Las gemas malditas - Volúmen 1

Capitulo 2: ¿Acaso todo fue...?

En medio de una oscuridad espesa y casi tangible, los gritos de un joven se abrían paso a través de una pequeña habitación de roble, estrecha y mal ventilada, donde el aire parecía demasiado pesado para respirar con normalidad. Su cuerpo se agitaba sin control bajo las mantas, golpeando desesperadamente la tela mientras su mente permanecía atrapada en una pesadilla que se negaba a terminar. Cada espasmo venía acompañado de un jadeo entrecortado, como si algo invisible le oprimiera el cuello y le impidiera encontrar aire.

—¡No, déjenme! ¡Suéltenme de una vez! —su voz se quebró entre respiraciones desesperadas—. D-déjenme… Yo no… ¡No me obliguen a hacerlo…!

El tormento no era un simple sueño, sino una sucesión caótica de imágenes y sensaciones que se mezclaban en su mente. Bajo la sangre que teñía aquel paisaje, se veía a sí mismo corriendo sin rumbo por un sendero verde y borroso, incapaz de distinguir dónde terminaba el camino. Sombras afiladas cruzaban el aire como cuchillas, obligándolo a esquivar ataques que parecían surgir de todas partes. Su cuerpo avanzaba por puro instinto, con una precisión desesperada que ni siquiera él comprendía.

A cada paso aparecían nuevos cuerpos tendidos en el suelo. Jóvenes y adultos yacían destrozados e inmóviles, formando un paisaje que su mente rechazaba, pero del que no conseguía escapar. La masacre parecía no tener principio ni final; era una escena interminable que se repetía una y otra vez, mientras el miedo lo empujaba a seguir corriendo sin saber de qué huía realmente.

Entre las imágenes comenzaron a filtrarse voces. Eran gritos sin dueño, súplicas y fragmentos de frases que no encajaban entre sí, pero que lo atravesaban como recuerdos ajenos incrustados en su propia mente. No podía distinguir a quién pertenecían ni por qué le resultaban tan dolorosos.

—¡Yo no quería hacerlo…! —su voz fue perdiendo fuerza, al igual que sus extremidades, que comenzaron a responder con una lentitud desesperante—. Lo lamento… de verdad lo lamento tanto… Ya no puedo más… Hagan lo que quieran conmigo… pero, por favor… terminen con esto…

Su súplica se apagó en la última palabra. No porque el dolor hubiera desaparecido, sino porque su cuerpo ya no encontraba fuerzas para seguir resistiendo. Quedó suspendido entre la conciencia y el colapso, atrapado en una pesadilla que se negaba a soltarlo.

Entonces, una voz desconocida irrumpió en medio de aquella oscuridad.

—Oye, ¿por qué estás aquí y quién te dio permiso de entrar a mi mundo?

El joven no pudo responder.

—…¡No puede ser! ¿Acaso eres tú…?

Aquellas palabras lo sobresaltaron y lo obligaron a abrir los ojos dentro de la propia pesadilla. El mundo cambió de forma abrupta, como si alguien hubiera arrancado el escenario anterior sin cuidado alguno. La sangre, los gritos y los cuerpos desaparecieron, sustituidos por un matorral de rosas primaverales que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Las flores se mecían bajo un viento cálido que le rozaba el rostro, mientras los pétalos flotaban a su alrededor en remolinos lentos, obedeciendo a una calma artificial, demasiado perfecta para resultar real.

Sin embargo, aquella belleza no consiguió distraerlo. Su atención permaneció aferrada a la voz que acababa de escuchar, la misma que parecía reconocerlo desde un lugar que no alcanzaba a comprender. Había algo en ella que lo atraía, una familiaridad dolorosa que le impedía apartarse.

—Espera… tú no… tú no eres él.

La voz volvió a sonar detrás de él, clara y cercana. El joven se giró de inmediato y, frente a él, apareció una muchacha de cabello castaño que caía en cascada sobre su espalda. Su rostro permanecía parcialmente oculto por la luz, como si el propio sol se negara a permitirle verlo con claridad. Aquel detalle bastó para provocarle una extraña punzada en el pecho.

El vestido blanco que llevaba se agitaba suavemente con el viento, y cada uno de sus movimientos despertaba en él una sensación que no conseguía identificar. Quiso preguntarle quién era, exigirle una explicación o, al menos, averiguar por qué le resultaba tan familiar. Pero ninguna palabra consiguió salir de sus labios.

—Si no mal recuerdo… su cabello era negro y liso. Sus ojos eran más serios… y su estatura me sobrepasaba sin esfuerzo alguno —murmuró ella, observándolo con detenimiento—. Pero tú solo eres un niño del reino de Kakumi, todo torpe… ¡Ah, maldición! Y yo que pensaba que por fin podría verlo después de tantos años de soledad…

Dejó escapar un bufido y se dejó caer entre las flores, estirando los brazos como si el cansancio de esperar durante tanto tiempo finalmente hubiera conseguido vencerla.

El joven permaneció inmóvil, frustrado por su incapacidad para hablar. Sabía lo que quería preguntar, pero ninguna palabra lograba tomar forma. Era como si el simple acto de expresarse hubiera sido arrancado de él, dejando únicamente la intención atrapada en su interior.

—No te molestes en hablar —dijo la muchacha, con una calma casi juguetona—. No podrás pronunciar ni una sola palabra, por más que lo intentes. En este lugar, los humanos como tú no pueden ejercer voluntad propia. Este es el espacio que separa la vida de la muerte.

Extendió una mano hacia el aire, como si intentara atrapar algo invisible entre sus dedos. El viento atravesó su palma sin resistencia. Tras unos instantes, su expresión se volvió más seria.



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En el texto hay: psicologico, fantasiosa y aventura, acción / suspenso

Editado: 27.09.2026

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