Matar Al Rey

Capítulo 16

—¡Asesinaste a mi padre! No debías hacerlo, lo hiciste porque eso es lo que todas las brujas querían, matar al rey... pero era mi padre.

Las palabras salieron desordenadas, cargadas de una emoción que Asael ya no podía contener ni organizar. No eran un discurso, no eran una acusación medida, eran fragmentos de dolor que encontraban forma en su voz sin pasar por ningún filtro. La ira y la confusión se mezclaban en cada sílaba, haciendo que incluso él mismo pareciera no reconocer del todo lo que estaba diciendo, pero sin poder detenerse.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro, pero la lluvia, insistente y constante, las ocultaba con una precisión casi cruel, como si el mundo mismo conspirara para que ese momento no quedara expuesto más allá de lo necesario. Aun así, el temblor en su voz, la rigidez de su cuerpo, la forma en la que sus manos se cerraban sin encontrar nada a lo que aferrarse, dejaban en evidencia que aquello iba mucho más allá de una simple reacción.

Amelie lo observó en silencio durante un instante que se alargó más de lo que cualquiera de los dos hubiese querido. Su expresión, que antes había estado marcada por la urgencia y la preocupación, cambió hacia algo más complejo, más difícil de sostener. Había sorpresa, sí, pero también una defensa inmediata, una necesidad de responder antes de que ese peso se asentara completamente sobre ella.

—Llegué aquí y solo vi al rey mirando hacia el mar —respondió finalmente, su voz cargada de una tensión que no intentó disimular—. Pensé que te había arrojado, Asael, y por donde estabas no estaba equivocada... él te lanzó.

No fue una negación simple.

Fue una explicación.

Una que necesitaba ser escuchada.

—No intenté matarlo —añadió, con una urgencia que traicionaba la calma que solía sostener—. No fue eso lo que ocurrió.

Asael no respondió de inmediato.

No porque no hubiera escuchado.

No porque no comprendiera las palabras.

Sino porque no sabía dónde colocarlas dentro de todo lo que estaba sintiendo.

Su cuerpo cedió lentamente, como si la fuerza que lo había mantenido en pie hasta ese momento finalmente se agotara. Se dejó caer contra la barandilla, deslizándose hasta quedar sentado en el suelo, apoyado contra la fría piedra del balcón. La lluvia seguía cayendo sobre él, empapándolo por completo, pero ya no parecía registrarlo.

Amelie lo miraba sin moverse.

Había algo en esa escena que no lograba atravesar.

No era rechazo lo que veía en él, aunque hubiese sido lo primero que había sentido al ser apartada. Era algo más profundo, más difícil de enfrentar, porque no había forma de responder correctamente a eso. No había palabras que pudieran acomodar lo que acababa de suceder, ni argumentos que pudieran aliviarlo.

Asael lloraba.

Pero lo hacía en silencio.

No había sollozos abiertos, no había un quiebre evidente en su respiración que marcara el momento exacto en que todo se desmoronaba. Era un llanto contenido, casi obstinado, como si incluso en ese estado se negara a entregarse por completo a la fragilidad que lo atravesaba.

Las lágrimas seguían cayendo, mezclándose con la lluvia, perdiéndose en su rostro sin dejar rastro claro de dónde empezaba una cosa y terminaba la otra.

Y en medio de todo eso, había una verdad que comenzaba a instalarse lentamente, aunque Asael aún no pudiera nombrarla, aunque no quisiera hacerlo.

No había sido una decisión.

No había sido un acto planeado.

Pero el resultado era el mismo.

Su padre estaba muerto.

Y nada de lo que dijeran en ese balcón iba a cambiarlo.

Había visto suficiente, pensó Amelie mientras retrocedía un paso con la intención de darle al joven el espacio que claramente necesitaba, comprendiendo que aquel dolor no podía ser compartido ni aliviado con palabras apresuradas. Estaba a punto de apartarse por completo, de dejarlo solo con su duelo y su confusión, cuando un murmullo apenas audible la detuvo en seco, tan frágil que por un instante dudó si realmente lo había escuchado o si había sido producto de su propia conciencia.

—Amelie... —susurró Asael con la voz quebrada, obligándola a volverse de inmediato.

Cuando sus miradas se encontraron, la joven vio en los ojos del príncipe algo que nunca antes había presenciado en él, ni siquiera en los momentos de mayor tensión: un dolor desnudo, sin orgullo ni defensa, reflejado en ese enrojecimiento que no solo provenía del llanto, sino también de la impotencia. No era la mirada de un heredero ni la de un joven decidido a cambiar su reino, sino la de alguien que, por primera vez, no sabía cómo sostenerse por sí mismo.

—No me dejes solo.

No hubo duda en Amelie tras esas palabras. No preguntó, no intentó suavizar la situación con frases vacías. Simplemente caminó de regreso hacia él en silencio, con una determinación tranquila que contrastaba con la tormenta que aún parecía envolverlos. Se sentó a su lado sobre el suelo mojado, ignorando el frío que comenzaba a calarse en sus huesos, y permaneció allí, lo suficientemente cerca como para que el leve roce de sus brazos fuese un recordatorio constante de que no estaba solo.

Esa cercanía, sencilla pero firme, fue suficiente para Asael, que no buscó más. El llanto que hasta ese momento había contenido terminó por liberarse por completo, desbordándose sin reservas, sin preocuparse por la imagen que pudiera proyectar. Lloró como alguien que ya no tiene nada que proteger, como alguien que ha sido despojado de todo aquello que creía seguro. Amelie, sin interrumpir ese momento, tomó su mano con suavidad, sin apretarla demasiado, sin exigir respuesta, limitándose a ofrecer una presencia constante, silenciosa, pero inquebrantable.

Ambos permanecieron así durante un tiempo indefinido, mientras la lluvia continuaba cayendo con una insistencia que parecía no tener fin. El frío comenzó a hacerse notar, recorriendo la piel de Amelie hasta hacerla tiritar ligeramente, mientras Asael temblaba por razones distintas, atrapado entre el agotamiento emocional y la intensidad de todo lo vivido. Ninguno se apartó. Ninguno rompió el silencio. Y en esa quietud compartida, en ese simple acto de permanecer, había más significado que en cualquier palabra que pudieran haber pronunciado.




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