Takenichi caminaba detrás del anciano sin apartar demasiado la mirada de sus movimientos. Todavía no conseguía quitarse de la cabeza la facilidad con la que aquel hombre lo había reducido hacía apenas unos minutos, dejándolo completamente vulnerable sin siquiera darle la oportunidad de defenderse. Por eso mantenía cierta distancia mientras lo seguía, observándolo con una desconfianza que todavía no desaparecía. Sus pasos resonaban sobre las placas metálicas de un largo pasadizo, iluminado por candelabros que apenas conseguían disipar las sombras de las paredes oscuras. El aire estaba cargado de humedad y de un extraño olor a metal corroído que hacía que Take arrugara la nariz, pero decidió ignorarlo. No le gustaba seguir a un desconocido que acababa de quitarle su gema y mucho menos confiar en alguien capaz de derrotarlo con tanta facilidad, aunque tampoco tenía demasiadas alternativas. Si quería volver a encontrar a Shonen y asegurarse de que estuviera bien, tendría que soportar aquella situación hasta descubrir qué pretendía hacer el anciano con ellos.
A medida que avanzaba, sus ojos regresaban una y otra vez hacia el puño del viejo. Sabía perfectamente qué se encontraba dentro de él y tener la gema tan cerca, pero completamente fuera de su alcance, le provocaba una irritación que apenas conseguía contener. Intentó concentrarse en el camino, aunque sus pensamientos terminaron regresando al bosque. Recordó la caída, las criaturas abalanzándose sobre ellos y, finalmente, el momento en que había lanzado a Shonen lejos para intentar salvarla. Su expresión adquirió mayor seriedad al recordar la mirada que ella le había dirigido antes de desaparecer de su vista.
«Solo espero que Shonen esté bien después de todo lo que ocurrió...»
Había intentado protegerla y eso era lo que se repetía una y otra vez, pero en el fondo todavía no sabía si había tomado la decisión correcta. Aun así, si pudiera regresar a aquel instante, probablemente haría exactamente lo mismo.
De pronto, el anciano se detuvo frente a una enorme puerta metálica. Takenichi, que caminaba unos pasos detrás de él, casi terminó chocando contra su espalda y tuvo que frenar de golpe para recuperar el equilibrio.
—Bien, ya hemos llegado —anunció el viejo con una sonrisa—. Te presento mi laboratorio, joven Takenichi.
Take entrecerró los ojos, esperando encontrarse con otra habitación oscura y estrecha como el pasadizo por el que habían estado caminando. Sin embargo, apenas cruzó el umbral, toda expectativa desapareció.
El interior era tan vasto que parecía imposible que aquel corredor pudiera conducir hasta un lugar semejante. Una iluminación blanca cubría las enormes instalaciones y se reflejaba sobre las superficies metálicas, mientras grandes paneles de cristal permitían observar distintas salas repartidas por el complejo. A través de ellos podía distinguir mesas cubiertas de instrumentos, investigadores trabajando frente a extrañas pantallas y estructuras cuyo propósito no alcanzaba siquiera a imaginar. Sobre sus cabezas, varios orbes metálicos flotaban en silencio, desplazándose entre los distintos niveles del laboratorio mientras transportaban herramientas y recipientes.
Takenichi dio un paso hacia el interior sin darse cuenta. Sus ojos recorrieron cada rincón con una fascinación imposible de ocultar. Había pasado toda su vida en un mundo donde las cosas que veía allí simplemente no existían, y ahora tenía delante un lugar que parecía pertenecer a otra época completamente distinta.
—¿Qué...? —murmuró antes de levantar la voz—. ¡¿Cómo demonios lograron construir todo esto?!
El anciano soltó una risa al verlo tan impresionado y continuó avanzando. A medida que recorrían el laboratorio, algunos investigadores levantaban la mano para saludarlo y varios niños corrían entre los pasillos con una naturalidad que sorprendió todavía más a Takenichi. Uno de los pequeños incluso pasó junto a ellos mientras intentaba alcanzar uno de los orbes flotantes, provocando que un investigador tuviera que apartarse con rapidez para evitar que ambos chocaran.
Take observó la escena con una sonrisa. Aquello resultaba extraño, pero al mismo tiempo había algo tranquilizador en ver a aquellos niños moverse con tanta libertad dentro de un lugar repleto de máquinas y personas que, en apariencia, deberían haber hecho que aquel sitio se sintiera frío.
—No los construimos nosotros —respondió finalmente el anciano—. Simplemente modifiqué algunas de las tecnologías que encontré para que pudieran funcionar de una manera más eficiente.
Takenichi giró la cabeza hacia él.
—¿Encontraste?
—Así es.
El viejo señaló algunas de las estructuras que los rodeaban sin detener el paso.
—Antes de que tú o yo naciéramos existió una civilización mucho más avanzada que nosotros en muchos aspectos. Habían desarrollado tecnologías que incluso hoy somos incapaces de comprender por completo. Algunas de las cosas que ves aquí fueron creadas por ellos hace cientos de años.
La expresión del anciano se volvió más seria.
—Pero todo terminó cuando llegaron los Kurai. Sus ciudades fueron destruidas y sus conocimientos quedaron enterrados. La mayoría de sus habitantes desapareció, dejando únicamente máquinas, instalaciones y documentos que fueron encontrados mucho tiempo después.
Take dejó de mirar los orbes.