DOS HORAS ANTES
Sábado 15 de noviembre de 2036 · 16:50 (hora del Este)
Base de Infantería de Marina, Baton Rouge, Luisiana
En la pista de aterrizaje, los rotores de decenas de aeronaves comenzaban a girar con un zumbido ensordecedor. Los marines y los soldados M-13 formaban en filas bajo el sol de la tarde, frente a una pantalla gigante instalada junto a la pista. En ella se transmitía la señal encriptada del Mando Central.
Desde la base de Oahu, en Hawái, apareció en pantalla la figura del general Vance, quien observó durante unos segundos a las tropas desplegadas antes de comenzar a hablar.
—Escúchenme con atención. Se ha activado la Directiva Omega-1. Todas las unidades disponibles entrarán en despliegue inmediato. Varios efectivos serán enviados para apoyar a las ciudades del centro del país; los demás se concentrarán en los frentes del este y el oeste.
El general hizo una breve pausa mientras, en los monitores, se trazaban las rutas tácticas hacia el sur.
—Veinticuatro aeronaves V-22 Osprey partirán desde esta base, escoltadas por diez cazas de combate. Necesito hombres comprometidos con esta misión. Un equipo completo de soldados M-13 viajará en el transporte de vanguardia; los demás marines abordarán las aeronaves de apoyo. En tierra, los convoyes blindados que salieron esta mañana desde Tallahassee proporcionarán apoyo directo. Todos los batallones han sido notificados.
Vance hizo una última pausa y endureció la mirada.
—Que Dios nos acompañe y nos muestre el camino hacia la victoria.
La transmisión terminó.
Las compuertas de las aeronaves comenzaron a cerrarse mientras los marines y los soldados M-13 ocupaban sus posiciones. Uno tras otro, los V-22 levantaron vuelo y formaron una escuadra rumbo a Florida, escoltados por los cazas.
Al mismo tiempo, sobre las autopistas, los convoyes blindados avanzaban a toda velocidad hacia sus respectivos destinos.
La operación de contraataque había comenzado.
PRESENTE
18:50 (hora del Este)
Sectores adyacentes a Bayfront Park, Miami, Florida
Mientras Rivera y Meyers regresaban a Bayfront Park, la radio del Humvee cobró vida entre ráfagas de estática.
—Capitán Rivera, aquí la cabo Rojas. ¿Puede escucharme?
—Aquí Rivera. Mairá, ¿te encuentras bien? ¿Me copias?
La respuesta llegó entrecortada.
—Sí, señor. Estamos a bordo de un Osprey. Nos ordenaron evacuar al equipo hacia los portaaviones de la costa. La comunicación se está cortando, pero quería saber si ustedes... ¿Pudieron salir de allí?
La voz de Mairá se quebró por un instante.
Rivera apretó el volante mientras esquivaba los escombros esparcidos por la avenida. Miró por el retrovisor y pensó en los hombres que habían quedado atrás.
—Estamos regresando al punto de evacuación. El segundo Humvee fue atacado. Ramos y López murieron. Solo logramos rescatar al ametrallador.
Al otro lado de la línea se hizo el silencio.
—Lo siento mucho, señor —respondió Mairá finalmente.
—No fue culpa tuya, cabo.
Un chasquido metálico comenzó a interferir en la transmisión.
—Capitán...
—¿Mairá? ¿Me copias?
La comunicación se cortó.
En el interior del Osprey, Mairá permaneció con el auricular pegado al oído, escuchando únicamente la estática. Después de unos segundos, se quitó los auriculares y se levantó de su asiento.
—¡Tenemos que volver con ellos! ¡No podemos dejarlos atrás!
—Cabo, cálmese —le ordenó Ocharzon, sujetándola del chaleco—. Estamos en medio de una misión y ellos van a estar bien. Está asustando a los demás.
—Tranquila —añadió Parker, apoyándole una mano en el hombro—. Van a estar bien.
Mairá no respondió. Se quedó mirando por la ventanilla mientras la aeronave viraba hacia el mar, alejándose de la ciudad cubierta de humo.
Mientras tanto, en el Humvee de Rivera, la radio cambió automáticamente a la frecuencia general de la Fuerza de Tarea. Una voz distorsionada por la urgencia irrumpió en los altavoces.
—Aquí Control del Mando Sur. A todas las unidades defensivas en Bayfront Park: mantengan sus posiciones a toda costa. La Fuerza de Respuesta Combinada ha entrado en el espacio aéreo del sector. Repito: los refuerzos están en la zona.
Meyers, que había abandonado la torreta y ahora ocupaba el asiento del copiloto, miró a Rivera.
—Creo que llegaron los refuerzos, capitán.
—Eso espero —respondió Rivera sin apartar la vista de la carretera.
Desde el asiento trasero llegó la voz de uno de los soldados que acompañaban al herido.
—¡Señor, el ametrallador está muy mal! ¡Está perdiendo mucha sangre!
—¡Carajo! No puedo perder a otro hombre de mi equipo —exclamó Rivera, pisando el acelerador.
En el asiento trasero, el ametrallador permanecía tendido con la pierna vendada. Su piel había adquirido una palidez preocupante y el sudor frío le perlaba la frente.
—No... no puedo morir aquí —murmuró débilmente.
Rivera lo miró por el retrovisor.
—¡Eh, escúchame! No vas a morir aquí, ¿entendido? Aguanta un poco más.
El soldado intentó responder, pero apenas consiguió emitir un quejido.
Rivera volvió la mirada hacia la carretera y aceleró todavía más.
Cuando irrumpieron en Bayfront Park, el panorama era crítico.
Los pocos soldados que quedaban sostenían una línea improvisada detrás de las barricadas. Intentaban mantener un perímetro defensivo para permitir el aterrizaje de las aeronaves de evacuación y el despliegue de nuevas tropas, mientras la multitud de civiles se desbordaba por los alrededores.
A varias cuadras de distancia, las fuerzas de retaguardia combatían contra el enemigo. Las ráfagas de ametralladoras y fusiles se mezclaban con el estruendo de las explosiones, que retumbaban entre los edificios.
La evacuación estaba al borde del colapso.
Rivera frenó en seco, tomó su fusil y saltó del vehículo. Sin perder tiempo, se unió a los soldados que defendían el perímetro y comenzó a dar órdenes para reagrupar a los supervivientes.
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Editado: 07.11.2026