Las olas embravecidas golpeaban con furia el casco helado del portaaviones, y el viento ensordecedor arrastraba la sal sobre la cubierta. Mairá se aferró a la baranda. Ese buque había sido acondicionado apresuradamente para atender a heridos y enfermos; era un auténtico hospital flotante. A lo lejos, sobre el mar abierto, flotaban los otros cuatro portaaviones de la flota, que servían de fortaleza de resguardo para miles de civiles aterrorizados y familias de militares. En tierra, las unidades militares intentaban, a duras penas, controlar la situación en la costa.
En el cielo se formaba una tormenta feroz; el horizonte comenzaba a tornarse de un negro denso y amenazante.
Parker había cruzado en lancha al buque vecino en cuanto entregaron al paciente. Desde la cubierta, Mairá lo vio reencontrarse con su familia, entre abrazos, en una de las salas. A la distancia, Parker la saludaba con gestos alegres para presentarle a los suyos. Mairá le devolvió una sonrisa tibia, pero el recuerdo de su propia familia la golpeó de lleno. Su madre y su hermana habían muerto años atrás de cáncer. Todavía recordaba los pasillos del hospital y el olor a desinfectante. Hacía mucho que nadie la esperaba al otro lado de una puerta. Las lágrimas contenidas le brotaron de los ojos.
—No saben cuánto las extraño —decía Mairá con la voz entrecortada.
Aquel instante de paz se rompió de golpe: un temblor sordo subió desde las entrañas del buque, seguido de dos disparos amortiguados.
Un momento después, la sirena de emergencia empezó a retumbar en toda la flota. Una voz metálica se impuso sobre el viento:
—¡Amenaza a bordo! Cierre de compartimentos. No es un simulacro, repito, no es un simulacro. Todo el personal armado, preséntese equipado en sus posiciones de combate...
Mairá no entendía lo que estaba pasando mientras el pánico comenzaba a cundir a su alrededor.
Unos minutos antes...
En el corredor metálico fuera de la sala de contención biológica, el oficial de guardia esperaba en su puesto a que el doctor terminara la revisión. De pronto, desde el interior de la escotilla estanca retumbó un estruendo agudo de acrílico rompiéndose y el golpe seco de un cuerpo que caía al suelo, seguidos por el rumor sofocado de una lucha desesperada.
Creyendo que el paciente se había liberado de las correas y atacaba al doctor, el guardia presionó la palanca hidráulica. La pesada puerta de acero se abrió con un silbido de presión.
Al cruzar el umbral, la linterna de su casco iluminó una escena de pesadilla.
El cuerpo del paciente yacía sobre la camilla metálica, abierto en canal, en medio de un charco de líquido viscoso mezclado con vísceras oscuras. Su abdomen era un agujero sangriento por donde habían salido los parásitos. Sobre las rejillas de ventilación del techo, algo se arrastraba rápido, y no era una sola cosa.
Al enfocar al médico, el guardia vio horrorizado cómo se levantaba torpemente del piso. La masa del parásito le llenaba la boca, y se ahogaba mientras luchaba en vano.
—¡¿Qué demonios?! —alcanzó a exclamar el guardia, paralizado.
Desenfundó su pistola de dotación, pero antes de que pudiera apuntar a la criatura, el cuerpo deformado del médico le agarró la mano con una fuerza descomunal. Ya no había razón ni conciencia humana en él; su estructura ósea se deformaba con chasquidos secos.
El guardia soltó dos disparos a quemarropa antes de que lo atenazaran del brazo por completo. De la boca del infectado emergió una válvula sanguinolenta que se expandía y se encogía rítmicamente, y se incrustó a la fuerza en la boca del guardia, que intentó gritar en vano.
La válvula se dilataba con violencia mientras le introducía el parásito directamente hacia las entrañas. El guardia comenzó a ahogarse y cayó de rodillas.
En ese preciso instante, dos marines armados aparecieron corriendo por el pasillo. Al asomarse por la escotilla y ver el horror dentro de la sala, reaccionaron por puro pánico y cerraron de golpe la pesada puerta estanca, dejando atrapados dentro al médico infectado y al guardia moribundo.
—¡Dios santo! ¿Qué es eso? —repetía uno de los marines, pálido y temblando.
Sin dudarlo, golpearon el panel de control de la pared y activaron la alarma de emergencia en toda la flota, mientras veían cómo el guardia empezaba a convulsionar y a moverse en el suelo bruscamente, con los ojos tornados blancos e inyectados en sangre.
—Dios mío, ¿qué le está pasando? —decía uno de los infantes, viendo aterrorizado la escena al otro lado de la puerta.
En la cubierta, Mairá sintió caer las primeras gotas gruesas de lluvia. Sobre el mar, la tormenta rompió por fin.
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Editado: 07.11.2026