La llamada llegó a las tres y once de la madrugada de un martes, exactamente dos semanas antes de la fecha estimada de parto.
-Alejandro. -La voz de Valeria, en la oscuridad del dormitorio, tenía un tono que él reconoció de inmediato como distinto a cualquier otro que hubiera escuchado antes-. Creo que rompí fuente.
Alejandro se incorporó de golpe, con una velocidad que contradecía por completo el sueño profundo del que acababa de ser arrancado.
-¿Qué? ¿Ahora? Todavía faltan dos semanas.
-Al parecer nuestro hijo decidió que la puntualidad no es una virtud que heredó completamente de ti.
-Está bien. Está bien, tenemos un plan. La maleta ya está lista, junto a la puerta. Solo necesito llamar al médico y...
-Alejandro.
-¿Qué?
-Respira. Estás hiperventilando y ni siquiera te has levantado de la cama todavía.
Él se dio cuenta, con cierta vergüenza, de que efectivamente estaba respirando de manera considerablemente más acelerada de lo necesario.
-Tienes razón. Estoy respirando. Todo está bajo control.
-No suena a que todo esté bajo control.
-Está bajo control internamente, aunque la manifestación externa sugiera lo contrario.
Se levantó, encendió las luces, y procedió a ejecutar el plan que habían practicado mentalmente durante semanas, aunque con una torpeza considerable provocada por los nervios que ninguna preparación teórica había logrado eliminar del todo.
-¿Dónde están las llaves del auto?
-Donde siempre están, Alejandro. En el gancho junto a la puerta.
-Cierto. Cierto, las veo. -Las tomó, con manos que temblaban ligeramente-. ¿Tienes alguna contracción?
-Empezando a sentir algo, sí. No son terribles todavía, pero definitivamente están ahí.
-Está bien. Vamos. Con calma, pero también con la urgencia apropiada para la situación.
-Esas dos cosas son contradictorias, Alejandro.
-Estoy haciendo lo mejor que puedo bajo circunstancias de estrés considerable.
Llegaron al hospital cuarenta minutos después, con Alejandro conduciendo con una precisión nerviosa que combinaba respeto absoluto por cada límite de velocidad con una urgencia apenas contenida que se manifestaba en el tamborileo constante de sus dedos sobre el volante en cada semáforo en rojo.
-Todo va a estar bien -repitió, más para sí mismo que para Valeria, mientras la ayudaba a bajar del auto frente a la entrada de emergencias.
-Lo sé, Alejandro. Aunque agradecería que dejaras de repetirlo cada tres minutos, porque empieza a sonar más a que estás intentando convencerte a ti mismo que a mí.
-Es posible que ambas cosas sean ciertas simultáneamente.
El proceso de admisión, las horas siguientes de trabajo de parto, resultaron ser, para Alejandro, una experiencia que ninguna reunión de negocios de alta presión, ninguna crisis de permisos municipales, ninguna discusión doméstica sobre especias o termostatos lo había preparado para enfrentar. Observó, con una mezcla de admiración absoluta y terror genuino, cómo Valeria enfrentaba cada contracción con una determinación feroz que le recordó, en más de una ocasión, a la misma mujer que meses atrás había defendido su proyecto arquitectónico frente a un comité municipal escéptico con la misma intensidad implacable.
-Estás haciendo un trabajo extraordinario -le dijo, sosteniéndole la mano durante una contracción particularmente intensa.
-No me digas eso ahora, Alejandro. Necesito concentrarme, no recibir cumplidos.
-Está bien. Lo siento. Silencio absoluto.
-Tampoco silencio absoluto. Sigue sosteniéndome la mano. Solo deja de hablar tanto.
-Entendido. Instrucciones contradictorias recibidas y procesadas.
A pesar de la tensión del momento, Valeria soltó una risa breve entre contracciones, una risa que se cortó abruptamente cuando la siguiente ola de dolor la recorrió con fuerza renovada.
Las horas se extendieron, cargadas de una intensidad que ninguno de los dos había experimentado antes juntos, hasta que finalmente, poco antes del amanecer, la habitación se llenó con el sonido más extraordinario que Alejandro hubiera escuchado jamás: el llanto agudo y potente de su hija recién nacida.
-Es una niña -anunció la médica, colocando a la pequeña, todavía llorando con una fuerza sorprendente para alguien de su tamaño, directamente sobre el pecho de Valeria.
Alejandro se quedó paralizado, observando a su esposa -agotada, sudorosa, con el cabello pegado a la frente y una expresión de asombro absoluto- sostener a la pequeña criatura que, apenas segundos antes, había sido solo un concepto abstracto discutido durante meses, y que ahora era, innegablemente, real.
-Alejandro -dijo Valeria, con la voz quebrada por la emoción-, ven aquí. Ven a conocer a nuestra hija.
Él se acercó, con piernas que apenas parecían sostenerlo, y contempló a la pequeña bebé que, en ese instante, abrió los ojos por primera vez, mirándolo con esa expresión indefinida y absolutamente perfecta de los recién nacidos.
-Es hermosa -logró decir finalmente, con la voz completamente rota por una emoción que ni cinco años de entrenamiento emocional reprimido hubieran podido contener-. Es absolutamente hermosa.
-Se parece a ti. Tiene tu ceño fruncido, mira.
-Apenas tiene unos minutos de vida, Valeria. Dudo que ya haya desarrollado expresiones faciales heredadas conscientemente.
-Es mi presentimiento maternal. Confía en mi presentimiento maternal.
-Con toda mi vida, si es necesario.
Se quedaron así, los tres juntos, en aquella habitación de hospital iluminada por la luz tenue del amanecer, mientras Alejandro, con una mano suavemente apoyada sobre la cabeza de su hija recién nacida y la otra entrelazada con la de Valeria, comprendió que aquella historia que había comenzado, meses atrás, con un odio instantáneo disfrazado de discusión sobre puntualidad, acababa de escribir, sin ninguna duda, su capítulo más importante hasta ahora.