Fear World En Llamas

​CAPÍTULO 2: LA LÍNEA DE SANGRE EN EL YUKÓN

Viernes 14 de noviembre de 2036 · 23:20 (hora de Alaska)

A más de cien kilómetros al norte de la Ruta 2, en el centro de mando de la base militar de Fairbanks, el ambiente en la sala de comunicaciones era un infierno de pavor y luces de advertencia.

—¡Aquí Fairbanks llamando a Halcón Uno! —gritaba el operador principal con la boca pegada al micrófono, ajustando los diales de frecuencia con dedos sudorosos—. ¡Halcón Uno, responda! ¡Perdimos su señal de telemetría! ¡Puesto de control de la Ruta 2, confirmen recepción!

Al otro lado del receptor solo había el silbido helado de la estática muerta.

—Señor... perdimos el enlace de voz y datos con el helicóptero —informó el operador, girándose hacia el oficial de guardia con el rostro pálido—. El puesto de control no responde. Silencio de radio absoluto en todo el sector sur.

—¡Active la alerta de defensa territorial! —ordenó el oficial—. ¡Quiero a la patrulla de reconocimiento en camino y a los cazas en pista ya!

De pronto, un grito desgarrador resonó desde el patio exterior de la base.

—¡Dios mío! ¡Miren arriba! ¡Miren al cielo!

Los soldados salieron en tropel a la explanada congelada. A varios kilómetros sobre la capa de nubes nocturnas, la negrura de la noche se rasgó con un chasquido sordo que hizo sangrar los oídos de varios efectivos en tierra. Cinco moles biomecánicas de proporciones colosales, las naves nodrizas Zyphon, emergieron lentamente de la bruma, distorsionando la presión atmosférica y bloqueando las estrellas. Sus estructuras bio-orgánicas proyectaban un resplandor purpurino que iluminaba la nieve como una pesadilla incandescente.

Segundos después, las nodrizas abrieron fuego. Rayos de energía e hipercalor cayeron en picado desde la atmósfera y pulverizaron los hangares, las antenas de radar y las pistas de aterrizaje en una marea de fuego violáceo.

A decenas de kilómetros del epicentro, en poblados periféricos como Delta Junction y Tok, donde la red telefónica aún resistía por momentos, los residentes lograron captar con sus teléfonos móviles el resplandor purpurino sobre Fairbanks y la caída de las naves. Esos fragmentos de vídeo de pocos segundos inundaron las redes sociales y las cadenas internacionales antes de que el silencio electromagnético devorara por completo el territorio de Alaska.

Sábado 15 de noviembre de 2036 · 04:25 (hora del Yukón)

Tres horas después del colapso total de las transmisiones en el norte, el pánico desencadenado por esos vídeos virales ya había desbordado la frontera. La noche sobre el paso fronterizo del Yukón se había convertido en una caldera de silencio y desesperación.

Ese margen de tiempo fue todo lo que tuvo el Mando Conjunto de las Fuerzas Canadienses para reaccionar. En la línea de contención, la Tercera Compañía del Regimiento Real de Edmonton aprovechó cada minuto para fortificar la berma de la Autopista de Alaska. Los motores de los blindados LAV III, al ralentí, despedían columnas de humo blanco mientras los soldados cavaban posiciones de tirador en el barro congelado, colocaban las ametralladoras pesadas C6 y fijaban los visores de los misiles BGM-71 TOW hacia el norte.

A lo largo de los kilómetros previos a la garita de control, el embotellamiento era interminable. A pesar de los esfuerzos de la Policía Montada por canalizar el tráfico, miles de vehículos civiles permanecían varados, con los parachoques pegados, sobre el asfalto helado. Familias enteras observaban con angustia desde sus ventanillas mientras las tropas tomaban posiciones de combate a los costados de la autopista.

A escasos cincuenta metros del punto de control fronterizo, los reflectores portátiles del furgón de transmisión de la cadena canadiense CBC iluminaban la nieve que caía sobre el asfalto. El camarógrafo, Eric, ajustó el foco de la pesada cámara sobre el rostro del periodista David Vance.

—Tres, dos, uno... estamos al aire, David —indicó Eric con una seña de la mano.

Vance acomodó el micrófono con su guante de invierno y miró fijamente a la lente.

—Buenas noches. Son las cuatro y veinticinco de la madrugada, hora del Yukón, de este sábado 15 de noviembre, y nos encontramos en vivo desde el puesto fronterizo de la Ruta 2, a pocos kilómetros de la frontera con Alaska —comenzó con voz pausada pero grave—. Aunque el Mando Conjunto de las Fuerzas Canadienses insiste en mantener la calma, la realidad en el terreno habla por sí sola. Durante las últimas tres horas, miles de familias procedentes de los poblados del norte han llegado hasta este punto buscando refugio.

Vance hizo una seña a Eric para que lo siguiera y se acercó a la ventanilla de una camioneta familiar varada en la fila. El conductor, un hombre de unos cuarenta años con el rostro pálido y los nudillos blancos de apretar el volante, bajó el cristal unos centímetros.

—Señor, disculpe, estamos en vivo para la CBC —dijo Vance acercando el micrófono—. ¿Cuál es la situación de la que vienen huyendo?

—Es un infierno allá arriba... —respondió el civil, con la voz quebrada y la respiración saliendo en densas nubes de vapor—. Las torres de comunicación cayeron en minutos. Vimos el cielo ponerse morado sobre Fort Greely y luego los apagones... La policía en Tok nos dijo que evacuáramos de inmediato hacia Canadá. Llevamos horas atrapados en esta fila. Solo queremos cruzar y poner a salvo a los niños.

—Como pueden escuchar —retomó Vance, mirando de nuevo a la cámara mientras Eric paneaba hacia la barricada militar donde los blindados tomaban posiciones defensivas—, la desesperación de los civiles choca con el estricto protocolo de contención impuesto por el ejército canadiense. Nadie confirma oficialmente qué está sucediendo al otro lado de la frontera, pero el despliegue de armamento pesado sugiere que las autoridades se preparan para lo peor...

Fue en ese preciso instante cuando el cielo sobre las nubes bajas comenzó a arder.




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