Fear World En Llamas

CAPÍTULO 17: CICATRICES EN TIERRA FIRME

El polvo de la base militar costera aún flotaba en el aire denso de la mañana, teñido por el humo negro de los hangares periféricos.Mientras el rugir de las turbinas del helicóptero de Mairá se desvanecía sobre el océano, el capitán Carlos Rivera se frotó el rostro con ambas manos, intentando ahuyentar un cansancio que era una losa invisible aplastándole el pecho.

No importaba cuántas órdenes diera o cuántas veces intentara mantener la compostura; el vacío de la pérdida seguía ahí, quemando por dentro. Los rostros de sus hombres y, sobre todo, la desgarradora confesión sobre su hermano —el sargento Meyers, que se había sacrificado en Miami— habían destrozado lo poco que le quedaba de su mundo.

A pocos metros de los barracones, sentado sobre una caja de municiones vacía con la mirada fija en las grietas del suelo, se encontraba uno de los infantes sobrevivientes del pelotón que Meyers había rescatado en el callejón de Miami. Tenía el uniforme desgarrado, cubierto de ceniza y manchas oscuras de sangre seca; sus manos temblaban de forma leve pero constante.

Rivera se acercó con paso lento, arrastrando las botas con pesadez. Sacó una cantimplora y se la ofreció antes de tomar asiento frente a él.

—Tranquilo, muchacho. Ya estás a salvo aquí —le dijo Rivera con la voz ronca, rota por las horas sin dormir y el eco de las pérdidas.

El soldado ni siquiera miró la cantimplora. Sus ojos, inyectados en sangre, se clavaron en los del capitán con una fijeza perturbadora.

—Mi capitán... tengo que confesarle algo que vi en la ciudad. Tal vez no me crea —empezó a decir con la voz atropellada por el trauma—. En el callejón, una de esas criaturas se abalanzó sobre mi compañero. Le clavó un tubo viscoso por la boca, a la fuerza.

Rivera se quedó con la cantimplora a medio camino.

—¿Un tubo? ¿Por la boca?

—Sí, señor. Lo estaba ahogando. —El soldado apretó los dientes—. Yo tenía el fusil en las manos y no pude disparar. Las piernas no me respondían.

—Eso ahora no importa. Sigue.

—Antes, en los puntos de reunión, ya habíamos encontrado a otros soldados tirados, convulsionando, con el abdomen deformado... reventados por dentro.

Rivera frunció el ceño con dureza, inclinándose hacia delante con una mezcla de incredulidad y severidad.

—Si viste todo eso, ¿por qué demonios no dijiste nada antes? —le reclamó el capitán con voz firme, apretando los puños sobre las rodillas—. ¡¿Por qué carajos no informaste al oficial de guardia o a los médicos cuando llegaste aquí, maldita sea?!

El soldado se encogió, con el rostro bañado en un sudor frío.

—¡Porque no estaba seguro, mi capitán! —balbuceó, con la voz rota por el llanto—. El M-13 logró sacar a mi compañero de las garras de esa cosa. Los otros soldados se levantaban y nos atacaban, pero él no. Se levantó como si nada. Pensé que se había salvado.

—¿Y ahora qué piensas?

El soldado alzó la mirada, pálido.

—Cuando lo subieron al helicóptero, vi que tenía los mismos síntomas de los que despertaban después de morir.

Las palabras del soldado golpearon a Rivera como un choque eléctrico. Agarró al infante del chaleco, lo puso de pie y corrió hacia la estación de transmisiones de la base.

—¡Sintonice ya la frecuencia del helicóptero de Mairá y la del buque insignia! —le ordenó Rivera al operador de radio.

El operador ajustó los diales rápidamente. La voz de Mairá sonó en los altavoces en un reporte grabado minutos antes: «...transporte médico en cubierta... trasladando al paciente a la sala de contención...».

Rivera agarró el micrófono con desesperación:

—¡Mairá! ¡Parker! ¡Aíslen al herido de inmediato! ¡Lleva un parásito en el estó—!

Un chirrido agudo de onda electromagnética cortó la transmisión de golpe. Una nube de estática densa ahogó el canal.

—¡Señor, la tormenta eléctrica que se acerca mar adentro saturó la frecuencia! —exclamó el operador—. Perdimos el enlace, no nos van a escuchar.

Rivera apretó la mandíbula, sintiendo que el tiempo se les agotaba.

—¡Suelten los amarres del transporte restante! —bramó Rivera, dirigiéndose a Ocharzon y al escuadrón—. ¡Si la radio no entra, iremos en persona a avisarles antes de que sea tarde!

Las sirenas de la base costera volvieron a tronar mientras los motores de la aeronave rugían para un despegue de emergencia hacia mar abierto.

* * *

Mientras tanto, en medio de la inmensidad del mar, la brisa soplaba helada sobre la cubierta del portaaviones principal.

En la enfermería del buque, dentro de la sala de contención biológica, la luz fluorescente zumbaba sobre la camilla donde yacía amarrado el soldado herido. Al otro lado de la escotilla estanca, un oficial armado montaba guardia en el corredor. Dentro, un médico con traje de bioseguridad se acercó a inspeccionar los signos vitales del paciente.

Al inclinar la linterna táctica sobre el torso del herido, el médico se detuvo en seco: la piel del abdomen comenzó a deformarse convulsivamente, como si una masa de organismos vivos se retorciera bajo las vísceras. Una protrusión visible ascendió a gran velocidad bajo la piel del tórax, subiendo directamente hacia el cuello.

El soldado se arqueó contra las correas, con la piel cérea y helada, y emitió un gorgoteo ahogado mientras los ojos se le desorbitaban de dolor. No había nada monstruoso en su rostro: seguía siendo un hombre, un hombre aterrado. Su mandíbula se desencajó con un chasquido espantoso.

—¡Guardia! ¡Active la cuarentena! —gritó el médico, retrocediendo, pero su voz murió contra el grosor de la escotilla sellada.

La criatura emergió a la velocidad de un látigo desde la garganta desgarrada del soldado. Era una abominación viscosa de un color pálido enfermizo. Su cuerpo alargado estaba dividido en anillos segmentados que se contraían de forma compulsiva, y terminaba en dos aguijones en forma de tenaza. En la cabeza, la masa muscular se abrió para exponer una boca bulbosa con cuatro placas dentadas que se retorcían, hambrientas. Se disparó hacia delante, destrozó el cristal de la visera del traje y se incrustó a la fuerza por la boca del médico.




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