La luna se encontraba en el punto más alto del cielo nocturno, iluminando el denso bosque con su resplandor artificial. A su alrededor, las estrellas relucían como pequeñas partículas de polvo esparcidas por la inmensidad, acompañando el silencio que envolvía aquella noche. Mientras las criaturas del bosque se preparaban para descansar, los animales nocturnos recorrían los senderos en busca de alimento, y los grillos rompían con su canto la quietud del ambiente.
A lo lejos, entre los árboles, se alzaba un pequeño reino cuyo resplandor anaranjado contrastaba con la oscuridad. Las antorchas iluminaban sus estrechas calles, mientras una multitud avanzaba entre gritos y murmullos, como si todo el pueblo hubiera despertado al mismo tiempo.
El lugar reflejaba el abandono. La suciedad cubría las calles, las ratas correteaban entre los desperdicios y las viviendas, desgastadas por los años, apenas se mantenían en pie. Un penetrante olor a humedad y podredumbre impregnaba el aire, pero aquella noche nadie parecía prestarle atención.
Ancianos, adultos y jóvenes marchaban con antorchas y tridentes en las manos. Algunos lloraban mientras avanzaban; otros sonreían con una satisfacción inquietante, unidos por el odio que los había llevado hasta allí.
—Al fin... Todo terminará. Años de dolor y sufrimiento llegarán a su fin. Nuestros seres queridos... todas aquellas almas en pena... por fin podrán descansar en paz —murmuró un anciano frente a la multitud.
—Ese pecador pagará por todos sus crímenes —sollozó una joven de cabello castaño, con las manos entrelazadas en un acto de oración—. Deseo con toda mi alma que arda en las llamas del infierno.
—Todo esto fue posible gracias a las personas enviadas por Dios —añadió un muchacho pelirrojo, incapaz de ocultar su emoción—. Ellos nos salvaron de seguir viviendo en la desesperación.
—¡Larga vida a los salvadores!
La consigna se propagó entre los habitantes hasta convertirse en un clamor que recorría las calles. Las voces se mezclaban con el crepitar de las antorchas mientras la multitud avanzaba hacia el corazón del reino.
En uno de los callejones más sombríos, una mujer permanecía arrodillada entre los desperdicios, envuelta en un largo abrigo que ocultaba su figura. Su cuerpo temblaba con cada respiración entrecortada, mientras las lágrimas descendían por sus mejillas y se perdían entre la tela desgastada.
Sus manos, cubiertas de cortes y viejas heridas, se aferraban a un pequeño collar que mantenía contra su pecho. En el centro de la cadena descansaba una gema púrpura, tallada con una forma extraña que parecía absorber la escasa luz que alcanzaba aquel rincón.
—¡Malditos humanos...! —exclamó con la voz quebrada—. ¡¿Por qué tenemos que recibir nosotros las consecuencias de sus atrocidades si los verdaderos culpables son ellos y solamente ellos?!
Sus ojos violáceos temblaron bajo las lágrimas. Por más que deseara levantarse y enfrentarlos, las heridas y el agotamiento apenas le permitían sostenerse. Permaneció inmóvil durante unos instantes, abrazando el collar, hasta que una idea comenzó a abrirse paso entre su desesperación.
¿Y si todavía quedaba una chispa de esperanza?
Con lentitud, separó el collar de su pecho y elevó ambas manos hasta la altura de su rostro. Sus ojos permanecieron fijos en la pequeña gema, cuya superficie reflejaba tenuemente la luz nocturna. El miedo no desapareció, pero retrocedió lo suficiente para dejar espacio a una tenue determinación.
Si aún existía una oportunidad, por pequeña que fuera, la perseguiría hasta el final. Solo así podría acercarse a aquel «final feliz» que durante tanto tiempo había anhelado.
—Yo… Supongo que este mundo todavía tiene esperanza para perdurar y florecer bajo un mañana que alguna vez deseamos juntos —rio entre dientes, con una dulzura que apenas conseguía ocultar su tristeza—. Pero, si uso esta maldición, eso significa que tendré que entregarme al vacío por toda la eternidad y tú tendrás que...
Sus palabras se apagaron. Sabía que aquello era lo correcto, aunque aceptar el sacrificio le resultara aterrador.
—No... Esto es lo correcto. Es un sacrificio que debemos aceptar si queremos volver a vivir —murmuró mientras una suave corriente de aire comenzaba a envolver su cuerpo, agitando su abrigo y acariciando su cabello—. Si puedes tener la vida que a nosotros nos negaron... entonces estaré encantada de entregar la mía, al igual que mi futuro y todos estos sentimientos que guardé durante tanto tiempo, solo para ti.
Cerró los dedos alrededor de la piedra y la acercó nuevamente contra su pecho. No había arrepentimiento en aquel gesto, sino la determinación de alguien que había elegido entregar su futuro para que otra persona pudiera tener el suyo.
Y así, aquella pequeña silueta desapareció del callejón sin dejar rastro. Nadie volvió a verla entre la multitud ni en aquel rincón donde había derramado sus últimas lágrimas. No quedó una huella, un sonido o una prueba que delatara que alguna vez estuvo allí.
Era como si... nunca hubiera existido.
Mientras tanto, la multitud continuaba avanzando hacia el corazón del reino, donde el resplandor anaranjado se hacía cada vez más intenso. El calor comenzó a extenderse por las calles, volviendo el aire sofocante y cubriendo de sudor los rostros de los habitantes. Aun así, nadie se detuvo.