Desde la estrecha apertura de la gran puerta, varios ojos amarillentos comenzaron a hacerse visibles entre la oscuridad. Permanecían inmóviles, hundidos en una negrura tan profunda que resultaba imposible distinguir a quién pertenecían. Lo único que Takenichi alcanzaba a ver eran aquellas miradas penetrantes y los largos brazos que empezaban a extenderse desde el interior, deslizándose lentamente por los bordes de la abertura mientras sus garras arañaban la piedra.
El peliazul no consiguió apartar la mirada. El aire se le quedó atrapado en la garganta y sus dedos se aferraron con fuerza a la roca bajo sus pies. Intentó parpadear, convencerse de que aquello desaparecería al volver a abrir los ojos, pero las criaturas continuaban allí y la puerta seguía abriéndose frente a él.
—Esto... no puede ser real... —murmuró.
La frase apenas consiguió escapar de sus labios. Había visto demasiadas cosas aquella noche como para seguir confiando en que el mundo funcionaba de acuerdo con las reglas que conocía. Aun así, una parte de él continuaba esperando despertar de aquella pesadilla, encontrar la luz de la mañana entrando por la ventana de su habitación y reírse de lo absurdo que había sido todo.
Nada cambió.
Las gotas continuaron cayendo en algún punto lejano de la caverna y el sonido de cada una de ellas se perdió entre los ecos. Entonces una carcajada estalló detrás de él.
«Yusu» levantó ambos brazos con una euforia desbordante, dejando que su voz retumbara por toda la caverna.
—¡El día de nuestra libertad por fin llegó, amigos míos! ¡El día en el que este decrépito mundo llega a su inevitable destrucción está aquí! ¡Y esta vez nadie podrá evitarlo!
Las criaturas respondieron desde el interior con gruñidos y chillidos que hicieron vibrar las paredes. Los brazos que asomaban por la abertura se agitaron con mayor intensidad, golpeando la piedra mientras la puerta continuaba separándose de su marco.
En el rostro de Yusu apareció una sonrisa cada vez más amplia. No había rastro de la expresión que Takenichi conocía. Mientras hablaba, parecía contemplar algo mucho más grande que aquella caverna: ciudades reducidas a escombros, cielos cubiertos de oscuridad y un mundo entero hundido en el caos. Sus ojos brillaban con una satisfacción difícil de ocultar.
—Después de tantos años... —susurró, extendiendo los brazos hacia la puerta—. Finalmente.
Dejó escapar una pequeña risa antes de girarse hacia Takenichi.
—Oye, niño, gracias por hacer esto posible.
Su sonrisa se suavizó de una manera casi amable, pero aquello solo consiguió hacer que sus palabras resultaran más inquietantes.
—Con el pasar de los años, mis poderes se fueron debilitando y la frontera no hizo más que fortalecerse. Incluso llegué a creer que este plan sin sentido terminaría por fracasar... ¡Pero el resultado terminó siendo todo lo contrario!
Sus dedos comenzaron a moverse con impaciencia y sus pies dieron un par de pequeños saltos sobre la roca.
—Mi plan consistía en extender mis poderes dentro de un rango tan reducido que ni siquiera la frontera pudiera detectarme y esperar un laaargo tiempo hasta que algún humano lo bastante desafortunado se atreviera a poner un pie en este lugar —explicó, girando sobre sí mismo—. Claro, era un plan ridículo. ¡Pero miren quién es el que se ríe ahora, estúpidos!
Su carcajada volvió a llenar la caverna.
Takenichi apenas consiguió mantenerse de pie. Tenía la garganta seca y las piernas le temblaban tanto que tuvo que apoyar una mano contra la pared. Todo lo que acababa de escuchar se mezclaba con la imagen de aquellas criaturas ocultas tras la puerta y con el rostro de Yusu frente a él.
—¿Qué... qué acabas de hacer...? —preguntó con dificultad—. Tú no... tú no eres...
—Así es. No soy quien solías conocer.
La respuesta llegó antes de que pudiera terminar.
En un instante, Yusu desapareció de su posición.
Takenichi apenas tuvo tiempo de levantar la mirada antes de encontrarlo frente a él. No había visto el movimiento. Un segundo estaba al otro lado de la caverna y al siguiente podía distinguir cada detalle de aquella sonrisa.
—Tu amiguito está ahora mismo sumido en un profundo sueño —dijo con tranquilidad—. Y dudo mucho que vaya a despertar en un largo tiempo.
Se irguió y realizó una exagerada reverencia.
—Permíteme presentarme. Mi nombre es Yoku y soy un Kurai con la habilidad de poseer cuerpos. Aunque preferiría que no me compararas con esos idiotas que tienes detrás de mí. Yo pertenezco a una ramificación mucho más poderosa.
Se llevó una mano al pecho.
—Un Shikai.
—¿Un... Shikai...? —repitió Takenichi.
Yoku se apartó unos pasos y señaló la puerta.
—Ellos son Kurais imperfectos. Una raza nacida hace más de mil años desde lo más profundo de la oscuridad.
Volvió a mirarlo con una sonrisa orgullosa.
—En cambio, los Shikai como yo nacemos a partir de los corazones determinados de ustedes. Somos aquellos que fueron tragados y consumidos por la oscuridad para renacer en cuerpos nuevos y perfeccionados.