Las horas pasaban y mientras Joshua buscaba a Amelia, junto a los chicos buscaríamos el mensaje oculto dentro de las cartas, cartas que solían pasar de dos páginas. Así que hice una estrategia para que fuera más fácil la recolección de pruebas.
Las cartas tenían un formato, empezaban con un sobrenombre para mí, luego la hora y por último la fecha, muy parecido a mi bitácora. El lugar era algo desconocido que mandaba por el correo anónimo público, el cual tenía órdenes directas de los Magistrados para enviar la carta al lugar de recepción sin anticipar su origen, era un sistema bastante débil, al menos el sistema de correo ya que de ser distinto, incluso el Dictador habría averiguado su paradero, pero tal vez por eso mandaba cartas y no información por plataformas digitales.
Dentro de las cartas me explicaba su día y resaltaba algunas palabras con plumón negro para que les prestase mayor atención, en cada carta esas palabras tenían un significado, pero jamás pensé que colectivamente lograran crear una frase. Luego estaban los acertijos que también resaltaban una palabra, pero en plumón rojo.
—¿Nos dejarás leer las cartas, pero no hablas de lo que piensas? —supuse que Morthy diría algo así, y lo hizo.
—Las escribió papá, no son mis respuestas.
—Tiene sentido —sonrió y recibió las cartas que le extendí—. Así que palabras y adivinanzas secretas.
—Se escucha a detectives. —Joe le siguió la broma y ambos rieron.
—¿Dónde apuntamos las palabras? —Crien se acercó para tomar sus cartas.
—Detrás de cada carta y luego las ordenan por fecha, puedo que nos sirva apuntar la palabra de la adivinanza con plumón rojo.
—Mierda, ahora entiendo porque eres tan meticulosa.
—Vamos Morthy, no creo que puedas memorizarlo todo.
—¿Quieres apostar?
—Esto acabará mal. —Crien se rio de lado y, así, los cuatro empezamos a leer las cartas.
«No solo mal, sino fatal si sigues viéndolo así…» En las cartas mi padre solía ser muy explícito y eso nos daba más trabajo. Todos nos concentramos en las doce cartas que cada uno tenía, ordenadas por año. Morthy estaba en el suelo, Joe cerca de la ventana, Crien en el escritorio y yo en una esquina de la cama, todos con dos bolígrafos y leyendo atentamente.
Mi padre solía complicar cada acertijo y recordaba algunas de las respuestas, pero no todas, algunas las había olvidado por completo. Los chicos pidieron ayuda un par de veces porque cada acertijo era más complicado que el anterior, así que hubo momentos donde nos ayudamos colectivamente. No sabíamos si en cada año habría una pista o sería todo trabajo en equipo, así que dejamos para el final, averiguar el mensaje oculto de cada año.
Cuando creí llegar al final, los recuerdos me invadieron de golpe y recordé el día que se fue en el tren, un tren que no pude detener como el de Sandy…
“Era mediados de noviembre, uno de esos días tenebrosos donde me aferraba a la cama para no salir jamás porque me gustaba ver la oscuridad desde dentro. Apenas ayer papá había hablado con Morthy durante horas, pero supuse que solo le estaba dando indicaciones de cómo lidiar conmigo, a pesar de ser mi mejor amigo. Pues el día de mañana se iría en el tren… Decía que era por asuntos fuera de la ley, fuera de los Activos y solo lo tomaba para ahorrar viaje, pero nunca supo mentir, no ante mis ojos al menos.
Me regalo unos guantes de box y me hizo prometer que seguiría entrenando, sin importar qué, dijo que Morthy estaría ahí siempre y podía pedirle ayuda si lo necesitaba, claro, como si una niña de catorce años pudiera aceptar eso.
Él solía decir que, mientras más se complicaban las cosas, mayor efecto positivo traería a nuestras vidas. Pero no entendía cómo irse en el tren traería algo bueno a mi vida. El tren lo único que estaba haciendo era arrebatarme a mi padre de alguna forma que no lograba comprender. Durante la mañana me abstuve a siquiera mirarlo porque estaba molesta, había sido una decisión independiente, él estaba decidiendo irse «aparentemente».
Mamá lloro durante el desayuno y papá la calmaba repitiendo lo mismo —Solo será temporal. —Pero ese temporal no se veía cerca por la forma en cómo la miraba, como si ella fuera lo último que quisiera ver. Esa misma tarde, me llevó a practicar mi puntería, pero estaba demasiado enojada como para comentarle sobre mis notables mejoras o el número de veces que había fallado. Yo lo ignoraba para abstenerme de hablar de más y él seguía contando las veces que lograba darle al blanco. Al parecer también se estaba desesperando de mi silenciosa respuesta ante su partida, porque en algún punto de la práctica, esto se convirtió en un reto. Se alejo a unos siete o diez metros y tomo una manzana para que fuera mi objetivo, pero mientras más intentaba retarme, más me enojaba.
—Debes ser paciente —no quería escucharlo y en vez de eso, lancé la flecha—, volveré, te lo prometo.
—¡Cállate! —le grité. El que me dijera eso, justo antes de irse lo hacía peor.
—Te escribiré una vez al mes… a mano y en correo anónimo porque eras una anticuada —una sonrisa nostálgica cubrió sus labios—. No será para siempre.
—Mentira… ¡Jamás volverás, quien sube, jamás regresa! —mis ojos se estaban cubriendo de lágrimas que seque de inmediato por miedo a que notara que él formaba parte de mis debilidades—. Me dejarás sola.