Sus dedos se aferraban con desesperación al borde del balcón, pero la lluvia convertía cada intento en una lucha inútil contra una superficie traicionera. La piedra, que en otras circunstancias habría sido firme y segura, ahora parecía rechazarlo, como si incluso el castillo dudara en sostenerlo. El agua corría entre sus manos, deslizándose sin ofrecer resistencia, y Asael sentía cómo, poco a poco, su agarre se volvía más frágil.
Mucho más abajo, las olas chocaban con violencia contra las rocas afiladas, levantando espuma blanca que apenas lograba distinguir entre la oscuridad y la tormenta. El sonido era ensordecedor, constante, como un llamado insistente, como si el mar mismo reclamara su caída, como si ya lo hubiese decidido.
En ese instante comprendió algo con una claridad brutal.
La realidad, para bien o para mal, siempre superaba a los sueños.
Y era infinitamente más aterradora.
No había distancia, no había símbolos, no había interpretaciones como en sus pesadillas infantiles. No había una madre en la orilla ni una ilusión que lo sostuviera. Solo estaba el vacío, el dolor en sus brazos, la certeza de que un mínimo error bastaría para terminar con todo.
Asael levantó la mirada, obligándose a apartarla de las rocas, del destino que lo esperaba si fallaba, y entonces se encontró con el rostro de su padre.
El rey lo observaba desde arriba.
Frío.
Inmutable.
Como si lo que estaba ocurriendo no fuera el resultado de sus propias acciones, sino una escena que simplemente debía contemplar hasta su desenlace.
—Quiero que veas sus ojos mientras me matas... —sollozo Asael, y en su voz había algo extraño, algo que no encajaba del todo con la situación. No era una súplica, no era una amenaza. Era casi una provocación, una necesidad desesperada de romper esa frialdad, de obligar a su padre a sentir algo más que esa distancia impenetrable.
El rey no respondió de inmediato.
Pero algo cambió.
Su expresión, hasta entonces rígida, comenzó a resquebrajarse de forma casi imperceptible. La duda, esa misma que había estado ausente durante todo el enfrentamiento, empezó a abrirse paso lentamente, creciendo cuanto más sostenía la mirada de Asael.
Porque no estaba viendo a un traidor.
No estaba viendo a un enemigo.
Estaba viendo esos ojos.
Los mismos ojos.
Exactamente iguales a los de la única mujer que había amado.
El tiempo pareció detenerse en ese intercambio silencioso.
La lluvia seguía cayendo.
El mar seguía rugiendo.
Pero entre ellos, algo distinto estaba ocurriendo.
El rey extendió su mano.
El gesto fue lento, casi inseguro, como si no terminara de decidir qué estaba haciendo. Sus dedos se abrieron en dirección a Asael, pero no había claridad en la intención. ¿Iba a empujarlo? ¿Iba a ayudarlo?
Ni siquiera él parecía saberlo.
Y entonces, todo se desmoronó.
Su cuerpo se inclinó más de lo debido.
Su peso se proyectó hacia adelante, pasando por encima del de Asael.
El mundo se volvió caótico.
Asael tuvo que pegarse aún más contra la pared, tensando cada músculo de su cuerpo para no ser arrastrado junto a él. Sintió el roce, la fuerza del movimiento, la cercanía brutal de una caída que casi se volvió compartida.
El grito del rey atravesó el aire.
Fue breve, desgarrador.
Y por un instante logró imponerse incluso al estruendo de la tormenta.
Luego, el impacto.
Un sonido seco, definitivo, que pareció cortar todo lo demás.
Asael abrió los ojos con una mezcla de incredulidad y terror, como si una parte de él se hubiese negado a presenciar lo que sabía que iba a encontrar. Miró hacia abajo, obligado por una necesidad que no podía evitar, y lo vio.
El cuerpo de su padre yacía entre las rocas.
Irreconocible en algunos aspectos, pero inconfundible en otros.
La vida había sido arrancada de él en un solo instante, sin espacio para palabras finales, sin redención, sin despedida. La sangre comenzaba a mezclarse con el agua, desdibujándose entre las olas, como si incluso eso fuera absorbido por el mismo lugar que lo había reclamado.
Asael apartó la mirada de golpe.
No podía sostener esa imagen.
Alzó la vista nuevamente, buscando cualquier otra cosa en la que fijarse, cualquier punto que le permitiera escapar de lo que acababa de ocurrir, y entonces la vio.
Amelie.
Estaba allí, en el balcón, observando la escena con una expresión que Asael no había visto antes en ella. No era desprecio, no era ironía, no era firmeza. Era algo más crudo, más humano, más cercano a la conmoción.
No dijo nada.
No hizo falta.
Se movió.
Se arrodilló y extendió las manos hacia él, actuando con una rapidez que no dejaba lugar a dudas sobre su decisión. Asael, aún aturdido, respondió por puro reflejo, aferrándose a ella mientras intentaba impulsarse hacia arriba.
La barandilla estaba resbaladiza, traicionera, pero entre ambos lograron superar ese obstáculo. Amelie tiró con fuerza, ignorando la lluvia, el peligro, el peso, y finalmente Asael logró volver al balcón, cayendo de rodillas sobre la piedra empapada.
Durante un instante, no se movió.
No habló.
No pensó.
Solo respiró.
Amelie no dudó.
Se inclinó hacia él y lo abrazó con fuerza, rodeándolo como si ese gesto pudiera devolverle algo de estabilidad, como si pudiera anclarlo a ese lugar y evitar que se desmoronara por completo.
—Pensé que el rey te había asesinado —murmuró contra la ropa mojada del príncipe, su voz apenas audible entre la lluvia, pero lo suficientemente clara como para atravesar el estado en el que Asael se encontraba.
El contacto, sin embargo, no produjo el efecto que ella esperaba.
Asael se tensó.
Y la apartó.
Lo hizo con brusquedad, con una reacción que no parecía dirigida realmente a ella, sino a todo lo que acababa de suceder, a todo lo que no sabía cómo procesar, a todo lo que no podía aceptar en ese momento.
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Editado: 21.09.2026