La Oscura Verdad del Reino

Capítulo 20: Primordiales

Ningún ser divino puede entrar al Jardín Primordial. A este solo entran los seres celestiales y sus serafines.

Era mi cumpleaños. ¡Oh guau, que emoción!

Me sumí en trabajo, no tenía ganas de nada, solo quería pasar él día.

Nunca me gusto este día, 13 de Alejandría.

— ¡No puedo más con esto! ¿Por qué tengo lagunas mentales?

Deje caer la cabeza sobre el escritorio y le preste atención a la caja de cristal que contenía una daga de plata con amatista.

Amatista… eso me gusta.

Morada y relajante. ¿Dónde la he visto?

…

— ¿Todo bien Amati?

— Claro, solo estoy algo triste. No quiero quedarme sola mientras tú y papá van a la Isla Madre.

— Hare lo posible para que vengas conmigo.

— ¿Lo prometes?

— Lo prometo.

…

¿Qué fue eso?

Yo no recuerdo a esa persona y ¿Quién es Amati?

Estos últimos días todo ha sido tan pero tan confuso. Fragmentos que pasan por mis ojos, voces gritando incoherencias. Era todo extraño y agobiante.

Un suspiro salió de mi justo cuando tocaron la puerta.

— ¿Quién?

— ¿Así me hablas ahora niña?

— ¿Señor T?

— ¿Sino quién más?

— Pase. —me senté bien y acomode un poco el escritorio para cuando entro— ¿Para qué me necesita?

— Los Primordiales quieren que te lleve a un lugar.

— ¿Dónde? —esto logro captar mi curiosidad.

— El Jardín Primordial.

— Pero no de supone que-

— Si si si, lo que sea, son ordenes de ellos. Arréglate un poco ¿Quieres? Ya sabes donde esta mi oficina.

Y sin darme tiempo a decir algo giró y se fue. Parpadeé un par de veces aún conmocionada.

Luego de unos minutos salí del trance y fui a mi habitación. Tenía que admitirlo era un desastre, estaba sucia, mi cabello enmarañado y mi ropa tenía algunas manchas.

El agua fría corrió por mi cuerpo débil… si aún seguía así, no había signos de mejora. Fue un problema desenredar mi pelo y fue aún más darme cuenta de que no tenía como agarrarlo así que lo deje suelto.

La ropa. ¡La ropa! Mi armario se encontraba vacío.

— Sel… ¿Me podrías encontrar algún cambio de ropa por favor? —Sel era mi Archenlo.

— Claro señorita, ¿alguna preferencia?

— Que sea holgada.

— Por supuesto, ya vuelvo.

Vi en silencio como se marchó. Era cómica la situación; por lo normal los Archenlos son más bajos que su propio Dios. Pero yo mido 1.65cm y él 1.78.

Después de unos 30 minutos volvió con la ropa, era una túnica blanca con azul rey, cómoda y holgada. Esto último lo preferí por mis alas, las ocultaba debajo de la ropa y para no lastimarlas… más, usaba prendas grandes.

Al encontrarme lista me dirigí al Zafiro, precisamente a la oficina de The- del señor T. No estaba ahí como tal, estaba en su jardín privado.

— ¿Señor T?

— Ah ¿Ya estas lista?

— Si. —sus ojos me escanearon de arriba abajo.

— Bueno, en ese caso vámonos.

Me llevo por lugares que nunca vi de Celestia. En algún punto el suelo se desvaneció dejándonos de pie en el… espació, no de forma figurada, literal.

Pasamos entre todo tipo de estructuras que iban desde estrellas hasta nebulosas. Cuando nos topamos un agujero negro me asuste, pero él solo dejo escapar un bufido.

Al estar a escasos metros del Cinturón de Orión se detuvo y giró para verme.

— A partir de aquí debes seguir sola. No puedo ir más allá. Solo ve recto y llegaras.

— ¿Y si me pasa algo?

— Nada te pasara niña —golpeo de forma suave mi frente— los Primordiales siempre te acompañan.

— Bueno… entonces supongo que adiós.

— Adiós. —las comisuras de sus labios de elevaron en una sonrisa genuina— Ve, no los hagas esperar más.

Giró en su propio eje y de marchó dejándome sola. Dudé un poco pero termine avanzando.

Llegue a un jardín grande y bien cuidado, tenía flores de todo tipo pero lo que más llamaba la atención eran los tres majestuosos árboles en el centro.

El primero era de tronco y hojas doradas, este contenía flores doradas.

El del centro era de hoja verdes y tronco café, este tenía frutos verdes.

El último era de tronco azul pastel y hojas blancas, de este goteaba una sabia azul.

La atmósfera era tranquila y cálida, me daban ganas de dormir por toda la eternidad.

…

¿No he estado yo aquí antes?

Encontré una puerta grande y de madera blanca con adornos dorados. Titubé a la hora de abrirla, pero termine haciéndolo.

En el interior se gestaba un pequeño, pero de forma extraña reconfortante, caos.

— ¡Camelia devuélvele eso a tu hermana!

— ¡Es mío tío Alessandro!

— ¿Kaida qué haces?

— Leila me robó un libro.

— No es cierto Nuriah.

— Apoyo a Nuriah, Gabriella mentirosa.

— ¿Cornelius tú también?

— ¡Ey! ¿Y dónde esta mi papá?

— No lo se Loto.

— ¿Y el nuestro?

— No lo se.

— ¡Basta ya! —en ese momento todo quedo en silencio. Yo seguía parada en la puerta confundida, no entendí nada de lo que paso— Su hermana Gabriella no tiene porque estarlos cuidando, son mayores a ella, compórtense como tal.

— Es Kaida.

— ¡Leila!

— Gabriella.

— ¡Son los tres y punto! No se pongan a discutir mi nombre.

— Que extraño. —las palabras se me salieron sin querer.

— Ah… Li, ya estas aquí.

Se trataba de una chica bastante alta o por lo menos más alta que yo, tenía cabello blanco y sus ojos eran de colores diferentes, el izquierdo era dorado y el derecho verde; tenía una piel clara y usaba un vestido blanco. Por su cabeza caía un velo de perlas y un collar de zafiros estrella azules.

— Disculpa, ¿te conozco?

— Oh cierto. Me presento soy Kaida Leila Gabriella, puedes decirme como más gustes.

— Veo que el cachorrito si te trajo.

— ¿Ah? —esta vez quien habló fue un hombre de cabello blanco y ojos azules de piel clara.

— Hola pequeña, soy Alessandro Melmia, pero puedes decirme Ale.




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