El terreno era irregular y estaba cubierto de piedras sueltas y afiladas que sobresalían del suelo como dientes ocultos en la oscuridad. Takenichi y Yusu avanzaban con cautela, tanteando cada paso y apoyándose de vez en cuando contra las rugosas paredes para no perder el equilibrio. La poca luz de la luna que los había acompañado desde el lugar de la caída desaparecía lentamente a sus espaldas, hasta que sus manos se convirtieron en sus únicas guías. Más de una vez alguno tropezó con una roca o chocó el hombro contra la pared, soltando una queja antes de continuar.
A medida que se internaban en las profundidades, la temperatura comenzó a elevarse. El aire húmedo y fresco que habían encontrado al despertar fue reemplazado por una corriente cálida que parecía surgir desde las entrañas de la montaña. No era un calor sofocante, pero sí lo bastante extraño como para llamar su atención, especialmente porque no había ninguna fuente visible que pudiera explicar su origen.
El silencio tampoco ayudaba. Cada paso producía ecos apagados que viajaban por los túneles, deformándose hasta parecer susurros lejanos. En ocasiones, ambos tenían la impresión de que aquellos sonidos provenían de algún lugar cercano, aunque nunca conseguían determinar de dónde.
Tras varios minutos de avance, el estrecho pasadizo comenzó a ensancharse hasta desembocar en una bifurcación. Los dos se detuvieron frente a los caminos que se abrían ante ellos: el de la izquierda se ocultaba tras una curva pronunciada, mientras que el de la derecha descendía por una pendiente suave que desaparecía entre las sombras.
—Bueno, ¿ahora por dónde vamos? —preguntó Take, entrecerrando los ojos mientras intentaba distinguir alguna diferencia entre ambos senderos.
Yusu se adelantó un par de pasos y examinó el camino de la izquierda. Intentó percibir alguna corriente de aire, algún sonido o cualquier detalle que pudiera indicar hacia dónde conducía, pero la oscuridad le impedía distinguir algo más allá de las primeras curvas.
Entonces giró la mirada hacia la derecha.
A simple vista, aquel sendero no ofrecía nada distinto al otro. Incluso parecía más peligroso debido a la pendiente que se hundía en las profundidades. Sin embargo, apenas lo contempló, una extraña presión se instaló en su interior. Fue una sensación breve, semejante a un tirón silencioso que parecía atraerlo desde algún punto mucho más allá de las sombras.
Yusu frunció el ceño. Por un instante, tuvo la certeza de que debía seguir aquel camino.
La impresión desapareció casi de inmediato, dejándolo con una vaga incomodidad que no supo explicar. Sacudió la cabeza y apoyó la espalda contra la pared.
—Si te soy sincero, Take, no tengo ni puta idea —admitió—. No veo ninguna diferencia entre los dos. Simplemente se me hacen iguales.
Takenichi soltó una breve carcajada, tomándose la respuesta como una oportunidad para demostrar que él sí podía servir de algo.
—O sea que no sirves como guía... Qué lamentable.
Alzó el pecho con exagerado orgullo y negó con la cabeza, fingiendo una decepción que no podía tomarse en serio.
—Incluso alguien con tus capacidades es incapaz de hacer algo tan sencillo como decidir qué rumbo debemos tomar...
Antes de que Yusu pudiera responder, el peliazul dio un paso al frente. Sus ojos parecieron iluminarse mientras levantaba el dedo índice con una confianza completamente injustificada y adoptaba una postura heroica.
—¡No te preocupes, joven Yusu! ¡Todo estará bien!
Dio media vuelta y señaló el túnel de la derecha.
—¿¡Te preguntas por qué?! ¡Porque tu salvador ya está aquí!
Yusu arrugó el ceño y echó un vistazo al pasadizo.
—¿De qué diablos hablas? ¿En serio piensas que te haré caso y seguiremos esta ruta sin una guía confiable, sin luz y sin saber lo que podría llegar a pasar?
—¡Así es! —contestó Take sin dudarlo.
Yusu lo observó durante un instante. Finalmente, una sonrisa apareció en los labios de ambos. La absurda seguridad de Takenichi no tenía ninguna base, pero tampoco contaban con una alternativa mejor.
—Je, pues tienes toda la maldita razón —murmuró.
Takenichi extendió el puño hacia adelante y Yusu respondió de la misma manera. Sus nudillos chocaron suavemente en medio de la oscuridad, sellando la decisión de continuar.
Sin mapa, herramientas ni conocimientos que les permitieran elegir correctamente, solo podían confiar en su propio juicio y seguir avanzando. Lo que Yusu no sabía era que aquella elección coincidía con el extraño impulso que había sentido momentos antes, como si algo en las profundidades hubiera conseguido orientar sus pasos.
Sin perder más tiempo, se internaron en el pasadizo de la derecha.
La pendiente descendía de forma gradual y el suelo continuaba cubierto de pequeñas piedras que se deslizaban bajo sus botas. El túnel se estrechaba por momentos, obligándolos a caminar en fila y rozar los hombros contra la roca, mientras que en otros sectores se abría de repente en enormes cámaras naturales. Allí, gigantescas columnas de piedra nacían del suelo y desaparecían en la oscuridad del techo. Algunas eran tan anchas que debían rodearlas; otras se habían derrumbado parcialmente, formando montículos que tuvieron que escalar para seguir adelante.