Orgullo Roto

CAPÍTULO 9: La Grieta del Imperio

El sol de la mañana iluminaba apenas la imponente sala de juntas del último piso de la torre Kensington Financial en la City de Londres. Sin embargo, la atmósfera tras los cristales blindados era tan fría que superaba la bruma del río Támesis.

Alastair Kensington permanecía de pie al frente de la mesa de caoba, con la camisa perfectamente planchada y la mirada fija en el ventanal. Pero bajo la impecable armadura de su traje de tres piezas, el cansancio y la rabia contenida amenazaban con destruirlo.

A su alrededor, doce de los inversionistas más influyentes del país lo observaban con rostros severos.

—¿Ochenta millones de libras en deuda ilíquida, Alastair? —la voz de Lord Sterling, el socio principal y viejo amigo de la familia Kensington, resonó con una dureza implacable—. ¿Liquidaste reservas de capital estratégico en menos de tres horas solo para intentar ahogar una filial sin valor de la familia Vance?

—Fue una maniobra táctica que... —comenzó Alastair con voz fría, intentando mantener su habitual tono dominante.

—Fue un arrebato personal —lo cortó Lord Sterling tajantemente, poniéndose de pie—. Toda la City está hablando del espectáculo en Le Gavroche. Estás usando los fondos de este grupo financiero para librar una guerra de celos contra Julian Vance por tu esposa.

Alastair apretó las manos tras su espalda con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Escuchar el nombre de Victoria en boca de los accionistas hizo que una vena latiera peligrosamente en su sien.

—Mi vida privada no incumbe a esta mesa —escupió Alastair con los ojos inyectados en sangre.

—Incumbe cuando tu vida privada nos cuesta ochenta millones en una sola tarde —sentenció Sterling firmemente—. La junta directiva ha decidido retirar tus facultades de compra unilateral. A partir de hoy, cualquier movimiento de capital requerirá la firma de tres ejecutivos. Si la prensa vuelve a vincular el nombre de esta empresa con tus escandalosos arranques de celos, pediremos tu dimisión como CEO.

La reunión terminó. Uno a uno, los hombres más poderosos de Londres abandonaron la sala de juntas, dejando a Alastair completamente solo en la inmensidad del último piso.

Por primera vez en su vida, el hombre que controlaba el mercado financiero sintió el suelo desaparecer bajo sus pies. No le importaba el dinero ni la humillación ante el directorio; lo único que taladraba su mente era la imagen de Victoria mirándolo con desprecio, sonriéndole a Julian Vance a través del teléfono mientras él caía en su propia trampa.

Esa misma tarde, en los vestidores de la mansión Kensington en Belgravia, Victoria terminaba de abrochar los delicados corchetes de un vestido de noche color zafiro. El diseño, de corte sirena y espalda descubierta, realzaba su figura de una forma tan magistral que resultaba imposible no mirarla.

El sonido brusco de la puerta al abrirse no la hizo sobresaltarse.

Alastair entró al vestidor. Se había quitado la corbata y la chaqueta de su traje; lucía desaliñado, con el cabello castaño despeinado y la mirada vacía de quien acaba de perder una guerra.

Victoria ni siquiera se giró. Continuó colocándose un par de pendientes de diamantes frente al espejo.

—Lograste lo que querías —murmuró Alastair con una voz extrañamente rasposa y apagada, deteniéndose a unos pasos de ella—. La junta directiva me quitó el control de las decisiones financieras. Los periódicos se están dando un festín con la supuesta crisis de los Kensington.

Victoria se giró lentamente. Lo observó de arriba abajo sin el menor indicio de culpa o remordimiento.

—Tú te hiciste esto a ti mismo, Alastair —respondió con serenidad—. Nadie te obligó a actuar como un salvaje posesivo. Tu propia arrogancia te tendió la trampa.

Alastair dio un paso tembloroso hacia ella. La luz de la habitación iluminaba la espalda descubierta de su esposa, su piel tersa y el perfume a jazmín que siempre había inundado las noches en las que él prefirió no estar. Sintió una punzada de angustia tan profunda en el centro del pecho que casi le cortó la respiración.

—¿Vas a ir a la gala benéfica con él esta noche? —preguntó, con un hilo de voz en el que, por primera vez, no quedaba rastro de rabia, solo una desesperada vulnerabilidad.

—Sí —contestó Victoria secamente, tomando su bolso de mano.

—Victoria... por favor —Alastair se acercó y, cayendo prácticamente de rodillas por la desesperación, la tomó con delicadeza por las manos. Sus dedos fríos temblaban al contacto con la piel cálida de su esposa—. No me hagas esto. Te lo suplico. Sé que fui un miserable. Sé que te lastimé durante años y que no merezco ni una sola de tus miradas, pero no me dejes. Dime qué tengo que hacer para que vuelvas a mirarme como antes.

Victoria miró al poderoso e inalcanzable Alastair Kensington arrodillado frente a ella, tomándole las manos con los ojos empañados en lágrimas de súplica.

Años atrás, ella habría dado su vida entera por ver un solo destello de este arrepentimiento. Habría perdonado todo con tal de que él la sostuviera así. Pero el dolor prolongado tiene un efecto devastador: termina por anestesiar el corazón.

Lentamente, Victoria zafó sus manos del agarre de Alastair.

—Llegas cuatro años tarde, Alastair —murmuró ella con una mirada llena de una tristeza infinita pero irrevocable—. Durante cuatro años me arrodillé en silencio esperando que me amaras, y tú solo me pisaste. Hoy me pides que vuelva... pero la Victoria que te amaba murió en ese salón de baile el día que me humillaste con tu amante.

—Puedo cambiar... —balbuceó él con la voz quebrada.

—No se trata de cambiarte a ti —concluyó ella, dando un paso atrás para alejarse de él—. Se trata de que yo finalmente aprendí a amarme a mí misma. Y al lado tuyo, solo hay dolor.

Victoria se giró y caminó hacia la salida del vestidor, dejando la puerta abierta tras de sí.

Alastair se quedó en el suelo, con las manos vacías y el alma destrozada, escuchando cómo el eco de los tacones de Victoria se alejaba por el pasillo hacia la noche de Londres, donde Julian Vance ya la esperaba para mostrarle el mundo que él nunca supo darle.




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