El restaurante Le Gavroche, ubicado en Mayfair, era el epicentro gastronómico de la aristocracia londinense. Sus paredes con molduras doradas, sus manteles de lino blanco pulcro y el murmullo distinguido de los comensales creaban una atmósfera de exclusividad donde los trapos sucios de la alta sociedad jamás solían lavarse a la vista de todos.
A la una en punto de la tarde, Victoria cruzó el umbral del restaurante luciendo el impecable conjunto crema.
Julian Vance la esperaba de pie junto a una mesa reservada en el espacio más discreto del lugar. Cuando la vio llegar, sus ojos oscuros se iluminaron con una mezcla sincera de admiración y respeto. Se acercó a ella sin prisa, retiró la silla con caballerosidad y esperó a que se acomodara.
—Luces deslumbrante, Victoria —dijo Julian, sentándose frente a ella mientras el sumiller les servía dos copas de vino blanco francés—. Me alegra comprobar que las flores llegaron a tiempo a Belgravia.
Victoria esbozó una sonrisa matizada con un destello de ironía.
—Llegaron perfectamente, Julian. Y provocaron un terremoto de categoría máxima en la mansión Kensington.
Julian soltó una risa tenue, tomando un sorbo de su copa.
—Me imagino que Alastair no recibió el gesto con gracia. Ese hombre está acostumbrado a mandar en los mercados financieros y a que todos a su alrededor agachen la cabeza. Descubrir que su esposa no es una posesión que puede guardar en un cajón debe ser una píldora muy amarga de tragar.
—Lo es —admitió ella, apoyando sus codos sobre la mesa—. Pero no vine aquí solo para provocarlo a él, Julian. Vine porque dejé de esconderme. Pasé cuatro años viviendo en las sombras para no incomodar su ego. Ya no más.
—Y me honra ser quien te acompañe en este regreso —respondió él con voz cálida, inclinándose ligeramente hacia ella y mirándola a los ojos con absoluta atención—. Victoria, no sé exactamente cómo fue tu vida con él, pero te aseguro una cosa: cualquier hombre que te tenga a su lado y busque fuera lo que ya posee en casa es un ciego.
Las palabras de Julian no tenían la brusquedad ni la prepotencia a la que Alastair la había acostumbrado durante años. Tenían el peso de una verdad dicha sin esfuerzo, de un hombre seguro de sí mismo que no necesitaba pisotear a nadie para destacar.
Sin embargo, la calma del restaurante se rompió exactamente a las una y media de la tarde.
Las puertas dobles de Le Gavroche se abrieron de golpe.
Alastair Kensington hizo su entrada. No traía saco, su camisa blanca llevaba las mangas ligeramente arremangadas y la corbata estaba desajustada. Sus ojos grises, oscurecidos por una furia salvaje y horas de rabia contenida, barrieron el salón hasta dar directamente con la mesa del rincón.
El maître intentó abordarlo para pedirle compostura, pero Alastair lo apartó con un brazo de un solo movimiento, caminando con zancadas pesadas hacia ellos.
Varios comensales ahogaron jadeos. Los cuchicheos estallaron de inmediato.
—Alastair… —murmuró Victoria, sintiendo un chispazo de adrenalina recorrerle la espalda, pero manteniendo la espalda erguida.
Alastair llegó a la mesa y estampó ambas manos sobre el mantel, haciendo vibrar las copas de cristal. La tensión que emanaba de su cuerpo era tan densa que el aire pareció congelarse a su alrededor.
—El almuerzo terminó, Victoria —sentenció él con una voz ronca, amenazante y cargada de celos puros—. Te pones de pie y te vienes conmigo ahora mismo.
Julian no se inmutó. Dejó su copa sobre la mesa con total parsimonia y miró a Alastair desde abajo con una calma exasperante.
—Kensington, estás haciendo un espectáculo deplorable en un lugar público —comentó Julian con tono helado—. Victoria es una mujer libre y está almorzando conmigo. Nadie te invitó a esta mesa.
—¡Cierra la boca, Vance! —rugió Alastair, dando un paso hacia él con los puños apretados, luciendo listo para iniciar una pelea a golpes en medio del restaurante—. Esto es entre mi esposa y yo. No te metas en mi matrimonio si no quieres que destruya cada una de tus acciones en la bolsa antes de que cierre el día.
—¿Tu matrimonio? —intervino Victoria, poniéndose de pie con una lentitud que captó la atención de todos los presentes—. ¿Ahora sí recuerdas que estás casado, Alastair? Qué extraño. No te vi tan preocupado por tu matrimonio cuando los fotógrafos te captaron saliendo de un hotel en París con una bailarina el mes pasado.
Un murmullo sordo recorrió las mesas cercanas.
Alastair se giró hacia ella, desarmado por un segundo ante la acusación directa. Sus ojos grises mostraron un destello de dolor y culpa, pero la posesividad volvió a dominarlos de inmediato.
—Eso no importa ahora —susurró él, bajando la voz solo para ella, mientras sus manos temblaban de la rabia retenida—. No voy a permitir que te exhibas con este tipo. Eres la Sra. Kensington. Te exigí que volvieras a casa.
—Y yo te dije esta mañana que ya no recibo tus órdenes —respondió Victoria con voz clara y firme que resonó en el silencio del lugar—. No me voy a ir contigo, Alastair. Terminaré mi almuerzo con Julian. Si quieres seguir haciendo el ridículo frente a tus socios de la élite de Londres, adelante. A mí ya no me avergüenzas.
Alastair la miró fijamente, sintiendo como si le hubieran clavado una daga en el centro del pecho. Buscó en el rostro de Victoria el antiguo temor, la devoción ciega o las lágrimas reprimidas que siempre encontraba tras sus discusiones.
No encontró nada. Solo un muro de hielo impenetrable.
—Victoria… por favor —murmuró él, y por primera vez en su vida, la palabra por favor brotó de sus labios con una desesperación primaria que lo horrorizó a sí mismo.
—Vete, Alastair —concluyó ella, volviendo a sentarse y dándole la espalda.
Julian sostuvo la mirada de Alastair con frialdad, haciendo un gesto sutil con la cabeza hacia la salida.