Domingo, 16 de noviembre de 2036
LOS ÁNGELES — 04:03 (hora del Pacífico)
El sonido ensordecedor de las hélices y los motores de turbina rasgaba el cielo nocturno. A bordo de un escuadrón de V-22 Ospreys procedentes de la base militar de Oahu, en Hawái, viajaba un pelotón de setenta comandos de fuerzas especiales junto al resto de las aeronaves de transporte. Una de ellas llevaba a los avanzados soldados del programa de unidades modificadas. La formación se dirigía directamente hacia los frentes de combate en San Francisco.
Con las primeras luces del amanecer asomándose tímidamente en el horizonte, las aeronaves sobrevolaban Los Ángeles.
Desde las alturas, el panorama era desolador. Los Ospreys pasaban sobre edificios en llamas y una ciudad prácticamente destruida, mientras que, en las calles de abajo, las fuerzas terrestres se enfrentaban desesperadamente a las criaturas en una guerra abierta que desafiaba toda lógica. A bordo, los soldados miraban por las ventanillas con una mezcla de horror y asombro.
—¡Dios mío...! —murmuraba uno de ellos, conteniendo el aliento—. De verdad... esto es el fin del mundo.
BASE DE OPERACIONES ANFIBIAS — FLORIDA
Miles de kilómetros al sur, en la costa de Florida, la realidad no era menos desalentadora.
Los transportes militares de evacuación, que habían recogido a los supervivientes de las calles de Miami, acababan de llegar a la enorme base de operaciones anfibias instalada en el litoral. El complejo bullía de actividad frenética: los reflectores de emergencia parpadeaban entre los hangares improvisados, los camiones blindados se desplazaban bajo la llovizna, y la marejada azotaba los muelles.
El capitán Carlos Rivera bajó por la rampa del transporte junto al resto de su escuadrón. Tenía los ojos fijos en el suelo, la piel grisácea por la ceniza, y un peso en el pecho que apenas le dejaba respirar.
A un costado de la zona de carga, una estación de radio de campaña emitía, entre ráfagas de estática, los boletines de guerra. En el norte, las ciudades resistían a duras penas, pero la voz de la locutora dictó sentencia sobre la zona: el perímetro de Miami había sido sobrepasado. La ciudad estaba oficialmente dada por perdida.
Un frío agudo le recorrió el rostro al capitán.
En ese instante, el batir pesado de las palas de dos helicópteros Black Hawk anunció la llegada de los últimos vuelos procedentes del núcleo de la ciudad. Las aeronaves tocaron tierra sobre el hormigón agrietado, levantando una cortina de agua y arena. Apenas las rampas se posaron en el suelo, los infantes de marina comenzaron a desembarcar, empujando camillas y arrastrando su propio equipo, agotados y heridos.
Rivera corrió hacia ellos, abriéndose paso entre el personal de pista. Interceptó al primer grupo de soldados y sujetó a uno de ellos por las correas del chaleco táctico, con una mezcla de desesperación y autoridad.
—¡Soldado! —le gritó por encima del ruido de los motores—. En el sector del callejón junto a la avenida de Bayfront Park... ¿vieron a un M-13? Su nombre era Meyers Rivera. Por favor, necesito saber qué pasó con él.
El infante, con el rostro manchado de hollín y la mirada perdida, tardó unos segundos en enfocar a Rivera. Tragó saliva con dificultad y asintió levemente.
—Lo vimos, mi capitán —respondió con la voz rasposa—. Ese hombre se plantó solo en medio del cruce. El ejército enemigo y su comandante venían sobre nosotros. Nos ordenó replegarnos hacia los transportes mientras él aguantaba la posición. Nos abrió la salida, capitán... Si no hubiera sido por él, ninguno de nosotros estaría aquí. La radio de su casco se apagó justo cuando las naves enemigas cerraron el cerco.
El soldado bajó la cabeza. Rivera soltó lentamente el chaleco, sintiendo que el aire se le escapaba del pecho.
—Pero no lo viste morir, ¿verdad?
—No, capitán... pero el enemigo era numéricamente superior. Sería un milagro que hubiera sobrevivido.
Rivera negó con la cabeza, la mirada perdida y la voz quebrada.
—Él no puede estar muerto... no puede.
—Lamento no traer mejores noticias, señor —dijo el soldado, bajando la vista.
Rivera dio media vuelta y se alejó. Una lágrima intentó escapar de sus ojos, pero se la limpió rápidamente con el dorso de la mano. Caminó con paso pesado hacia uno de los hangares secundarios de triaje, sumergido en el caos de los heridos.
Allí dentro, el cabo Tomás Parker, médico de combate del escuadrón, presionaba con rapidez una venda sobre el hombro ensangrentado de un infante de marina. Mairá lo auxiliaba de cerca, pasándole gasas y material médico mientras coordinaba las urgencias con los paramédicos. A pocos metros, Ocharzon descargaba sin esfuerzo enormes cajones de munición pesada de un camión táctico, organizando el reabastecimiento para la línea defensiva.
Al notar la presencia del capitán en la entrada, Mairá dejó los suministros en manos de un asistente. Ocharzon depositó en el suelo la caja blindada que llevaba en brazos y dio un paso al frente. La imponente figura del soldado modificado se detuvo frente a su capitán.
—Capitán —dijo su voz sintetizada, grave y pesada—. ¿Noticias de la retaguardia?
Rivera guardó silencio unos segundos, incapaz de sostenerles la mirada.
—Meyers no va a regresar, Ocharzon —dijo con un hilo de voz—. Cayó en Miami.
—¿Qué...? No puede ser —respondió Ocharzon, con un tono quebrado que apenas reconocían—. Meyers no puede estar muerto.
Un silencio denso cubrió aquel rincón del hangar. Mairá se llevó una mano a la boca y detuvo por completo su labor, mientras que las ópticas del casco de Ocharzon parpadearon lentamente.
Para el soldado modificado, la noticia no significaba únicamente la pérdida de un compañero. Meyers era el único en toda la unidad que comprendía la carga, la alteración biológica y el aislamiento que implicaba formar parte del programa.
Antes de que alguno pudiera asimilar el golpe, las botas de un oficial de administración resonaron sobre el suelo metálico. El hombre se acercó a Rivera con una libreta digital en la mano, imperturbable ante el drama humano que lo rodeaba.
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Editado: 07.11.2026