Me Enamoré De Una Bruja.

Capítulo 14 - El profesor de yoga

Todo comenzó, como tantas otras cosas en la vida de Alejandro y Valeria, con una decisión aparentemente inocente que terminó desatando una tormenta considerablemente desproporcionada a su origen.

-Empecé clases de yoga -anunció Valeria, una tarde de sábado, guardando una esterilla enrollada en el clóset del pasillo-. Ricardo me convenció de que necesitaba algo para descomprimir después de tantas horas en el estudio.

-¿Yoga? -Alejandro levantó la vista del libro que fingía leer-. Nunca mencionaste interés en el yoga antes.

-Porque nunca lo había intentado antes. Es parte de la experiencia de probar cosas nuevas, Alejandro, un concepto con el que quizás deberías familiarizarte más a menudo.

-Solo estoy sorprendido. ¿Dónde son las clases?

-En un estudio cerca de la oficina. El instructor es excelente, según todos los comentarios que leí antes de inscribirme.

-¿El instructor?

Algo en el tono de Alejandro, apenas perceptible pero innegablemente presente, hizo que Valeria levantara una ceja con esa expresión evaluadora que había perfeccionado durante años de matrimonio.

-Sí, el instructor. Se llama Adrián. ¿Por qué preguntas con ese tono específico?

-No tengo ningún tono específico. Solo estoy procesando información sobre la nueva actividad de mi esposa.

-Alejandro Duarte, te conozco desde hace ocho años. Reconozco perfectamente cuando estás fingiendo indiferencia mientras internamente estás calculando escenarios completamente innecesarios.

-No estoy calculando ningún escenario.

-Claro que sí. Puedo verlo en tu cara. Es exactamente la misma expresión que pusiste cuando la señora Montero coqueteó contigo en aquella cena, hace años.

-Eso es completamente distinto. Aquello fue una situación real de coqueteo evidente. Esto es solo... una clase de yoga con un instructor cualquiera.

-"Un instructor cualquiera" -repitió Valeria, con una sonrisa que anticipaba, con precisión considerable, la dirección exacta que tomaría aquella conversación-. Alejandro, ¿estás celoso de un profesor de yoga al que ni siquiera has conocido?

-No estoy celoso. Estoy siendo apropiadamente curioso sobre las nuevas actividades de mi esposa.

-Eso es literalmente la definición de celos disfrazados de curiosidad.

-No es lo mismo en absoluto.

La discusión, sin embargo, quedó momentáneamente suspendida cuando Renata, ahora con ocho años y una habilidad cada vez más refinada para detectar tensión familiar, entró a la sala con su hermano Diego, de tres años, arrastrando de la mano.

-Diego quiere que juegues con él, papá. Dice que quiere construir una torre "más alta que la de mamá".

-Dile a Diego que en un momento voy -respondió Alejandro, aunque su atención seguía visiblemente enfocada en la conversación previa.

-¿Están discutiendo otra vez? -preguntó Renata, con la perspicacia habitual-. Papá tiene su cara de "estoy fingiendo que no me importa pero claramente sí me importa".

-Exactamente eso, Renata -confirmó Valeria, riéndose-. Tu padre acaba de descubrir que tengo un instructor de yoga y está experimentando una crisis de celos considerable, aunque se niega rotundamente a admitirlo.

-¿Qué es un instructor de yoga?

-Alguien que enseña ejercicios de flexibilidad y respiración, cariño.

-¿Y por qué papá está celoso de eso?

-Esa es exactamente la pregunta que le estoy haciendo yo también.

Alejandro, sintiéndose considerablemente acorralado por la combinación de su esposa perspicaz y su hija igualmente perceptiva, decidió retirarse estratégicamente hacia la sala de juegos, donde Diego lo esperaba con considerable impaciencia.

-Vamos, papá, la torre.

-Vamos, Diego. Construyamos la torre más alta de la historia.

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La verdadera prueba llegó dos semanas después, cuando Valeria invitó, sin previo aviso considerable, al mencionado instructor Adrián a una pequeña reunión de agradecimiento por sus servicios profesionales durante el aniversario del estudio de yoga.

-Va a venir aquí -anunció Alejandro, la mañana del evento, con una expresión que combinaba incredulidad y una tensión considerable-. A nuestra casa.

-Es una reunión pequeña, Alejandro. Solo algunas compañeras de la clase y el instructor. Nada dramático.

-No dije que fuera dramático. Solo estoy... procesando la información.

-Procesando información con la misma cara de sospecha permanente que has tenido las últimas dos semanas cada vez que menciono el yoga.

Cuando Adrián finalmente llegó esa tarde, resultó ser, para considerable frustración de Alejandro, exactamente el tipo de persona que uno esperaría de un instructor de yoga con seguidores devotos: alto, en excelente forma física, con una calma zen prácticamente palpable, y una sonrisa genuinamente amable que, según la evaluación interna y completamente irracional de Alejandro, resultaba "sospechosamente encantadora".

-Tú debes ser Alejandro -dijo Adrián, extendiendo la mano con cordialidad evidente-. Valeria habla maravillas de ti todo el tiempo en clase.

-¿Habla de mí en clase? -Alejandro miró hacia Valeria, genuinamente sorprendido.

-Constantemente. Especialmente durante las posturas de equilibrio, cuando necesita concentrarse en algo estable para no perder la postura. Dice que piensa en lo terco que eres y eso le da la fuerza mental necesaria.

-Eso es... considerablemente menos romántico de lo que esperaba escuchar.

Valeria, escuchando el intercambio desde la cocina, no pudo contener la risa.

-Es un cumplido, Alejandro, aunque suene extraño fuera de contexto.

Durante el resto de la reunión, Alejandro se dedicó, con una sutileza absolutamente nula que resultó evidente para todos los presentes, a mantenerse cerca de Valeria en cada momento posible, interviniendo en conversaciones que ni siquiera lo incluían directamente, y ofreciendo comentarios ocasionales sobre "la considerable experiencia" que él mismo tenía en actividades físicas, a pesar de no haber practicado yoga jamás en su vida.




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