El pequeño pueblo resplandecía bajo el abrasador sol matutino. Sus calles estrechas serpenteaban entre viviendas de madera y barro, levantadas sobre caminos de roca irregular. La basura se acumulaba en algunos rincones y la humedad permanecía estancada entre las piedras, mientras las ratas correteaban por los tejados. A pesar de la pobreza y el descuido, el lugar rebosaba de vida.
Los niños corrían por las calles empuñando espadas de madera, fingiendo ser caballeros que acudían al rescate de damiselas en peligro. Cerca de ellos, las mujeres se ocupaban de las tareas cotidianas, lavando ropa, preparando el almuerzo o meciendo a sus pequeños. Los hombres, por su parte, trabajaban en los huertos, cuidaban el ganado, reparaban viviendas o atendían sus puestos comerciales. Sin embargo, no todos seguían aquel ritmo de vida. En las calles más sombrías, el alcohol y las apuestas clandestinas atraían a quienes buscaban fortuna, mientras algunas mujeres, empujadas por la pobreza, se veían obligadas a vender sus cuerpos para sobrevivir.
En las afueras, donde los comerciantes comenzaban a preparar sus puestos para recibir a los primeros clientes, una joven luchaba contra una sencilla sábana que se negaba a permanecer sobre el techo de su local. Aquella tela debía protegerla del sol durante el resto de la jornada, pero colocarla estaba resultando mucho más complicado de lo esperado.
La muchacha era de baja estatura y complexión delgada. Su largo cabello dorado descendía por los hombros en suaves ondas, enmarcando un rostro fino de mejillas ligeramente redondeadas y grandes ojos verdes que brillaban bajo la luz del sol. Vestía un sencillo vestido blanco cubierto por un delantal azul, y en el dedo medio de su mano izquierda llevaba un delicado anillo de plata adornado con pequeños pétalos y un diminuto cristal verde.
—Maldita sea... Aunque me estire todo lo que puedo, mis brazos siguen sin alcanzar... —refunfuñó, inflando las mejillas—. ¡Puta madre! ¿Por qué mierda tuve que nacer con esta estatura?
Lo intentó una vez más. Se puso de puntillas, dio un pequeño salto y lanzó la sábana hacia arriba, esperando que cayera justo donde debía. Sin embargo, la tela volvió a resbalar y terminó doblándose sobre sí misma.
Shonen resopló, frustrada. Estaba a punto de arrojarla lejos cuando sintió que unos dedos envolvían suavemente su muñeca, deteniéndola antes de que descargara toda su rabia sobre la pobre tela.
—Señorita Miyake, disculpe mi intromisión, pero creo que podría echarle una mano.
La voz grave y pausada surgió justo detrás de ella. Shonen reconoció aquel tono casi al instante y giró la cabeza, aflojando los dedos alrededor de la sábana. Un ligero rubor se extendió por sus mejillas cuando levantó la vista hacia el hombre que acababa de acercarse.
—Si esa manta está dándole tantos problemas, sería un honor ayudarla —añadió él con una sonrisa amable.
Frente a ella se encontraba un hombre alto, de piel morena y complexión robusta. Sus ojos castaños, acompañados por unas discretas ojeras, transmitían una calidez que contrastaba con las pequeñas arrugas de su rostro. Llevaba el cabello oscuro peinado hacia atrás, aunque algunos mechones rebeldes caían sobre su frente. Su traje negro, sorprendentemente limpio para alguien acostumbrado al trabajo diario, resaltaba su musculatura.
—¡S-se lo agradezco, señor Sasaki! —respondió Shonen, haciendo una rápida reverencia—. Es un fastidio hacer esto... tomando en cuenta mi estatura.
—Jajaja, no se preocupe por algo así. Después de todo, estamos hablando de la hija del alcalde y de la futura mujer que algún día ocupará su lugar.
Con apenas un par de movimientos, Sasaki levantó la sábana por encima del puesto y comenzó a extenderla. Sujetó los extremos con pequeñas cuerdas y tensó la tela hasta dejarla firme, asegurándose de que las ráfagas de la tarde no pudieran arrancarla.
Shonen, sin embargo, apenas prestaba atención. Mientras el hombre terminaba de asegurar el improvisado techo, ella volvió la mirada hacia el camino que conducía al exterior del pueblo. Sus dedos retorcieron distraídamente los pliegues del delantal, y su pie derecho comenzó a golpear el suelo con impaciencia.
—Dios... ¿Dónde estarán esos dos idiotas? —bufó, llevándose una mano a la frente—. ¡Hace media hora que deberían haber llegado para ayudarme con la tienda y todavía no los veo por ningún lado!
Sasaki terminó de asegurar la sábana y dejó escapar un suspiro. Se encogió de hombros, como si ya pudiera imaginar quiénes eran los responsables de aquel retraso.
—Te refieres al joven Yusu y a Takenichi... ¿verdad?
—¡Pues claro! ¿De quién más estaría hablando? —respondió Shonen, cruzándose de brazos—. En verdad son incapaces de entender lo que significa tener un poco de responsabilidad.
La molestia fue desapareciendo de su voz a medida que bajaba la mirada. Sus dedos se aferraron a sus propios antebrazos, mientras su expresión se ensombrecía.
—¿Acaso nunca se han detenido, aunque sea por un instante, a pensar que no pueden vivir siempre ignorando la realidad? —murmuró—. Para ellos todo sigue siendo un juego. Creen que pueden reír, equivocarse y volver a levantarse sin que nada cambie... como si el mundo fuera a esperarlos para siempre.
Apretó los dientes y mantuvo la vista fija en el camino.