido infectado y al que había logrado decapitar.
Meyers se quedó observando fijamente al enemigo.
—No puede ser… —murmuró, desconcertado.
Una criatura se abalanzó sobre la unidad Zyphon, pero Sáfkor reaccionó con una velocidad impresionante y la partió en dos. Después, contempló el campo de batalla y dio la orden de acabar con todo lo que se moviera.
Al ver que los soldados heridos apenas podían caminar durante la retirada, Meyers tomó una decisión irrevocable: cubrir la retaguardia él solo.
—Escúchenme. Tienen que irse. En el parque aún hay un helicóptero de evacuación. Saquen a sus heridos, protéjanse y, por favor, no vuelvan por mí.
—¡Retírense! ¡Yo los cubro! —ordenó, plantándose en mitad de la avenida mientras su armadura rugía al máximo de su capacidad.
—¡Vengan aquí, bastardos! ¡Aquí conmigo! —gritó Meyers, tratando de atraer la atención de los enemigos y darles tiempo a los soldados para escapar.
El general Sáfkor lo observó con desprecio. La batalla se convirtió en un enfrentamiento brutal y desigual.
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Editado: 07.11.2026