Me Enamoré De Una Bruja.

Capítulo 10 - Dos rayitas

Todo comenzó, como suelen comenzar las revelaciones más importantes de la vida, con una discusión aparentemente trivial sobre el café.

-Llevas tres días rechazando el café -observó Alejandro, una mañana de martes, mientras preparaba su segunda taza y notaba que Valeria, fiel devota del espresso doble desde que la conocía, se había limitado a un té de manzanilla los últimos días-. ¿Estás enferma?

-No estoy enferma. Simplemente decidí que quería probar algo distinto.

-¿Tú? ¿Cambiando voluntariamente una rutina establecida? Perdona mi escepticismo, pero eso suena completamente fuera de tu carácter.

-Las personas cambian, Alejandro. Es un concepto llamado crecimiento personal.

-El crecimiento personal generalmente no incluye rechazar café de la nada después de años de dependencia absoluta.

Valeria le lanzó una mirada que él reconoció, con años de experiencia acumulada, como la señal inequívoca de que estaba a punto de ser exiliado de la conversación. Decidió, sabiamente, dejar el tema por el momento, aunque la curiosidad no se disipó del todo.

La verdadera respuesta llegó tres días después, un sábado por la tarde, cuando Alejandro regresó de correr sus recados habituales y encontró a Valeria sentada en el borde de la bañera, con una expresión que combinaba shock absoluto y algo que él no lograba identificar del todo.

-¿Valeria? ¿Todo bien?

Ella levantó la mirada, con una pequeña varita de plástico blanco en la mano, y por un instante, la mujer más segura de sí misma que Alejandro había conocido en su vida pareció, genuinamente, sin palabras.

-Necesito que te sientes -dijo finalmente.

-Me estás asustando.

-Siéntate, Alejandro, por favor.

Él obedeció, sentándose en el borde de la bañera junto a ella, con el corazón acelerándose ante la seriedad inusual en su expresión.

-Estoy embarazada.

El silencio que siguió duró apenas unos segundos, pero a Alejandro le pareció una eternidad completa, mientras las palabras se asentaban en su mente con una lentitud que contrastaba dramáticamente con la velocidad de su corazón.

-¿Estás segura?

-Hice tres pruebas distintas. Todas dicen exactamente lo mismo.

-¿Tres pruebas?

-La primera no la creí. La segunda tampoco. La tercera fue básicamente para confirmar que no estaba viviendo una alucinación colectiva provocada por marcas de prueba defectuosas.

Alejandro se quedó mirando la varita blanca en las manos de Valeria, procesando la información con una mezcla de emociones tan intensas que apenas podía distinguir una de otra: sorpresa, alegría, un terror genuino que no esperaba sentir con tanta fuerza, y debajo de todo eso, una ternura absoluta que crecía con cada segundo que pasaba.

-Vamos a tener un bebé.

-Al parecer, sí.

-Vamos a tener un bebé -repitió, esta vez con una sonrisa que empezaba a abrirse paso a través del shock inicial-. Valeria, vamos a tener un bebé.

-Eso ya lo dijiste. Dos veces.

-Es que todavía no termino de procesarlo del todo.

-Yo tampoco, para ser honesta. -Ella finalmente sonrió, aunque con un rastro de vulnerabilidad que Alejandro raramente veía en ella-. ¿Estás... contento? Sé que hablamos de esto en abstracto, hace meses, pero "en algún momento" siempre pareció mucho más lejano que esto.

-Estoy aterrorizado. Y absolutamente feliz. Ambas cosas al mismo tiempo, lo cual creo que es normal, aunque nunca he experimentado esta combinación específica de emociones antes.

-Bienvenido al club. Yo llevo experimentándolo desde hace aproximadamente veinte minutos, cuando vi la segunda rayita aparecer.

Alejandro la abrazó, con una intensidad que condensaba todo lo que las palabras no lograban expresar del todo, y por un momento, ambos se quedaron así, sentados en el borde de la bañera, permitiéndose sentir el peso completo de la noticia sin necesidad de resolverla inmediatamente con planes o decisiones.

-Tenemos que decírselo a mi madre -dijo Alejandro finalmente-. Va a estar insoportablemente feliz.

-Y a mi padre. Aunque conociéndolo, probablemente empezará a diseñar planos para una habitación de bebé antes de que terminemos de contarle toda la noticia.

-Es un hombre de acción, según recuerdo.

-Es un hombre que expresa el amor a través de proyectos de construcción. Es su lenguaje del amor particular.

Se rieron juntos, aliviando parte de la tensión emocional acumulada, aunque la risa se cortó abruptamente cuando Valeria, con una expresión repentinamente seria, añadió algo que Alejandro no había considerado todavía.

-Alejandro, hay algo que necesito decirte, y quiero que me escuches completamente antes de reaccionar.

-Te escucho.

-Estoy asustada. No solo por lo obvio, por el hecho de convertirme en madre sin ningún manual de instrucciones confiable. Estoy asustada porque crecí prácticamente sin una figura materna real, y una parte de mí, la parte más insegura que normalmente mantengo bien escondida, tiene miedo de no saber cómo hacerlo bien. De repetir, sin darme cuenta, los mismos vacíos que yo experimenté.

Alejandro sintió que aquella confesión, tan poco característica de la Valeria segura y sarcástica que conocía, merecía toda la seriedad y cuidado que él pudiera ofrecer.

-Valeria, mírame. -Le tomó las manos, con la misma ternura que había usado el día de su propuesta de matrimonio-. Tú no eres tu pasado. Eres la mujer más feroz, más dedicada y más capaz de amar profundamente que he conocido en mi vida. He visto cómo te preocupas por el equipo de trabajo, cómo defiendes lo que te importa con una intensidad absoluta. Vas a ser una madre extraordinaria, precisamente porque te importa tanto hacerlo bien que estás dispuesta a admitir el miedo en lugar de fingir que no existe.

-Eso es sorprendentemente reconfortante, viniendo de alguien que hace un año no podía expresar sus sentimientos sin que sonara a informe corporativo.




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