La noticia del compromiso se esparció por la oficina con la velocidad de un incendio forestal, tal como Alejandro había predicho desde el principio.
-¡Lo sabía! -exclamó Marcos, el lunes siguiente, al ver el anillo en la mano de Valeria durante la reunión matutina-. La hoja de cálculo tenía razón. Setenta por ciento de probabilidad, matrimonio en menos de un año. Voy a cobrar una fortuna en apuestas.
-¿Todavía existe esa hoja de cálculo? -preguntó Alejandro, con una expresión que oscilaba entre la resignación y la diversión genuina.
-Existe, se actualiza semanalmente, y ahora tiene una nueva pestaña dedicada exclusivamente a especular sobre la fecha de la boda. Le sugiero que revise sus mensajes de recursos humanos, porque al parecer ya hay un fondo colectivo para el regalo.
-Eso es completamente inapropiado.
-Es completamente inevitable, señor Duarte. Debió pensarlo antes de enamorarse tan públicamente en una oficina llena de gente aburrida que necesitaba algo de qué hablar.
Valeria, que observaba el intercambio con una sonrisa divertida, decidió intervenir antes de que la conversación se prolongara innecesariamente.
-Bueno, ya que estamos hablando del tema, será mejor que empecemos a planificar de verdad. Y te advierto desde ahora, Alejandro, que no pienso tener una boda tradicional aburrida con quinientos invitados que ninguno de los dos conoce realmente.
-No esperaba menos de ti. ¿Qué tienes en mente?
-Algo íntimo. Algo que se sienta genuino, no una producción corporativa disfrazada de celebración romántica.
-Me parece perfecto. Aunque debo advertirte que mi madre probablemente va a tener opiniones muy firmes al respecto.
La advertencia resultó ser, como Alejandro sospechaba, una subestimación considerable.
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Conocer a la familia de Alejandro resultó ser una experiencia que Valeria describiría después, con su humor característico, como "una negociación diplomática de nivel internacional disfrazada de almuerzo dominical".
Elena Duarte, la madre de Alejandro, era una mujer de sesenta y ocho años con una elegancia imponente y una franqueza que dejaba claro exactamente de dónde había heredado su hijo la costumbre de decir las cosas sin rodeos.
-Así que tú eres la mujer que finalmente logró que mi hijo dejara de comportarse como un robot emocionalmente reprimido -dijo, apenas Valeria cruzó la puerta de la casa familiar, con Renata detrás conteniendo la risa.
-Mamá -protestó Alejandro, con la expresión de alguien que ya había anticipado exactamente ese tipo de comentario.
-Es un cumplido, Alejandro, no te pongas dramático. -Elena se dirigió a Valeria con una sonrisa evaluadora-. Cuéntame, querida, ¿qué es exactamente lo que ves en mi hijo? Porque, con todo el amor del mundo, es un hombre exasperantemente terco, obsesionado con el orden y con una capacidad casi patológica para evitar hablar de sus sentimientos.
-Bueno -respondió Valeria, sin ninguna intimidación-, esa descripción es sorprendentemente precisa. Lo que veo en él, además de todo eso, es a alguien capaz de admitir cuando se equivoca, aunque le cueste un esfuerzo considerable. Alguien que, debajo de toda esa rigidez, tiene una ternura genuina que solo muestra cuando confía completamente en la persona frente a él. Y, francamente, alguien que discute conmigo con la misma pasión con la que me ama, lo cual, para mí, es exactamente el tipo de relación que quiero.
Elena se quedó mirándola un momento largo, con una expresión que gradualmente se transformó de evaluación cautelosa a aprobación genuina.
-Me agradas -declaró finalmente-. Cualquier mujer capaz de describir a mi hijo con esa precisión y aun así elegir quedarse merece toda mi confianza. Bienvenida a la familia, Valeria.
El almuerzo transcurrió entre anécdotas familiares -incluida una particularmente vergonzosa sobre un Alejandro de doce años que había organizado alfabéticamente la colección de videojuegos de toda la familia sin que nadie se lo pidiera- y una calidez que Valeria, hija única criada principalmente por un padre viudo y ocupado, no había experimentado con tanta naturalidad en años.
-Tu familia es maravillosa -le dijo a Alejandro esa noche, mientras conducían de regreso a la ciudad.
-Es intensa, mejor dicho. Pero me alegra que les hayas caído bien. Mi madre no es fácil de impresionar.
-Yo tampoco soy fácil de impresionar. Supongo que eso nos hace compatibles.
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Los preparativos de la boda, en los meses siguientes, resultaron ser, como era de esperar entre dos personas tan tercas, un proceso lleno de discusiones tan intensas como divertidas.
-El salón de eventos que sugirió tu madre es demasiado formal -protestó Valeria, revisando fotografías en su computadora una noche, con Alejandro sentado a su lado revisando presupuestos-. Quiero algo con más carácter, algo que se sienta como nosotros.
-¿Y qué se supone que se siente como nosotros exactamente?
-No lo sé todavía. Pero definitivamente no es un salón con arañas de cristal y manteles dorados.
-A mí me pareció elegante.
-A ti todo te parece elegante si tiene suficiente mármol y suficientes columnas simétricas.
-Eso es un golpe bajo y completamente injusto.
-Es completamente justo, y lo sabes.
Terminaron, después de semanas de búsqueda, encontrando un antiguo almacén portuario reconvertido en espacio para eventos, con paredes de ladrillo expuesto, grandes ventanales que dejaban entrar la luz natural, y una vista directa al mar que a ambos les pareció, instantáneamente, el lugar perfecto.
-Esto -dijo Valeria, caminando por el espacio vacío, imaginando ya la disposición de las mesas-. Esto se siente como nosotros.
-Estoy de acuerdo. -Alejandro la observó caminar, con esa energía imparable que llevaba meses cautivándolo-. Aunque debo confesar que una parte de mí todavía extraña un poco el mármol.
-No arruines el momento, Duarte.