El pensamiento humano es una fuerza sutil, casi invisible, pero con el peso suficiente para alterar la realidad. En las altas cumbres del Tíbet, los antiguos sabían que una mente entrenada y obsesiva podía dar forma a la energía, creando un tulpa: un ser concebido por la imaginación, alimentado por la atención y traído al plano físico por la pura fuerza de la voluntad.
Sin embargo, los textos antiguos siempre guardaban una advertencia escrita en tinta roja: Nunca dejes que la criatura sepa que existe. Nunca le des más miedos de los que pueda cargar. Porque el tulpa es un espejo. Si lo creas desde la herida, la criatura nacerá con dientes; y una vez que aprende a respirar por sí misma, no querrá volver a la oscuridad del olvido.
El problema es que un niño de nueve años no lee las advertencias. Solo quiere un amigo.