El castillo no había estado tan iluminado ni tan vivo en los últimos veinte años, y esa transformación no era solo visible en las antorchas encendidas o en las ventanas abiertas que dejaban entrar el aire fresco de la noche, sino en la energía misma que recorría cada rincón. Donde antes reinaban el silencio y la penumbra, ahora había música, risas y conversaciones que se entrelazaban como una melodía constante. El gran salón, que durante tanto tiempo había permanecido rígido y casi olvidado, se encontraba repleto de invitados, y cada uno de ellos parecía aportar algo a esa sensación de renacimiento que envolvía al reino.
Las brujas, que en otro tiempo habían sido perseguidas y ejecutadas, eran ahora las invitadas más habituales, y no solo eran toleradas, sino verdaderamente bien recibidas. Caminaban por el castillo con la misma naturalidad que cualquier noble, conversaban con los criados, reían con los músicos y ocupaban los espacios que antes les habían sido negados. Bajo el reinado de Asael, su presencia ya no era motivo de temor ni de susurros ocultos, sino de respeto, y esa nueva realidad había comenzado a extenderse más allá de los muros del castillo, alcanzando cada rincón del reino.
El cambio no había pasado desapercibido en otros territorios, y poco a poco, brujas provenientes de distintos reinos y bosques habían comenzado a llegar, atraídas por un lugar donde no eran vistas como escoria ni como una amenaza, sino como iguales. En el reino de Asael, por primera vez en mucho tiempo, podían existir sin esconderse, sin temer por sus vidas, y esa libertad había transformado no solo sus destinos, sino también el del propio reino.
Asael observaba todo aquello desde su trono con una sonrisa tranquila, una expresión que no nacía del orgullo vacío, sino de una satisfacción más profunda, la de alguien que había decidido cambiar las cosas y comenzaba a ver los resultados. Escuchaba con atención una historia que Tenebra relataba con entusiasmo, una anécdota que mezclaba lo trágico con lo absurdo, sobre un enfermo convencido de que su final estaba cerca, solo para descubrir que su padecimiento no era más que una simple astilla incrustada en su pie.
La forma en que Tenebra lo contaba arrancó una risa genuina en Asael, una risa ligera que contrastaba con la seriedad que alguna vez lo había definido.
—¿Puedes creerlo? —preguntó ella, claramente divertida, disfrutando tanto de la historia como de la reacción que generaba.
—Las personas son increíbles —respondió Asael entre risas, negando suavemente con la cabeza, no desde el juicio, sino desde una especie de fascinación renovada por lo humano en todas sus formas.
A su lado, Amelie ocupaba el otro trono con una naturalidad que, tiempo atrás, habría resultado impensable. Aún no llevaba el título de reina, pero su presencia allí no parecía necesitar de ninguna formalidad para ser legítima. Había en la forma en que permanecía junto a Asael una cercanía construida en experiencias compartidas, en decisiones difíciles, en silencios y palabras que habían marcado un antes y un después para ambos.
Para Asael, tenerla allí no era solo un gesto político ni una conveniencia, sino algo mucho más personal. Había aprendido a confiar en ella de una manera que no había logrado con nadie más, y aunque no lo decía en voz alta, en su interior comenzaba a tomar forma un deseo claro, el de que algún día no solo ocupase ese lugar a su lado por costumbre, sino como su reina, su única reina.
—Su majestad —lo llamó entonces uno de los reyes firmantes del tratado, interrumpiendo momentáneamente la ligereza de la conversación.
Asael dirigió su atención hacia él con una expresión serena, sin perder la compostura ni la cordialidad que la situación requería. El hombre sonreía con formalidad, pero en sus ojos había un cálculo que Asael ya sabía reconocer.
—El crecimiento de su reino está siendo histórico —continuó el rey, ofreciéndole una felicitación que sonaba impecable en su forma, aunque no por ello dejaba de tener matices que Asael no ignoraba.
—Gracias, se lo debo a un generoso tratado —respondió Asael con la misma cortesía, manteniendo una sonrisa medida que ocultaba más de lo que mostraba.
No había olvidado quiénes eran ni lo que habían estado dispuestos a hacer. No había olvidado la reunión, las condiciones, ni la facilidad con la que habían sugerido la muerte de su propio padre como una solución conveniente. Sabía perfectamente que detrás de esas palabras amables se ocultaban intereses, y que la estabilidad que ahora disfrutaba su reino también era, en parte, resultado de un equilibrio delicado que no debía romperse sin consecuencias.
Para Asael, aquellos hombres seguían siendo lo que siempre habían sido: víboras.
Y, como bien había aprendido, no era prudente provocar a una víbora cuando esta aún podía morder.
Una joven interrumpió al rey sin la menor preocupación por las formalidades que regían aquel tipo de reuniones, y aunque varios de los presentes parecieron tensarse ante la osadía, Asael no tardó en sonreír al reconocer el cabello rubio y los ojos celestes de Blair. Había en su presencia algo familiar, casi reconfortante, como un eco de una vida más simple, anterior a las decisiones que habían definido su destino.
—Jamás vi mejor este reino, su "alteza" —comentó ella, marcando la formalidad con un tono cargado de burla que dejaba en claro que no pensaba tratarlo como el resto—. Mi padre dice que eres el mejor rey en los últimos cincuenta años, que el reino tiene más dicha incluso que en los años dorados de tu padre.
Blair hizo una breve pausa, observándolo con una expresión analítica que rápidamente se transformó en una sonrisa pícara, incapaz de sostener la seriedad por demasiado tiempo.
—Aunque yo creía que los reyes debían ser más altos —añadió con ligereza, inclinando apenas la cabeza, como si evaluara su estatura con descaro.
Asael dejó escapar una risa sincera, una de esas que no necesitaban ser contenidas ni medidas, y decidió seguirle el juego sin perder la compostura que su posición exigía.
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Editado: 21.09.2026