Al parecer, la mayoría de los pasillos de la alcaldía eran prácticamente iguales: largos corredores interconectados que parecían extenderse hasta el infinito, con paredes amarillentas adornadas por cuadros de importantes reuniones entre caballeros y retratos de mujeres impecablemente vestidas. La monotonía del lugar comenzaba a marear a Shonen, que, sin darse cuenta, terminó aferrándose a la mano de Takenichi. Sentía que, si se separaba de él, acabaría echando a correr por aquellos interminables pasillos. Al menos, tenerlo a su lado le permitía reunir el valor necesario para continuar.
Mientras avanzaban, varias sirvientas recorrían los corredores realizando sus labores en silencio. Una de ellas, que fregaba los tablones de madera con un trapo desgastado y un cubo de agua sucia, levantó la cabeza al escuchar sus pasos.
Era una muchacha de una edad similar a la de Shonen, con el cabello marrón recogido en una coleta y unos grandes ojos color avellana. Al reconocer a la joven rubia, se sobresaltó y se inclinó de inmediato.
—¡E-es un placer verla, señorita Miyake!
Shonen le hizo un pequeño gesto para que se incorporara.
—Estoy buscando a mi padre. ¿Sabes si está en su oficina?
La criada apretó nerviosamente el trapo entre sus dedos antes de asentir.
—No sabría decirle, señorita, pero puedo acompañarlos hasta su despacho.
—¡No me importa si no lo has visto! —intervino Takenichi, dando un paso al frente—. ¡Vinimos hasta aquí para hablar con él y no pienso irme sin verlo!
La muchacha se encogió ante su tono. Shonen, avergonzada, le tiró de la oreja.
—¡Ay, ay, ay...!
—¡Ten un poquito más de respeto! ¡Ella no tiene la culpa!
—¡Ya entendí! ¡Suéltame!
La criada levantó las manos, intentando tranquilizarlos.
—N-no se preocupen... Estoy acostumbrada a que me hablen así. El señor alcalde suele levantar la voz con frecuencia.
Shonen y Takenichi la miraron en silencio. La joven bajó la cabeza, como si se arrepintiera de haberlo dicho, y señaló uno de los corredores.
—Por aquí, por favor. Los acompañaré hasta su oficina.
Takenichi se quedó con las disculpas a medio decir, pero Shonen le dedicó una última mirada a la criada antes de seguirla. El peliazul se limitó a suspirar y caminar a su lado, mientras ella mantenía los dedos aferrados a su mano.
No tardaron demasiado en llegar. Al final del corredor se alzaba una enorme puerta de roble macizo, adornada con discretos grabados en los bordes. La criada levantó la mano y golpeó suavemente. Al no recibir respuesta, volvió a llamar. Esta vez, una voz ronca y profunda atravesó la madera.
—Adelante.
Shonen tragó saliva. Por un instante, el impulso de retroceder volvió a apoderarse de ella, pero Takenichi ya había apoyado la mano sobre el portón y lo abrió con decisión.
—¡Hola, viejo! ¡Cuánto tiempo sin verte! —saludó con entusiasmo mientras entraba al amplio despacho y se dejaba caer sobre uno de los sofás rojizos—. Je, ¿cómo te va con el trabajo?
La oficina de la asamblea era bastante amplia y estaba organizada alrededor de una gran mesa de cabildo tallada a mano, cuya superficie exhibía las marcas del paso de los años y del constante uso. Varias sillas alargadas descansaban pegadas a las paredes, preparadas para recibir reuniones importantes, mientras que, al fondo de la habitación, el escritorio del alcalde ocupaba el lugar más destacado.
Diversas macetas con arbustos recién regados aportaban un tenue aroma a tierra húmeda, contrastando con la gran alfombra rojiza que nacía desde la entrada y recorría buena parte del despacho. No era el lugar más lujoso ni el más llamativo de la alcaldía y tampoco podía decirse que estuviera especialmente ordenado. Montones de documentos, carpetas abiertas y hojas arrugadas se acumulaban sobre el escritorio, los estantes e incluso algunas sillas libres, dando la impresión de que el trabajo nunca terminaba dentro de aquellas cuatro paredes.
Sentado tras aquel escritorio repleto de papeles desordenados se encontraba el hombre cuya sola presencia era capaz de poner los pelos de punta. El parecido con Shonen resultaba imposible de ignorar, porque era como contemplar una versión masculina de la joven, aunque endurecida por los años y desprovista de la calidez que ella aún conservaba.
Su elevada estatura y complexión musculosa reforzaban todavía más aquella imagen autoritaria. Vestía una amplia capa de color marrón claro que descendía con elegancia por debajo de las rodillas. La pesada tela, probablemente confeccionada en lana, caía con firmeza sobre sus hombros, cubriendo un jubón rojizo decorado con una hilera de botones metálicos perfectamente alineados sobre la abertura frontal. Bajo esta prenda asomaba una camisa blanca de cuello ancho, doblado hacia afuera con impecable pulcritud. Completaba su atuendo un pantalón oscuro y ajustado y unas altas botas de cuero, cuyos colores combinaban armoniosamente con el jubón y la capa, rematadas por una ancha vuelta en la parte superior.
Su rostro conservaba unas facciones sorprendentemente finas y alargadas, con una piel tan clara que recordaba a la porcelana. El cabello, largo y completamente liso, descansaba sobre sus hombros, enmarcando unos grandes ojos de un intenso tono anaranjado, semejantes al color del cielo durante el atardecer. Sus pestañas y cejas eran delgadas, la nariz pequeña y los labios, igual de finos, permanecían apretados en una línea recta mientras observaban con evidente desaprobación al joven que acababa de adueñarse de uno de los sofás de su despacho.