El almacén portuario ya no existía como tal. Con los años se había transformado, primero en un centro de eventos boutique, luego en oficinas corporativas, y finalmente, después de un incendio menor que nadie lamentó demasiado, en un terreno baldío esperando su próximo destino. Pero la fotografía enmarcada que colgaba en la sala de la casa Duarte -dos personas jóvenes, radiantes, discutiendo animadamente el día de su boda mientras se reían al mismo tiempo- seguía ahí, veinte años después, presidiendo la misma repisa de la chimenea, ahora acompañada de docenas de fotografías más que documentaban dos décadas completas de vida compartida.
Alejandro Duarte, a sus sesenta años, contemplaba esa fotografía con una taza de café en la mano, esperando a que el resto de la familia terminara de prepararse para lo que prometía ser un día considerablemente ajetreado.
-¿Todavía la miras cada mañana? -preguntó Valeria, entrando a la sala con esa energía que, a pesar de los años, nunca había perdido del todo.
-Cada mañana, sin excepción. Es mi ritual privado antes de que el caos del día comience oficialmente.
-Qué sentimental te has vuelto con los años, Duarte.
-Culpa completamente tuya. Antes de conocerte, mi ritual matutino consistía en revisar correos electrónicos con precisión militar.
-Y ahora tu ritual consiste en contemplar fotografías con nostalgia excesiva. Definitivamente una mejora considerable.
Se sentaron juntos en el sofá -el segundo sofá que habían comprado en veinte años, después de que Rufus, fallecido apacíblemente hace más de una década a la edad venerable de dieciocho años, hubiera destruido irreversiblemente el primero- contemplando la casa que, en pocas horas, se llenaría de gente para celebrar un evento que, cinco años atrás, ninguno de los dos hubiera podido predecir con exactitud: la boda de Renata.
-¿Puedes creer que nuestra hija se casa hoy? -dijo Alejandro, con esa mezcla de orgullo y melancolía que solo los padres de novias comprenden plenamente.
-Todavía me cuesta procesarlo del todo. Hace apenas unos días la vi como esa niña de cinco años exigiendo pintura rosa fucsia para su habitación.
-Y ahora es una arquitecta exitosa, con su propio estudio, a punto de casarse con un hombre que, según todas las apariencias, la hace tan feliz como Adrián hace yoga.
-Alejandro, todavía no puedo creer que sigas mencionando ese incidente después de veinte años.
-Es parte fundamental de nuestra historia familiar. No pienso dejarlo morir.
Renata Duarte Ibarra, a sus veinticinco años, había heredado, con precisión casi genética, la determinación feroz y el talento arquitectónico de su madre, combinados con la meticulosidad estratégica de su padre. Después de estudiar arquitectura -una decisión que sorprendió exactamente a nadie en la familia- había fundado su propio estudio boutique especializado en diseño sostenible, y se había enamorado, tres años atrás, de Mateo, un ingeniero estructural con quien había colaborado en su primer proyecto profesional importante.
La historia de cómo se conocieron, según contaba Renata con considerable diversión en cada reunión familiar, tenía una similitud tan notable con la de sus propios padres que resultaba casi imposible de ignorar: discusiones intensas sobre cálculos estructurales, desacuerdos apasionados sobre viabilidad de diseños, y una tensión romántica que ninguno de los dos había querido admitir hasta que una crisis de proyecto los obligó a trabajar codo a codo durante semanas, exactamente como había sucedido con Alejandro y Valeria dos décadas atrás.
-Es prácticamente un patrón hereditario -había comentado Marcos, ahora considerablemente más canoso pero igual de entusiasta, durante una cena familiar reciente-. Los Duarte parecen predestinados a enamorarse exactamente de la persona que más los desafía profesionalmente.
-No es un patrón hereditario, Marcos -había protestado Alejandro, sin demasiada convicción-. Es simple coincidencia.
-Con todo respeto, señor Duarte, después de presenciar dos generaciones completas del mismo fenómeno exacto, dudo seriamente que "coincidencia" sea la palabra apropiada.
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Diego, a sus dieciocho años, recién graduado de la preparatoria y a punto de comenzar sus estudios universitarios en ingeniería -siguiendo, curiosamente, un camino más cercano al de su futuro cuñado que al de sus propios padres-, entró a la sala vestido ya con su traje formal para la boda, revisando su teléfono con esa concentración adolescente que había caracterizado sus últimos años.
-Renata está teniendo una crisis de nervios en su habitación -anunció, sin levantar la vista completamente-. Algo sobre el velo que no está exactamente como lo había planeado.
-Voy a hablar con ella -dijo Valeria, poniéndose de pie con la misma determinación práctica que había demostrado en cada crisis familiar de las últimas dos décadas.
-Espera -la detuvo Alejandro-. Antes de que vayas, quiero decirte algo.
Valeria se giró, con esa expresión curiosa que él todavía reconocía perfectamente, incluso después de veinte años juntos.
-¿Qué cosa?
-Solo quería recordarte que, sin importar cuán caótica se ponga esta boda en las próximas horas, sin importar cuántas crisis de último minuto enfrentemos, ha sido un privilegio absoluto construir esta familia contigo. Cada discusión, cada reconciliación, cada momento vergonzoso que Marcos insiste en documentar en esa hoja de cálculo legendaria que, sospecho, todavía existe en algún servidor perdido.
-Todavía existe. Marcos me la mostró la semana pasada. Tiene una pestaña dedicada exclusivamente a predicciones sobre la boda de Renata.
-Por supuesto que sí. -Alejandro sonrió, tomándole la mano-. Valeria, hace veinte años entraste a mi vida once minutos tarde, culpando a un ascensor averiado, convencida de que yo era el hombre más insufrible que habías conocido. Y hoy, dos décadas después, con dos hijos criados juntos, una casa llena de recuerdos, y una hija a punto de casarse, sigo convencido de que fue, sin ninguna duda, el mejor retraso de toda mi existencia.