La noticia de que sería un niño llegó durante una ecografía de rutina, en una sala de consultorio que, para variar, no fue testigo de ninguna discusión, sino de un silencio conmovido compartido entre Alejandro y Valeria mientras observaban la pantalla.
-Un niño -repitió Alejandro, todavía procesando la información-. Vamos a tener un hijo varón.
-Al parecer sí. -Valeria sonrió, apretándole la mano-. ¿Estás pensando ya en nombres, o vas a esperar hasta el último momento como la vez pasada?
-Tengo algunas ideas.
-Cuéntame.
-Había pensado en Mateo. O en Tomás.
-Ambos me gustan. -Valeria se quedó pensativa un momento-. ¿Qué te parece Diego? En honor a mi padre.
Alejandro sintió que el corazón se le apretaba con la misma emoción que había sentido al elegir el nombre de Renata.
-Diego Duarte Ibarra. Suena bien. Suena a alguien que va a discutir con nosotros sobre absolutamente todo, siguiendo la tradición familiar.
-Es prácticamente una garantía genética, considerando a sus padres.
El embarazo de Diego, sin embargo, resultó considerablemente más complicado que el de Renata, no por razones médicas serias, sino por la logística infinitamente más complicada de gestionar un embarazo mientras se criaba, simultáneamente, a una niña de cinco años con opiniones firmes y una energía inagotable.
-Mamá, ¿por qué estás tan cansada todo el tiempo? -preguntó Renata, una tarde, observando a Valeria descansar en el sofá con una expresión de agotamiento considerable.
-Porque tu hermano está creciendo dentro de mí, cariño, y eso consume mucha energía.
-¿Puede salir ya? Quiero conocerlo.
-Todavía le faltan varios meses, mi amor. Pero puedes hablarle si quieres, para que se vaya acostumbrando a tu voz.
Renata se acercó al vientre de Valeria con una seriedad absoluta, apoyando ambas manos con delicadeza sorprendente para alguien de su edad.
-Hola, Diego. Soy tu hermana Renata. Cuando salgas te voy a enseñar todos mis juguetes, aunque el conejo de peluche es solo mío, ese no lo comparto. Y también te voy a enseñar a discutir con papá, porque es divertido y él casi siempre pierde.
Alejandro, que había entrado justo a tiempo para escuchar la última parte, se quedó parado en el marco de la puerta con una expresión entre divertida y ligeramente ofendida.
-¿Ya le estás enseñando a mi propio hijo, todavía en el vientre, a discutir conmigo?
-Es una tradición familiar importante, Alejandro. Alguien tiene que continuarla.
-Prefería que aprendiera primero a hablar antes de aprender a debatir conmigo.
-Puede aprender ambas cosas simultáneamente. Es multitarea desde el vientre, imagina el potencial.
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Diego Duarte Ibarra nació un jueves por la mañana, con considerablemente menos drama que el nacimiento de su hermana, aunque no exento de su propia dosis de comedia doméstica.
-Se parece a ti -dijo Valeria, contemplando al pequeño recién nacido con una sonrisa cansada-. Tiene tu misma expresión de concentración absoluta.
-Apenas tiene diez minutos de vida, Valeria.
-Es mi presentimiento maternal otra vez. Confía en él.
-Con la misma confianza ciega de siempre, aparentemente.
Elena Duarte, que había estado esperando en la sala de espera con Renata, entró apenas se les permitió el acceso, con la misma emoción desbordante que había mostrado cinco años atrás.
-Otro nieto. No puedo creer la suerte que tengo.
Renata, sin embargo, mostró una reacción considerablemente más mixta ante la llegada de su hermano, observando al pequeño Diego con una expresión evaluadora que ya empezaba a resultar familiar en la familia Duarte.
-Es muy pequeño -comentó, con cierta decepción evidente-. Pensé que iba a ser más grande, para jugar conmigo antes.
-Va a crecer, cariño -explicó Alejandro-. Solo necesita tiempo.
-¿Cuánto tiempo?
-Bastante tiempo, la verdad.
-Está bien. Voy a esperar. Pero mientras tanto, ¿puedo cargarlo?
Con considerable supervisión y cuidado, Renata sostuvo a su hermano recién nacido por primera vez, con una ternura que contrastaba profundamente con su habitual energía desbordante.
-Hola, Diego. Soy Renata, tu hermana mayor. Ya te dije que te iba a enseñar a discutir con papá. Vamos a ser un buen equipo.
Alejandro, observando la escena, sintió que su corazón se expandía de una manera que ninguna reunión de negocios exitosa, ningún proyecto arquitectónico terminado había logrado provocarle jamás.
-Creo -le susurró a Valeria- que acabamos de crear una alianza que va a resultar considerablemente problemática para mí en los próximos años.
-Sin ninguna duda. Bienvenido a ser superado en número, Duarte.
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Los meses siguientes trajeron consigo el caos predecible pero agotador de criar a un recién nacido mientras se mantenía la energía necesaria para una niña de cinco años en plena edad de cuestionamiento absoluto de cada regla establecida.
-No quiero comer verduras -anunció Renata, una noche, cruzando los brazos con determinación absoluta frente a su plato de cena.
-Las verduras te ayudan a crecer fuerte y sana -explicó Valeria, con la paciencia acumulada de meses de negociaciones similares.
-Diego no come verduras y está creciendo bien.
-Diego toma leche materna, cariño, que contiene todos los nutrientes que necesita en esta etapa. Cuando tenga tu edad, también va a tener que comer verduras.
-Entonces prefiero seguir tomando leche materna en lugar de comer verduras.
Alejandro, observando la discusión desde su lugar en la mesa, no pudo contener una sonrisa ante la lógica infantil pero sorprendentemente estructurada de su hija.
-Tiene un argumento considerablemente coherente, hay que admitirlo.
-No la apoyes, Alejandro. Estamos intentando establecer hábitos alimenticios saludables.
-Solo estoy reconociendo talento argumentativo cuando lo veo. Va a ser una excelente abogada algún día, o arquitecta, dado el nivel de convicción con el que defiende posiciones completamente indefendibles.