Las gemas malditas - Volúmen 1

Capítulo 7: Destrucción de nuestros lazos

El terreno se volvió cada vez más irregular conforme se internaban en la caverna. Piedras sueltas y afiladas sobresalían del suelo, obligándolos a tantear cada paso y apoyarse de vez en cuando contra las paredes para no perder el equilibrio. La poca luz de la luna que los había acompañado desde el lugar de la caída desaparecía lentamente a sus espaldas, hasta que incluso distinguir sus propias manos comenzó a resultar difícil.

A medida que descendían, el aire fresco fue cambiando. Una corriente cálida empezó a envolverlos y la temperatura aumentó lo suficiente para hacerse evidente, aunque no existía ninguna fuente visible que pudiera explicar su origen. El silencio tampoco ayudaba. Cada paso producía ecos apagados que viajaban por los túneles y regresaban deformados, haciendo difícil saber si aquellos sonidos eran simplemente sus propios movimientos o algo más.

Después de varios minutos, el estrecho pasadizo comenzó a ensancharse hasta desembocar en una bifurcación. Los dos se detuvieron frente a los caminos que se abrían ante ellos: el de la izquierda desaparecía tras una curva pronunciada, mientras que el de la derecha descendía por una pendiente suave que se perdía entre las sombras.

—Bueno, ¿ahora por dónde vamos? —preguntó Take, entrecerrando los ojos.

Yusu se adelantó y examinó el camino de la izquierda. Intentó percibir alguna corriente de aire, algún sonido o cualquier detalle que pudiera indicar hacia dónde conducía, pero la oscuridad no le permitía distinguir nada más allá de las primeras curvas.

Después miró hacia la derecha.

A simple vista, no había ninguna diferencia entre ambos senderos. Sin embargo, al fijarse en aquel camino sintió una presión breve en el pecho, como un tirón silencioso que parecía atraerlo desde algún punto mucho más profundo.

Frunció el ceño.

La sensación desapareció casi de inmediato.

—Si te soy sincero, Take, no tengo ni puta idea —admitió—. No veo ninguna diferencia entre los dos. Se me hacen iguales.

Takenichi soltó una breve carcajada.

—O sea que no sirves como guía... Qué lamentable.

Alzó el pecho con exagerado orgullo y negó con la cabeza.

—Incluso alguien con tus capacidades es incapaz de hacer algo tan sencillo como decidir qué rumbo debemos tomar...

Antes de que Yusu pudiera responder, Take dio un paso al frente. Levantó el dedo índice, adoptó una postura heroica y puso una expresión de confianza completamente injustificada.

—¡No te preocupes, joven Yusu! ¡Todo estará bien!

Señaló el túnel de la derecha.

—¿¡Te preguntas por qué?! ¡Porque tu salvador ya está aquí!

Yusu arrugó el ceño.

—¿De qué diablos hablas? ¿En serio piensas que te haré caso y seguiremos esta ruta sin una guía confiable, sin luz y sin saber lo que podría llegar a pasar?

—¡Así es! —contestó Take sin dudarlo.

Yusu lo observó durante unos segundos. La respuesta era absurda, pero tampoco tenían una alternativa mejor. Finalmente, una sonrisa apareció en sus labios.

—Je. Pues tienes toda la maldita razón.

Takenichi extendió el puño hacia adelante. Yusu respondió de la misma manera y sus nudillos chocaron suavemente en medio de la oscuridad.

—Entonces vamos.

Sin mapa, herramientas ni ningún conocimiento que les permitiera saber cuál era el camino correcto, solo podían confiar en su propio juicio. Lo que Yusu no sabía era que aquella elección coincidía con el impulso que había sentido al mirar el sendero, como si algo en las profundidades hubiera conseguido orientar sus pasos.

Se internaron por el pasadizo de la derecha.

La pendiente descendía de forma gradual y el suelo continuaba cubierto de pequeñas piedras que se deslizaban bajo sus botas. El túnel se estrechaba por momentos, obligándolos a caminar en fila y rozar los hombros contra la roca, mientras en otros sectores se abría de repente en enormes cámaras naturales. Gigantescas columnas de piedra nacían del suelo y desaparecían en la oscuridad del techo. Algunas eran tan anchas que tenían que rodearlas; otras se habían derrumbado parcialmente y formaban montículos que debían escalar para continuar.

El calor aumentaba con cada tramo. El aire se volvía más pesado y húmedo y el sudor comenzaba a acumularse en sus frentes. Ninguno encontraba una explicación para aquella temperatura, pero ambos terminaron acostumbrándose a ella lo suficiente como para concentrarse en avanzar.

El recorrido se hizo cada vez más difícil de medir. Las paredes húmedas y el suelo irregular se repetían una y otra vez hasta que perdieron la noción del tiempo. Cada nuevo tramo conducía a otra sección de la caverna y, con el cansancio acumulándose en las piernas, la posibilidad de encontrar una salida parecía alejarse.

Aun así, Yusu seguía pensando en aquella extraña sensación que lo había llevado a escoger la derecha. No volvió a mencionarla. Ni siquiera estaba seguro de que hubiera sido algo real, pero conforme avanzaban empezó a sentir que se acercaban a algo.

Entonces, entre las sombras, apareció una tenue luz.

Takenichi fue el primero en distinguirla.

—¡Yusu, mira! —exclamó, golpeándole la espalda—. ¡Lo logramos!

Yusu soltó una pequeña risa.

—Oh, no me había dado cuenta... Como que estoy algo ciego.

Take dio un brinco y aceleró el paso. Yusu lo siguió hasta que ambos terminaron corriendo hacia aquella luz que parecía surgir del fondo del túnel.

A medida que se acercaban, el pasadizo se ensanchó y el techo se elevó hasta perderse en una oscuridad mucho más amplia. El resplandor creció con cada paso, hasta que un destello los obligó a cerrar los ojos al atravesar el último tramo.

Cuando volvieron a abrirlos, se encontraron frente a una enorme caverna. Las paredes estaban cubiertas por enredaderas que descendían desde las alturas como cortinas y se aferraban a la roca húmeda y oscurecida por el tiempo. Entre ellas podían distinguirse profundas marcas de arañazos, demasiado grandes y numerosas para pertenecer a un animal común.



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En el texto hay: psicologico, fantasiosa y aventura, acción / suspenso

Editado: 16.10.2026

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