Fear World En Llamas

CAPÍTULO 13: SIN ESPERANZA

Sábado 15 de noviembre de 2036 · 20:15 (hora del Este)

LA ÚLTIMA ORDEN

En Miami, el sonido de los disparos y los gritos era ensordecedor. Los vehículos militares se preparaban para evacuar.

—¡Muévanse! ¡Saquen a los heridos! ¡No tenemos tiempo! —gritaban los pilotos de los transportes, mientras los cuerpos mutilados y aquellos con aguijones incrustados evidenciaban la cruenta batalla que se libraba en toda la ciudad.

Cerca de la zona de evacuación, el capitán Carlos Rivera encontró al sargento Meyers. El rostro de este último estaba cubierto de sudor, polvo y sangre, reflejando el agotamiento de una lucha interminable.

Meyers miró a Rivera con una expresión seria y vacía.

—Prepara a tu equipo. Evacúen la zona.

Rivera frunció el ceño.

—¿Qué? ¿Acaso no irás con nosotros?

—No —respondió Meyers—. Tengo que ayudar a las tropas que aún siguen allá, en el campo de batalla. No voy a dejar a nadie atrás.

—Entonces, vamos juntos —dijo Rivera, dispuesto a acompañarlo.

Meyers negó con la cabeza.

—No, no vas a ningún lado. Tus hombres te necesitan; eres su líder y necesitan a alguien que los guíe. No se deja a nadie atrás, y menos a tu propio equipo. Así que sube a ese transporte y lárguense de aquí.

Rivera apretó la mandíbula.

—Tú lo dijiste: «A nadie se deja atrás».

—Para eso estoy acá: para ayudar y apoyar a las tropas. Sé que los demás soldados del programa M-13 estarán haciendo lo mismo, y yo haré lo mismo —dijo Meyers mientras cargaba su fusil.

Durante unos segundos, ambos permanecieron en silencio. No necesitaban decirse nada más. Habían combatido juntos y sabían que aquella podía ser la última vez que se vieran.

Rivera extendió la mano.

—Entendido... Fue un honor pelear a su lado, sargento.

Meyers le estrechó la mano con firmeza.

—Suerte, capitán.

Rivera lo miró fijamente a los ojos.

—Vuelve con vida, sargento. No quiero que esta sea la última batalla que peleemos contra esos bastardos.

—Recibido, capitán —respondió Meyers, esbozando una sonrisa cansada.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el campo de batalla, cargando su fusil.

—¡Capitán! ¡Tenemos que irnos! —gritó el piloto de un Humvee.

Rivera observó al sargento durante unos segundos más. Quiso llamarlo, pero sabía que era inútil. Finalmente, subió al vehículo.

—¡Vámonos! —ordenó.

El Humvee arrancó. Un V-22 Osprey y un Black Hawk se elevaron con los heridos y los soldados que se retiraban. Desde el aire, entre las ráfagas de disparos, se veía una ciudad que empezaba a arder en llamas y, a lo lejos, la silueta del sargento Meyers adentrándose en el combate.

Los vehículos que avanzaban por tierra todavía encontraban personas en las calles que pedían ayuda. Los pilotos observaban la escena con profunda tristeza; sabían que era poco probable que aquellas personas sobrevivieran a esa noche.

LOS QUE QUEDARON ATRÁS

En ese momento, un hombre le cortó el paso a uno de los transportes militares. Cayó de rodillas y, entre lágrimas, suplicó que llevaran a su hijo con ellos.

—¡Por favor, lleven a mi hijo! ¡Solo a él! ¡Tiene siete añitos! ¡Por favor, se los suplico! —gritó mientras sostenía al pequeño en sus brazos.

El niño, que apretaba contra su pecho un pequeño juguete de plástico desgastado, miró a su padre con los ojos llenos de miedo.

—Papá, tengo miedo...

—Tranquilo, hijo. Todo estará bien, te lo prometo —le respondió su padre, tratando de mantener la calma, aunque su voz temblaba de pavor.

El conductor frenó bruscamente. Un soldado abrió parcialmente la puerta y miró al hombre. El pequeño se aferraba al cuello de su padre, con el rostro empapado en lágrimas.

El soldado observó al niño con profunda tristeza. Durante un instante, pareció dispuesto a dejarlo subir, pero la orden de los altos mandos era estricta: ningún civil podía ser evacuado. El riesgo de trasladar a alguien infectado con el parásito Syfus era demasiado alto.

—Lo siento —respondió el militar con voz quebrada—. No puedo ayudarte. La orden es no evacuar civiles.

—¡Por favor, solo a él! ¡No tienen que llevarme a mí, déjenme aquí! ¡Solo salven a mi hijo! —gritó el padre con desesperación.

El soldado bajó la mirada, incapaz de sostenerle la vista.

—Lo siento —repitió.

La puerta del transporte se cerró y el vehículo giró para esquivarlos antes de reanudar la marcha.

—¡POR FAVOR! ¡NO SE VAYAN! ¡SALVEN A MI HIJO! —suplicó el hombre, corriendo unos pasos detrás del transporte hasta caer de rodillas.

Desde el interior de los vehículos y las aeronaves, los soldados contemplaron con profunda impotencia cómo padre e hijo se abrazaban en medio del asfalto, llorando de miedo y abandono.

—Este es el fin —murmuró un soldado a bordo de una de las aeronaves, con la voz entrecortada por el dolor.

Nadie en el transporte intentó contradecirlo.

En la calle, sumidos en la penumbra de la noche, el padre abrazaba a su hijo con fuerza.

—Hijo, mírame —le dijo con ternura—. Te amo. Vas a estar bien, ¿de acuerdo? No vamos a llorar más.

El pequeño se aferró a él, sujetando todavía su juguete.

—Por favor, papito, no me vayas a dejar solo.

—No lo haré, hijo. No lo haré —le prometió el padre mientras lo abrazaba.

De pronto, un gruñido gutural rompió la calma y resonó entre las paredes de los edificios destruidos.

Desde la densa neblina de humo emergió sigilosamente una silueta cuadrúpeda. Era un sabueso Zyphon: una criatura de musculatura grotesca, piel húmeda y mandíbulas descomunales cubiertas de saliva. El monstruo se detuvo a pocos metros de ellos, clavando sus ojos brillantes en sus presas. Olfateó el aire con lentitud, como si saboreara el miedo, mientras sus garras afiladas arañaban el pavimento con un sonido escalofriante.

El padre sintió cómo se le helaba la sangre.

—Mierda... —murmuró con terror.




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