Los dos jóvenes emprendieron su camino sin mirar atrás, internándose cada vez más en la inmensidad del bosque. Las enormes copas de los árboles se entrelazaban sobre sus cabezas, bloqueando casi por completo la luz del cielo y obligándolos a avanzar entre una espesura cada vez más oscura. A la distancia, las criaturas continuaban merodeando entre la vegetación. Sus mandíbulas chasqueaban con un sonido seco y desagradable mientras sus largas garras se hundían en la tierra húmeda, buscando cualquier rastro de alimento o de alguna presa lo bastante imprudente como para delatar su posición. Cada ruido que llegaba desde la espesura bastaba para mantenerlos alerta, obligándolos a controlar incluso la forma en que pisaban el suelo para evitar que una rama rota o una piedra desplazada revelara su presencia.
El objetivo de ambos era llegar al Reino de Artemisa, el único lugar del que habían oído hablar como un verdadero refugio para las personas que huían de la guerra. Según los rumores, ningún ser vivo era capaz de atravesar sus fronteras. Nadie conocía con certeza el motivo. Algunos aseguraban que alrededor del reino existía un inmenso campo de fuerza mágico que aparecía y desaparecía de forma impredecible; otros decían que se trataba de una bendición concedida por los dioses para proteger a sus habitantes. Fuera cual fuera la verdad, Artemisa se había convertido en la única esperanza a la que podían aferrarse, la única dirección que tenían para escapar de aquel bosque y de las criaturas que los perseguían.
El trayecto, sin embargo, estaba muy lejos de ser sencillo. Las raíces ocultas bajo la maleza, las ramas bajas y el terreno resbaladizo los obligaban a avanzar con cuidado, procurando no hacer demasiado ruido. Cuando uno perdía el equilibrio o el agotamiento hacía que sus piernas dejaran de responder, el otro no dudaba en sujetarlo antes de que cayera. Si alguna criatura se acercaba demasiado, contenían la respiración y se ocultaban entre los arbustos o detrás de los enormes troncos hasta que el peligro desaparecía. En más de una ocasión tuvieron que permanecer agachados mientras las sombras de aquellas bestias pasaban a pocos metros de su escondite, esperando a que los gruñidos se alejaran antes de volver a moverse.
Pero el cansancio comenzaba a pasarles factura. Llevaban horas caminando bajo el espesor de aquel bosque interminable, donde la luz apenas conseguía filtrarse entre las copas y el aire parecía volverse más pesado con cada respiración. Sus piernas dolían, los músculos les ardían por el esfuerzo constante y el sudor se mezclaba con el polvo y la sangre seca que todavía cubrían parte de sus cuerpos. Lo peor era la sensación de avanzar sin llegar nunca a ninguna parte, pues, por más que continuaban caminando, el bosque parecía repetirse una y otra vez. Cada árbol terminaba pareciéndose al anterior, cada sendero desembocaba en otra zona cubierta de maleza y la ausencia de cualquier referencia hacía que incluso calcular cuánto habían recorrido resultara imposible.
—Ey... ¿Cuánto falta para llegar? —preguntó Takenichi en un susurro, procurando no alzar demasiado la voz.
Shonen le dirigió una mirada por encima del hombro mientras permanecía agachada entre los arbustos.
—Bueno... Según lo que leí en uno de los libros del señor Sasaki, el Reino de Artemisa no debería estar demasiado lejos del pueblo. —Señaló un estrecho sendero que se internaba entre los árboles, tan oscuro que apenas era posible distinguir dónde comenzaba y dónde terminaba—. Si cruzamos por ahí, no deberíamos tardar más que unos minutos en llegar.
Permaneció observando aquel camino antes de volver a hablar, como si intentara calcular con la poca información que tenía qué podía esconderse al otro lado de aquella oscuridad.
—El problema es que está demasiado oscuro. No podremos ver qué hay más adelante hasta tenerlo prácticamente encima, así que no sabremos con qué podríamos encontrarnos si decidimos tomarlo.
Luego extendió el brazo hacia la derecha, indicando un sendero mucho más amplio que bordeaba parte del bosque.
—La otra opción sería rodearlo. Nos tomaría más de una hora llegar, tal vez un poco más... y durante gran parte del trayecto estaríamos mucho más expuestos porque apenas hay árboles donde esconderse. Aunque, al estar más iluminado, también nos resultaría más fácil detectar a esas cosas desde lejos. Si vemos alguna merodeando, tendremos tiempo para ocultarnos antes de que nos descubra.
Takenichi examinó ambos caminos una y otra vez, alternando la mirada entre el sendero oscuro y el que rodeaba el bosque. Uno era corto, pero ocultaba demasiadas incógnitas entre las sombras; el otro prometía ser más seguro, aunque les costaría mucho más tiempo recorrerlo. Permaneció en silencio, sopesando las ventajas y desventajas mientras, de vez en cuando, volvía la vista hacia atrás para asegurarse de que ninguna de aquellas criaturas los hubiera seguido. La tentación de escoger el camino oscuro seguía presente, pero esta vez no podía permitirse tomar una decisión solo porque pareciera más emocionante.
Finalmente, un sonido de fastidio escapó de entre sus labios y dejó caer los hombros con resignación.
—Creo que será mejor rodear el bosque... —murmuró sin demasiado entusiasmo.
Por dentro, aquella decisión iba completamente en contra de sus impulsos. Una parte de él deseaba atravesar el sendero oscuro, impulsado por esa constante necesidad de lanzarse hacia lo desconocido que tantas veces lo había metido en problemas. Habría sido el primero en escoger el camino más peligroso si hubiera estado solo. Sin embargo, ya no se trataba únicamente de lo que él quisiera hacer. Shonen estaba allí, confiando en él para salir con vida de aquel lugar, y por primera vez Takenichi parecía dispuesto a poner esa responsabilidad por encima de sus propios impulsos.