Las gemas malditas - Volúmen 1

Capitulo 7: El descenso a lo desconocido

Cuando la luna comenzaba a sobresalir entre la arboleda del extenso bosque, su sutil resplandor rojizo fue cediendo su lugar al brillo sereno de las estrellas y al manto de la profunda oscuridad. Los grillos saltaban de hoja en hoja, entonando su característica melodía, mientras las ramas de los árboles se mecían bajo una corriente de aire helada que anunciaba la llegada de la noche.

En la lejanía, más allá del pueblo, un joven de cabello negro reposaba bajo la copa de un coloso de, por lo menos, cien metros de altura y treinta de grosor. Tenía la espalda apoyada contra la rugosidad del tronco, las manos entrelazadas bajo la nuca y las piernas extendidas sobre el césped húmedo. La tranquilidad del ambiente parecía ayudarlo a relajarse, permitiendo que sus músculos adoloridos descansaran poco a poco.

Pero sus finos oídos captaron el estremecimiento de unos arbustos cercanos.

Las hojas comenzaron a agitarse, acompañadas por unos leves chillidos que, en medio del silencio, parecían gruñidos de una bestia salvaje. Yusu abrió los ojos de golpe y tomó una rama caída junto a él, apretándola con insistencia mientras intentaba distinguir aquello que se ocultaba entre la vegetación.

El arbusto volvió a estremecerse.

Y, de pronto, una pequeña criatura saltó en su dirección.

Yusu levantó la rama, preparado para defenderse, pero se detuvo al descubrir que no se trataba de ninguna bestia peligrosa. Frente a él había una familia de conejos de las nieves: una madre acompañada por sus crías, que correteaban entre la vegetación sin preocuparse por el susto que acababan de provocarle.

El pelinegro soltó el aire y dejó caer la rama a un lado.

—Me dieron un gran susto, pequeños —murmuró con una leve risa mientras extendía una mano para acariciar las orejas de uno de ellos—. Lamento haberlos casi atacado con la rama. Creí que eran algo mucho más peligroso.

Los conejos corretearon a su alrededor, olfateando sus bolsillos y metiendo sus pequeñas narices bajo el abrigo. Yusu no tardó en comprender lo que buscaban. Sacó el pedazo de pan que había dejado a medio morder y lo sostuvo frente a ellos.

—¿Acaso me lo están pidiendo?

Las criaturas se abalanzaron sobre el alimento, arrebatándoselo con una rapidez que lo dejó perplejo. Yusu sonrió y volvió a acomodarse bajo el árbol, observando cómo la madre permanecía junto a sus crías mientras estas devoraban el pan.

La escena le produjo un apretón en el pecho. Comenzó a tararear una melodía lenta y casi melancólica, resguardada en algún rincón de sus borrosos recuerdos. Ver a aquella pequeña familia tan unida le despertaba una envidia que no sabía cómo explicar.

«Si tan solo pudiera recordar… Si tan solo yo…»

Su voz se fue apagando mientras deseaba con toda su alma recuperar los recuerdos que alguna vez había perdido. Desde que tenía ocho años, cuando Takenichi lo encontró merodeando por el bosque completamente solo, Yusu sufría una profunda pérdida de memoria. No recordaba quién era ni de dónde venía, tampoco sabía cómo había llegado hasta allí. Ni siquiera podía recuperar los rostros de sus padres o de alguien que hubiera conocido antes.

Soltó un resoplido y apoyó la nuca contra el tronco, esperando que, como tantas otras noches, algún recuerdo apareciera de repente. Pero nada ocurrió.

—Me gustaría tanto recordar quién fui o de dónde provine… —susurró con melancolía—. Pero supongo que eso nunca sucederá. Por más que les ruegue a las estrellas, nunca me lo concederán.

La brisa nocturna se volvió más gélida. Los grillos dejaron de cantar y el viento cesó por completo, dejando tras de sí un silencio antinatural.

Yusu frunció el ceño.

Algo había cambiado.

No sabía explicar qué era, pero una corriente de aire le rozó el rostro, aunque las ramas de los árboles permanecían inmóviles. Se incorporó lentamente y miró a su alrededor. Los conejos también habían dejado de moverse; la madre mantenía las orejas erguidas, alerta ante algo que él todavía no podía percibir.

Entonces escuchó unos pasos torpes entre los arbustos.

—¡Puta madre, maldito bosque de mierda! —exclamó una voz familiar—. ¡Ya te he dicho mil veces que odio cuando vienes tú solo a este maldito lugar! ¡Sobre todo por todos estos obstáculos de porquería!

Takenichi apareció entre la vegetación, tropezando con las raíces sobresalidas y forcejeando para liberar un pie atrapado en una enredadera. Yusu lo observó con los ojos rojizos muy abiertos, incapaz de evitar una pequeña sonrisa ante aquella ridícula pelea contra la naturaleza.

—¿Y tú qué haces aquí? Deberías estar junto a Shonen, ayudándola con su padre.

El peliazul finalmente consiguió deshacerse de la liana. Se sobó la cabeza, mezclando la vergüenza con una risa nerviosa, y se sentó junto a su amigo.

—Bueno, supongo que ese era tu plan inicial para que Shonen pudiera librarse de su miedo —comentó, adoptando un tono burlón—. Aunque esa idea se salió un poquitito de control…

—Mph… ¿Ahora qué hicieron los dos? —preguntó Yusu, golpeándole el antebrazo con el codo—. Explícate.

El sudor llenó la frente de Takenichi mientras se mordía el labio inferior y desviaba la mirada. No parecía saber cómo empezar, pero finalmente reunió el valor para contarle lo ocurrido.



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En el texto hay: psicologico, fantasiosa y aventura, acción / suspenso

Editado: 27.09.2026

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