El sexto mes de embarazo trajo consigo un cambio que Alejandro no había anticipado del todo: Valeria, siempre segura de sí misma hasta rozar lo desafiante, empezó a mostrar una vulnerabilidad nueva relacionada con su propio cuerpo, algo que ninguna discusión previa sobre especias o termostatos la había preparado para enfrentar.
-Me veo enorme -anunció una noche, contemplándose de perfil frente al espejo del dormitorio con una expresión que Alejandro rara vez había visto en ella: genuina inseguridad.
-Te ves embarazada, que es distinto a "enorme".
-Es literalmente lo mismo, Alejandro. Mira esto. -Señaló su vientre, ya considerablemente redondeado-. Ya ni siquiera puedo verme los pies sin inclinarme de una manera que probablemente ponga en riesgo mi centro de gravedad.
-Te ves hermosa. -Se acercó, colocando las manos suavemente sobre su vientre-. Y nuestro hijo, en este momento, probablemente está teniendo la mejor vida posible, protegido y cómodo, sin ninguna preocupación sobre proporciones estéticas.
-Es fácil para ti decirlo. Tú no eres quien tiene que cargar con esta nueva versión de mi cuerpo, ni lidiar con la ropa que ya no me cierra, ni con la manera en que la gente en la calle ahora se siente con derecho a tocarme el vientre sin preguntar, como si de repente hubiera perdido toda noción de espacio personal.
-Eso último sí que es completamente inapropiado, y tienes todo mi apoyo para golpear a cualquiera que lo intente.
Valeria se rió, a pesar de sí misma, y Alejandro sintió un alivio genuino al ver que la tensión de su expresión se suavizaba un poco.
-No voy a golpear a nadie. Aunque la tentación existe, especialmente con la señora del edificio de al lado que ya me ha tocado el vientre tres veces sin ningún tipo de permiso solicitado.
-Le puedo hablar, si quieres. Con toda mi capacidad diplomática y considerable experiencia en negociaciones incómodas.
-Guarda esa capacidad diplomática para batallas más importantes. Esta la puedo manejar yo misma, con una mirada suficientemente intimidante.
Se quedaron un momento en silencio, con las manos de Alejandro todavía apoyadas sobre el vientre de Valeria, sintiendo el pequeño movimiento ocasional que ya empezaba a ser reconocible.
-¿Puedo confesarte algo? -dijo ella finalmente, con una vulnerabilidad que contrastaba con su habitual seguridad-. A veces me preocupa que dejes de sentirte atraído por mí, con todos estos cambios. Sé que es una preocupación ridícula considerando todo lo que hemos construido, pero no puedo evitarla del todo.
Alejandro se quedó mirándola, genuinamente sorprendido por la confesión, comprendiendo la profundidad de la inseguridad que ella normalmente escondía tras capas de sarcasmo y determinación.
-Valeria, mírame. Cada cambio en tu cuerpo durante estos meses ha sido, para mí, un recordatorio constante de que estás creando, literalmente, a una persona nueva. Eso no me aleja de ti. Me atrae hacia ti de una manera que ni siquiera sabía que era posible sentir. Eres, en este momento, la versión más extraordinaria de ti misma que he conocido.
-Eso suena a algo que dirías para hacerme sentir mejor sin necesariamente creerlo del todo.
-Lo digo porque lo creo completamente. -Se acercó, besándola con una intensidad que dejaba poco espacio para dudas-. ¿Necesitas que te lo demuestre con más detalle?
-Podrías intentarlo.
Lo hizo, con una ternura que dejó claro, sin ninguna necesidad de palabras adicionales, exactamente cuánto seguía deseándola, embarazo y todo incluido.
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Sin embargo, la tranquilidad de aquella noche no eliminó por completo las inseguridades de Valeria, que resurgieron con fuerza renovada dos semanas después, en circunstancias considerablemente menos íntimas.
El detonante fue una cena de negocios con inversionistas del nuevo proyecto que Alejandro estaba desarrollando, donde una de las socias del fondo de inversión, una mujer elegante de apellido Montero, pasó gran parte de la velada conversando con Alejandro con un entusiasmo que a Valeria, observando desde el otro extremo de la mesa mientras luchaba contra la hinchazón de sus pies y el cansancio general del séptimo mes de embarazo, le resultó considerablemente irritante.
-Alejandro tiene una visión arquitectónica excepcional -comentó la señora Montero, con una risa que a Valeria le pareció innecesariamente coqueta-. Es raro encontrar a alguien con tanto conocimiento técnico y, si me permite decirlo, tan buena presencia frente a los inversionistas.
-Gracias -respondió Alejandro, con la cortesía profesional habitual, completamente ajeno a la tensión que empezaba a acumularse al otro lado de la mesa.
-¿Ha considerado alguna vez expandir sus proyectos hacia el mercado internacional? Podríamos organizar una reunión, solo nosotros dos, para discutir posibilidades. Conozco excelentes restaurantes donde podríamos hablar con más tranquilidad.
Valeria, que hasta ese momento había mantenido una compostura razonable a pesar del cansancio acumulado, sintió que algo dentro de ella se tensaba con una intensidad que difícilmente podía atribuir solo a las hormonas.
-Qué generosa propuesta -intervino, con una sonrisa que quienes la conocían bien hubieran reconocido de inmediato como peligrosa-. Aunque debo mencionar que cualquier reunión de negocios con mi esposo probablemente debería incluirme también a mí, considerando que soy la arquitecta principal de la mayoría de sus proyectos más exitosos.
-Oh, por supuesto. -La señora Montero sonrió, aunque con un dejo de incomodidad evidente-. No pretendía excluirla, solo pensé que, dado su estado actual, quizás preferiría descansar en lugar de asistir a reuniones adicionales.
-Mi "estado actual" no ha afectado en absoluto mi capacidad profesional, se lo aseguro. De hecho, estoy considerablemente más aguda que de costumbre, gracias a las hormonas del embarazo que, según numerosos estudios, aumentan la percepción y el instinto protector.