Sábado 15 de noviembre de 2036 · 10:30 (hora central)
Cinco horas después de la masacre y el corte de transmisión en la frontera del Yukón, el aire dentro de la sala de urgencias del Hospital General de Chicago olía a desinfectante, sangre y humo quemado. La luz gris de media mañana apenas se colaba por las ventanas. Lo que horas antes era uno de los centros médicos más avanzados del medio oeste estadounidense se había transformado en un centro de triaje de pesadilla. Las ambulancias ya no llegaban con las sirenas encendidas; se estrellaban contra los bordes de la acera, abandonadas por conductores que preferían huir a pie, o traían a los primeros heridos de los poblados del norte, arrasados por la vanguardia invasora.
—¡Necesitamos más gasas en la bahía tres! —gritaba una enfermera mientras esquivaba las camillas apretujadas en los pasillos principales.
Cientos de civiles y militares heridos en los ataques del norte abarrotaban las salas de espera, las entradas de ambulancias y los pasillos de radiología. Las luces del techo parpadeaban de forma errática mientras los generadores auxiliares del edificio luchaban contra los picos de voltaje provocados por las interferencias magnéticas.
En el exterior, el capitán Ethan Hayes y su cordón de la Policía de Chicago (CPD) mantenían la posición frente a la rampa principal, apoyados por furgones SWAT y barricadas improvisadas. De pronto, el estruendo de motores pesados sacudió el asfalto. Por la avenida principal avanzaba un imponente convoy militar: tanques de combate, camiones de transporte atiborrados de tropas y blindados que se dirigían al norte de la ciudad para desplegar la línea de defensa.
Hayes dio un paso al frente e hizo señas a un soldado que iba a pie junto a un blindado, frente al hospital. El soldado se acercó mientras el convoy reducía ligeramente la marcha.
—¡Hey, soldado! —gritó Hayes por encima del ruido de los motores—. ¿Qué está pasando? ¿Hacia dónde van?
El infante, con el rostro sudoroso y la mirada aterrorizada, respiró agitadamente antes de soltar la advertencia:
—Lo único que puedo decirte es que ha sido muy difícil contenerlos... Son demasiado rápidos. Ten cuidado. Esas cosas avanzan hacia el sur y en el norte del estado ya están perdiendo el control. En el sur están coordinando zonas de evacuación. Escúchame bien: hay demasiados heridos en este hospital, así que tú y tus hombres tienen que proteger este lado. Varios camiones de evacuación vienen hacia aquí y hay que protegerlos a toda costa. ¡Aseguren este perímetro! Nos vemos, ¡tenemos que avanzar!
—Okey... —alcanzó a decir Hayes, congelado por la crudeza de las instrucciones.
Pero antes de que pudiera preguntar nada más, la tregua se rompió.
Un rugido ensordecedor rasgó el cielo. Un haz de plasma puro descendió de la atmósfera con precisión quirúrgica y se estrelló contra el tanque que encabezaba el convoy. La detonación fue titánica: el blindado estalló en mil pedazos, diseminó metal fundido y lanzó una onda expansiva que derribó a varios soldados y patrullas de la policía.
Inmediatamente después, múltiples estelas incandescentes atravesaron las nubes. Eran cápsulas de asedio Zyphon que impactaban contra el asfalto de la avenida y, con un estruendo metálico aterrador, cuatro o cinco de ellas cayeron en cadena sobre el techo del ala norte del hospital, haciendo llover escombros y mampostería sobre los pasillos.
—¡Cúbranse! ¡Cayó algo en el techo! ¡Busquen refugio, nadie salga! —gritaba Hayes por el megáfono, intentando mantener el control mientras el pánico se desataba.
Las puertas de los camiones militares se abrieron de golpe y los soldados descendieron deprisa, disparando a ciegas contra la bruma mientras intentaban reorganizarse. Los policías y el equipo SWAT se replegaron desesperadamente hacia la entrada principal.
—¡Fuego! ¡Abran fuego contra todo lo que se mueva! —rugió Hayes. Una muralla de plomo cayó sobre las siluetas del humo y rebotó inútilmente contra las armaduras de los invasores.
A través del humo y las llamas, las siluetas de más de dos metros de la vanguardia Zyphon respondieron y acribillaron a todo lo que se movía en el exterior. Otros invasores avanzaron a ras de suelo disparando ráfagas continuas de plasma. Los policías respondieron con descargas desesperadas, pero las líneas se rompieron al instante. Los sabuesos, desplazándose a una velocidad aterradora, se abalanzaron sobre el cordón defensivo: agarraban a los agentes por la cabeza, los arrastraban y los estrellaban contra las paredes de concreto.
El caos era absoluto. Un soldado que intentaba mantener la puerta fue interceptado por dos sabuesos, que le arrancaron una pierna de un mordisco; antes de que pudiera gritar, un Zyphon lo remató con un disparo de energía en la frente.
En medio de la carnicería, un haz de plasma impactó a corta distancia y alcanzó de lleno la pierna de Hayes, proyectándolo hacia el interior. Un pitido ensordecedor le ahogó los gritos a su alrededor. Aturdido, con la visión borrosa y la pierna destrozada ardiéndole, apretó los dientes sobre la baldosa cubierta de cristales rotos.
—¡Mierda... mierda! ¡Malditos infelices! —gritó con rabia, tosiendo por el humo.
Se arrastró a ciegas por el pasillo de la entrada, empuñó su pistola de dotación y comenzó a disparar contra las sombras que avanzaban, hasta que la corredera se trabó hacia atrás con un chasquido vacío.
Un Zyphon de imponente coraza se abrió paso entre el vapor y las llamas. Se inclinó sobre él, lo levantó del cuello con una sola mano sin esfuerzo y, fijando su visor oscuro en el rostro ensangrentado del capitán, le siseó con una voz fría y antinatural:
—¿Crees que con ese artefacto vas a matarme?
Antes de que Hayes pudiera decir otra palabra, la criatura lo arrojó con fuerza descomunal contra el muro de concreto del otro extremo del vestíbulo. El impacto seco resonó por encima de las alarmas, le fracturó el cuerpo y acabó con su vida.
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Editado: 07.11.2026