El anciano permaneció en silencio mientras contemplaba las últimas páginas de la libreta con una expresión cada vez más seria. Después de todo lo que había leído, comprendió que no encontraría mucho más entre aquellas hojas, así que cerró las tapas y devolvió el registro al viejo mueble del que lo había sacado.
—En los inicios de nuestro mundo existió un ser que apareció en un lugar donde la realidad, tal como ustedes la conocen, todavía no existía. Ni siquiera el tiempo corría dentro de aquel plano —dijo mientras estiraba el cuello hasta hacerlo crujir—. Con el paso del tiempo, aquella criatura desarrolló un profundo deseo de crear algo propio. Quería construir un universo donde sus creaciones pudieran vivir de acuerdo con sus ideales.
El anciano apoyó una mano sobre la madera y continuó con su explicación.
—Para conseguirlo, comenzó a utilizar una extraña energía que se encontraba a su alrededor. Aprendió a condensarla dentro de su propio cuerpo y, con el tiempo, consiguió darle una forma estable. Así creó una pequeña piedra capaz de contener una cantidad de poder que ningún ser debería haber podido controlar.
Take frunció el ceño.
—¿Una piedra como la mía?
El anciano asintió.
—Pero cuanto más intentaba controlar aquel poder, más difícil se volvía mantenerlo todo estable. Sus propias creaciones comenzaron a actuar de maneras que no había previsto, hasta que terminó imponiendo sus ideales sobre ellas. Fue entonces cuando comprendió que ni siquiera la gema, a la que terminó denominando «Caos», podía contener por sí sola todo el poder que estaba utilizando.
Su mirada se desvió hacia las manos de Shonen. La muchacha jugaba nerviosamente con sus dedos hasta que el anciano extendió una mano hacia ella. Shonen tardó un momento en comprender el gesto, pero finalmente se quitó el anillo y se lo entregó. El viejo lo levantó frente a ambos, mostrando la piedra verde incrustada en su interior.
—Por eso dividió su propia alma en siete partes. Cada una conservó una fracción de aquello que alguna vez había sido. La Gema del Caos también fue fragmentada para acompañar a cada uno de sus sirvientes y, con el paso de las generaciones, aquellas piezas fueron pasando de una creación a otra hasta quedar en manos de quienes demostraron ser dignos de convertirse en sus guardianes.
El anciano devolvió el anillo a Shonen y se recostó en su asiento. El silencio que siguió fue pesado. Habían comenzado escuchando una historia sobre una criatura de un plano donde ni siquiera existía el tiempo y, de pronto, aquella historia parecía estar relacionada directamente con las gemas que ambos llevaban consigo.
Take fue el primero en romper el silencio. Se incorporó bruscamente del sofá, con el desconcierto reflejado en el rostro.
—Eh... ¡Espera un momento! ¡Lo que dices no tiene sentido! ¿Criaturas sin rostro? ¿El nacimiento de la humanidad se debe a una tonta gema llamada «Caos»? ¡Tienes que estar de broma, viejo! Los humanos nos formamos a base de la evolución, ¡y hasta un idiota como yo lo sabe!
El anciano dejó escapar una larga bocanada de aire.
—Entiendo que estés confundido, pero ¿acaso necesitas más pruebas de las que ya experimentaste allá afuera? Viste a los Kurais y te viste envuelto con un Shikai en carne propia.
Su expresión se volvió más seria y, antes de que Take pudiera seguir preguntando, extendió una mano hacia su bolsillo.
Take refunfuñó al comprender la petición, pero terminó sacando la piedra azulada y lanzándosela directamente al rostro. El anciano la atrapó justo a tiempo y dejó escapar una pequeña risa antes de lanzarla al aire.
—Cuánto tiempo sin verte, Reimitzu —comentó con una sonrisa burlona—. ¿Cómo te va con tu nuevo amo?
Take se quedó helado. La gema emitió un tenue brillo y permaneció suspendida en el aire, desprendiendo una delicada estela celeste. Durante todo aquel tiempo, Reimitzu apenas había respondido a sus llamados y tampoco le había explicado por qué había decidido salvarlo de aquellas criaturas. Ahora, en cambio, hablaba con el anciano con una tranquilidad desconcertante.
La piedra giró alrededor del viejo un par de veces antes de que una misteriosa voz femenina rompiera el silencio.
—Maestro, es un honor volver a verlo después de tantos siglos... Le puedo asegurar que hago todo lo posible para mantenerlo con vida, pero el problema radica en que no tiene un buen manejo de la energía espiritual. Es demasiado débil mentalmente. Incluso por culpa de mi maldición, no creo que pueda fortalecerse.
El anciano asintió con calma.
—Sí, ya me lo veía venir.
Take arqueó una ceja.
—¡¿A qué te refieres con eso?! ¡¿Insinúas que no puedo ser lo bastante fuerte?!
Se lanzó hacia la gema intentando atraparla, pero Reimitzu se apartó con facilidad. El anciano soltó una carcajada mientras utilizaba el bastón para darle un par de pequeños golpes en la cabeza.
—No se refiere a eso... Para evitar que los humanos pudieran utilizar este tipo de habilidades, la criatura concedió a cada uno un pequeño regalo: una maldición formada a partir de una pizca de oscuridad.
El peliazul se quedó completamente recto.