Orgullo Roto

CAPÍTULO 11: La Firma de la Libertad

La mañana siguiente en Belgravia amaneció en un silenciosepulcral. En la gran biblioteca de la mansión Kensington, la luz grisácea de Londres se filtraba por las cortinas entreabiertas, iluminando a un Alastair que parecía la sombra de sí mismo. Mantenía la misma camisa del evento de la noche anterior, arrugada y con el cuello abierto, mientras contemplaba con ojos inyectados en sangre el vaso de cristal que sostenía entre las manos.

La imagen de Victoria besando a Julian Vance en el balcón de Whitehall no había dejado de repetirse en su cabeza un solo segundo. Era un tormento constante, una daga incrustada en su pecho que se clavaba más hondo con cada respiración.

El sonido suave pero firme de las puertas de roble al abrirse hizo que Alastair levantara la mirada de golpe.

Victoria entró a la habitación. Llevaba un traje sastre azul marino de corte impecable, una carpeta de cuero bajo el brazo y una expresión de serenidad absoluta. No había odio en sus ojos azules, ni reproche, ni resentimiento. Y eso era precisamente lo que más aterraba a Alastair: la indiferencia total de la mujer que un día lo adoró con locura.

A su lado caminaba el señor Harrison, el abogado principal de la familia Sinclair.

—Buenos días, Alastair —dijo Victoria con voz pausada, deteniéndose frente al escritorio.

—Victoria... —Alastair se puso de pie de inmediato, rodeando el mueble de caoba con pasos torpes—. Vine a buscarte anoche a tu ala. Quería hablar contigo, quería explicarte...

—No hay nada que explicar —lo interrumpió ella suavemente, levantando una mano para detener su avance—. Vine a entregarte esto.

Victoria abrió la carpeta de cuero y extrajo un juego de documentos impresos, colocándolos con delicadeza sobre el escritorio. En la primera página, en letras negras y gruesas, se leía claramente: SOLICITUD DE DIVORCIO POR MUTUO ACUERDO.

Alastair se congeló. Su mirada bajó hacia el papel y luego subió hacia el rostro de su esposa. Sintió cómo la sangre se le helaba en las venas.

—¿Qué es esto? —balbuceó, aunque la respuesta era evidente.

—Es el final de nuestro contrato, Alastair —respondió Victoria sin perder la calma—. Mi abogado ha redactado una cláusula completamente limpia. No quiero un solo penique de la fortuna Kensington, ni las propiedades, ni tus acciones. Renuncio a todo beneficio económico. Lo único que exijo es recuperar mi apellido y mi libertad.

—No —dijo Alastair de inmediato, negando con la cabeza en un gesto violento y desesperado—. No voy a firmar esto. Jamás.

—Alastair, por favor, sé razonable —intervino el abogado con cortesía profesional—. La demanda incluye causales de infidelidad pública y abandono que la señora Kensington puede probar fácilmente ante un tribunal. Firmar esto por la vía privada evitará que el nombre de la firma sufra más daños en la bolsa.

—¡Me importa un carajo la firma! —rugió Alastair, dando un golpe sordo sobre el escritorio con el puño cerrado. Sus ojos grises se clavaron en Victoria con una súplica salvaje—. No te voy a dar el divorcio, Victoria. No me importa qué tribunal consulte, no me importa cuántos abogados contrates. Eres mi esposa y no voy a permitir que te vayas con Vance.

Victoria no dio un solo paso atrás. Miró la mano de Alastair temblando sobre los papeles y esbozó una leve sonrisa llena de compasión.

—Alastair, la firma de ese papel es solo un formalismo legal —dijo ella con una serenidad que terminó por destruirlo—. Yo me fui de este matrimonio hace mucho tiempo. No soy tuya, nunca más lo seré. Puedes romper ese documento si quieres, pero lo único que lograrás es llevar esto a un juicio público donde toda Inglaterra sabrá la clase de esposo que fuiste.

—Te amo, Victoria —soltó Alastair repentinamente. La confesión brotó de su garganta como un grito ahogado, una verdad que su orgullo le había impedido admitir durante cuatro años—. Dios mío... te amo. Me di cuenta tarde, fui un imbécil, un salvaje... pero te amo. Dame una oportunidad. Una sola. Te juro por mi vida que seré el hombre que mereces.

Las palabras flotaron en el aire de la biblioteca, cargadas de una desesperación absoluta.

Victoria lo escuchó. Observó los ojos llorosos del hombre que un día fue su dios e ídolo, el hombre por el que lloró noches enteras en la soledad de esa misma mansión. Y en ese instante, entendió que el perdón no siempre significa quedarse.

—Te creo, Alastair —murmuró ella con sinceridad—. Creo que sientes dolor y creo que ahora crees amarme. Pero no me amas a mí... amas el vacío que dejé cuando dejé de adorarte. Amas tu orgullo herido porque por primera vez en tu vida algo no salió como tú querías.

—No es así... —susurró él con la voz completamente quebrada, cayendo de rodillas frente a ella y tomando el dobladillo de su chaqueta con dedos temblorosos—. Te lo suplico, Victoria. No me dejes en este infierno.

Victoria bajó la mirada hacia él, acarició suavemente su cabello castaño por última vez en un gesto de despedida, y luego retiró sus manos con firmeza.

—Firmes o no firmes esos papeles, Alastair, mi vida al lado tuyo terminó hoy. Mis maletas ya están en el auto. Julian me espera afuera.

Alastair levantó la cabeza bruscamente, como si le hubieran propinado un golpe físico.

—¿Te vas con él? —preguntó con un hilo de voz destrozado.

—Me voy conmigo misma —corrigió ella—. A descubrir quién soy cuando no estoy intentando complacer a un hombre que no me valora. Julian me acompaña en este camino porque él supo ver mi valor cuando tú solo veías un adorno.

Victoria dio media vuelta y caminó hacia la salida de la biblioteca. Antes de cruzar la puerta, se detuvo sin girarse.

—Los papeles se quedan en tu escritorio, Alastair. Tienes tres días para firmarlos antes de que mi abogado presente la demanda en la corte de familia. Que tengas una buena vida.

La puerta de roble se cerró tras ella.




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