Orgullo Roto

CAPÍTULO 15: La Sentencia de la City

El sol del viernes por la mañana apenas lograba disipar la densa niebla que cubría el río Támesis. En la planta novena de la Torre Kensington, la atmósfera dentro de la gran sala de juntas era sofocante, cargada de un silencio denso y ejecutor.

Alastair Kensington permanecía sentado en la cabecera de la mesa de caoba. Llevaba un traje oscuro de corte impecable, pero la palidez de su rostro, sus ojos hundidos y la rigidez glacial de su postura traicionaban las secuelas de la noche en Surrey. Frente a él, los doce miembros del consejo de administración y los principales tenedores de acciones lo observaban sin un solo rasgo de simpatía.

En el extremo opuesto de la mesa, Lord Arthur Sinclair mantenía los brazos cruzados con la severidad de un juez a punto de dictar sentencia.

Lord Sterling se puso de pie, ajustándose las gafas de lectura mientras sostenía un folio oficial.

—Damos inicio a la junta extraordinaria de accionistas de Kensington Financial Group —declaró Sterling con voz monótona y formal—. El único punto del orden del día es la moción de censura y la revocación inmediata de Alastair Kensington como Consejero Delegado y Presidente del Consejo.

Alastair levantó la vista lentamente. Su voz sonó rasposa, pero impregnada de una arrogancia defensiva:

—Esta junta es una farsa, Sterling. No pueden apartarme de la empresa que lleva mi apellido por discrepancias personales.

—No son discrepancias personales, Alastair —intervino Lord Sinclair con un tono pausado que cortó el aire como un cuchillo—. Son tus decisiones financieras irresponsables, impulsadas por arranques de celos, las que han destruido la confianza de nuestros socios y desplomado el valor de mercado de esta firma un seis por ciento en menos de una semana.

—Usé el capital para proteger los intereses del grupo frente a la expansión de Vance —replicó Alastair, apretando los puños bajo la mesa.

—Usaste el patrimonio de esta empresa para librar una guerra privada porque fuiste incapaz de aceptar que tu esposa te dejó —sentenció Sterling tajantemente—. Procedemos a la votación.

Uno a uno, los consejeros fueron alzando la mano.

—A favor.

—A favor.

—A favor.

Cuando llegó el turno de Lord Sinclair, el anciano miró directamente a los ojos de Alastair. Sin un solo segundo de duda, levantó la mano.

—A favor de la destitución.

Sterling anotó el resultado con un trazo firme sobre el papel.

—Con un setenta y dos por ciento de los votos del accionariado, la moción queda aprobada. Alastair Kensington queda suspendido de todas sus funciones ejecutivas con efecto inmediato. Se le otorga un plazo de dos horas para desalojar las instalaciones.

Un murmullo sordo recorrió la sala. Alastair se quedó inmóvil en su asiento. El mundo corporativo que había dominado con mano de hierro, el apellido que creyó intocable y la estructura sobre la que había erigido toda su identidad acababan de desplomarse por completo.

Sin decir una sola palabra, Alastair se puso de pie, abotonó su saco con lentitud y salió de la sala de juntas con la barbilla en alto, aunque por dentro no era más que un hombre en ruinas.

A esa misma hora, en el piso superior de una de las galerías de arte más prestigiosas de Mayfair, Victoria firmaba los últimos documentos de propiedad del espacio que albergaría su nueva fundación.

Julian estaba a su lado, observando con una sonrisa tranquila cómo ella sellaba cada hoja con trazos seguros.

—Está hecho —dijo Victoria, dejando el bolígrafo sobre el escritorio de cristal y dejando escapar un largo suspiro de alivio.

—Te felicito, Victoria —expresó Julian, rodeando el escritorio para tomarle suavemente las manos—. Este es solo el primer paso de todo lo que vas a construir con tu propio nombre.

En ese instante, el teléfono móvil de Victoria vibró sobre la mesa. Era un mensaje de texto de su padre:

"La votación ha terminado. Alastair ha sido destituido oficialmente de Kensington Financial. La firma pasa a estar bajo administración interina."

Victoria leyó el mensaje en silencio. Julian observó la ligera sombra de melancolía que cruzó la mirada de ella.

—¿Estás bien? —preguntó él suavemente.

—Sí —respondió Victoria, dejando el teléfono a un lado—. Pensé que sentiría algún tipo de triunfo, pero solo siento pena por él. Alastair tenía todo para ser feliz y prefirió destruirlo todo antes que aprender a amar.

Julian se inclinó y rozó sus labios con delicadeza contra los de ella.

—El destino de Alastair fue su propia elección, Victoria. El tuyo empieza hoy.

Victoria lo miró a los ojos y sintió, por primera vez en muchos años, que el futuro ya no era una amenaza, sino un camino luminoso que estaba lista para recorrer sin mirar atrás.




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